22 oct. 2000

Mi primera vez. Nicolás Ximénez



Iba de camino del instituto, mientras miraba distraída la gente que pasaba por la acera. Me preocupaba el examen que haría dentro de una hora escasa, para colmo de geografía, y no me había preparado nada más que el tema de la meseta. Al pasar por la tienda de frigoríficos “la carrera”, reflejado en los cristales, ví a un muchacho con las manos en los bolsillos, un suéter de cuello vuelto azul, pelo rubio, vaqueros y botas camperas, para ver su imagen me detuve un rato delante del escaparate como si quisiera comprobar el precio de las lavadoras con sumo interés. Tendrá unos cinco años más que yo y parece muy apuesto. ¿Y si le hablara? Dirá que estoy loca, y con razón, no es normal que una chica se te acerque y entable conversación con un extraño, y menos en un pueblo como éste. A través de los escaparates se podía oír el ritmo de una música empalagosa, de esas bailables en las discotecas y pensé que agarrada a su cintura, muy fuerte, bailando esa música, me sentiría feliz. ¿Y por qué no? ¿qué malo hay en que le diga algo? Seguí un rato más mirando el escaparate. El reloj de la emisora dio las 12 del medio día. Joroba, mi examen de geografía. Subí la cuesta corriendo, una calle muy estrecha donde si abrías los brazos de par en par tocabas con las dos manos las paredes de las casas. Casas con balcones de hierro llenos de flores, piedra y lasca en las fachadas, tejas rojas en los tejados; me gustaba pasar mirando con detenimiento cada detalle, los escudos de las familias pudientes en las puertas, las formas de las cornisas, los frisos con sus historias.. era muy bonito, pero ahora tenía mucha prisa porque llegaba bastante tarde al dichoso examen.

Al llegar a la puerta de madera gris, toqué varias veces el timbre luminoso, ultimísmo modelo invento del jefe de estudios, decía que así se llamaba la atención del profesor sin molestar a los demás alumnos, cuando salió Doña Mari, mi profesora. No había terminado de abrirme la puerta y ya me estaba dando una buena bronca. Celia, ¿Por qué vienes a estas horas?, el examen era a las once y media, después del descanso, ¿te acuerdas Celia? Le pedí disculpas contándole una sarta de embustes con tanta naturalidad que me dejó en paz durante todo el tiempo que duró la prueba. Del examen sólo me sabía 5 preguntas de las siete que había, así que decidí hacerlas lo más pronto posible e irme a la calle. Me acordé del muchacho rubio de jersey de cuello vuelto y camperas... sonreí soñándolo mientras contestaba los montes más importantes de la meseta; encima tuve suerte. Jajajaja.

Recogí los folios, me acerqué a la mesa de la profe y le pedí que me dejara salir sin esperar al siguiente profesor, porque mi madre estaba enferma con el riñón y tenía que hacer la comida para mi padre y mis hermanos. Doña Mari, una mujer de pelo totalmente blanco, a pesar de lo joven que era, a regañadientes porque no había llevado ningún justificante que afirmara lo que decía, me dejó ir recogiendo el examen con cierta brusquedad y mirándome a los ojos de una forma fija, tajante, como amenazándome de las consecuencias que estaba dispuesta a sufrir si le había mentido en algo. Pero no le hice caso, sólo quería irme a la calle y mirar a través de los escaparates de la tienda a ver si aparecía mi sueño de pelo rubio que parecía tan atractivo.

Bajé la calle a zancadas, sin correr, porque no quería dar la sensación de precipitación, de prisas; si me lo encontraba no quería que pareciera a propósito, tenía que parecer algo accidental. Llegué al escaparate, miré hacia todos los lados, pero no vi a mi chico. Esperé un momento y nada. Cogí mi mochila llena de libros que no entendía muy bien para qué tantos, y como era muy temprano para llegar a casa, además no tenía excusa ante mi madre que era más lince que la profesora, se daría cuenta enseguida de que me había fugado las clases del instituto, me encaminé hacia el club de mar, más exactamente hacia las rocas que bordean el club.

Desde que era pequeña tenía la costumbre de acercarme a aquél recodo, primero porque había muchos cangrejos y erizos, casi siempre conseguía pillar alguno para luego volverlos a tirar al mar. Sólo quería demostrarle a mis amigos que era tan valiente como ellos, pero nunca los mataba ni los llevaba a casa. Ellos siempre. Al llegar al acantilado rocoso que formaba aquella ensenada, me subí al muro que separaba el club de la arena y giré despacio para bajar a la roca lisa, suave, donde siempre me sentaba a verlos venir tranquilamente.

Estaba así, absorta, viendo las pompitas de aire que formaban los erizos cuando se mueven hacia la arena, esperando pacientemente para tomarlo sin que me pinchara, cuando ví una sombra muy larga en el agua. Temblé de arriba abajo. A veces sentimos cosas, no nos hace falta mirar ni que nos digan qué vemos, pero las sentimos. Así sentí yo su presencia. Un fuerte dolor de estómago fue el aviso de que estaba allí, mirándome la nuca, viendo lo que hacía sin moverme. Se sentó a mi lado. Olía a colonia de marca cara, de esas que sabes que huelen muy bien pero que no son ni lavanda ni de colonia bebé, luego tenía que ser bastante cara. Giré la cabeza y me encontré con unos ojos pequeños, marrones, muy vivos, inquietos, muy expresivos.

Me gustaron aquellos ojos que me hablaban de viajes marinos, ausencias de silencio llenas de pasión. Los pelos se me estaban poniendo de punta. Sentía como escalofríos. El chico pareció darse cuenta y me puso un brazo por encima de los hombros. ¿Damos una vuelta? ¿A dónde? Subamos a mi yate, quiero enseñarte algo que te va a gustar. Claro. Qué valiente yo. Ni lo dudé ni temí lo que hacía. Andamos hacia la bahía del club donde están todos los yates, los barcos de recreo y pesca. Subimos al suyo, un yate de color blanco con una franja azul de punta a cabo donde se leían las letras: “El arrecife de las sirenas”; entramos con cuidado para no darnos en la cabeza. Había cuatro escalones pequeños que separaban la cubierta del interior con los camarotes, la cocina, el baño... cuánta belleza. Me impresionó bastante tanta sencillez y originalidad, con esa madera lijada y pintada de colores salmón, azules, rosas, hacía unos dibujos preciosos. En la cocina había unos asientos en circulo que bordeaban una mesa blanca.

Voy a desayunar, te invito a unos huevos con mantequilla.. ¿Me acompañas? Bueno, asentí, yo también tengo hambre. En un momento preparó todo y con un poco de pan blanco y un tomate partido en dos trozos con sal y pimienta me puso mi plato. Me recreé en él como quién sabe que ese acto de comer y lo que vendrá después está fuertemente unido a la memoria de mis hormonas porque mis ovarios empezaron a moverse, no sería así, pero yo los estaba sintiendo.. me estaban bailando. Comimos mientras hablábamos de los recuerdos, la adolescencia, de las cosas que nos impresionaban. Me tomó la mano y me llevó a un camarote con dos literas. Subió a una de ellas y se tumbó boca arriba pidiéndome que le acompañara. Me temblaban las piernas, la voz, el pecho y su entorno. Una voz me decía que no debía tomar aquello que me daban, así, con tanta facilidad, y otra gritaba que lo abrazara para que no se fuera.

Ya lo estaba besando cuando él me metió la lengua en mi boca, yo torpe, no sabía, pero debe de haber algún instinto que te dice el como, porque él, con risas, me tomó la cabeza entre las manos y me dijo que sacara la lengua, luego que la girara como si me estuviera limpiando los labios,... la boca ya era su boca porque le hacía caso y mi saliva se me hacía un nudo en la garganta, me besaba, me hablaba, al cabo de un momento sobraban las palabras, su lengua era mi lengua, las dos hablaban el mismo idioma. Sabía a dulce de miel, sabía tanto que quería tragármelo entero.. se alejó de mi riendo, ehh, que me asfixias, jajaja, reía, suave, dulcemente, como su boca, yo jadeaba mientras le miraba entre expectante y ansiosa, tan deseosa de él que, con sus manos tomó mi cuello, acariciándome, besándome, me daba pequeños mordiscos en los lóbulos de las orejas, la nuca, mi pelo... casi gritaba de placer y no habíamos hecho más que empezar un ritual que duró hasta el anochecer.

Al llegar a casa aún sentía el latido de su sangre en mi sangre, de sus caricias. Las bragas las tenía un poco manchadas, había sido desvirgada, amada, feliz. Me habían hecho sentir como mujer y todo, por eso, merecía mi sueño, mi fantasía... mi placer en el paladar.. Me enseñó a amarle, a amar.