19 may. 2001

La estación. Disset

Y si la muerte viene a buscarme,
si la muerte viene a buscarme
tiene permiso para entrar en casa,
pero sepa, desde ahora,
que nunca podré amarla.

Y si he de partir con ella,
y si he de partir con ella,
todo lo que quede de mí,
sean gusanos, ceniza
o un acorde de mi viaje
quiero que canten ese signo...
vida, vida¡¡


Y al llegar a la estación todo era silencio. Sólo unos minutos más, y aparecería puntualmente el tren de las 15, 30 de corto recorrido que ansiosamente esperaba. Ella bajó elegantemente del vagon. Nos miramos a los ojos, y con disimulada expresividad, nos besamos fugazmente en el anden. Nadie nos había observado. Unos cuantos peldaños y nos esperaba la libertad. Nuestros cuerpos contenidos y cómplices del encuentro se fundieron en uno. Esas miradas a los ojos y la expresión de felicidad, la sonrisa en los labios y el beso intenso, el roce de las mejillas y el olor de pinos, el corazón palpitante y su pelo rubio brillando al sol.

Sumidos en el abrazo, mi mano rozó superficialmente sus nalgas por encima del vestido, dándome fe de que la promesa se había cumplido nuevamente, el regalo estaba esperándome y reservado exclusivamente para mi. Ella seguía amándome con todas sus fuerzas. Cruzamos el puente y nos dirigimos al restaurante.

Un lugar que desprendía esa belleza de lo viejo, la iglesia de torre románica al fondo, unos jardines a los lados, y unas vidrieras grandiosas, que armonizaban con su entorno de piedra añeja. Todo estaba solitario y vacío, dando la sensación de exclusividad. El salón, las mesas bien dispuestas, los pequeños detalles de calidad, la música de fondo, y nosotros solos en la estancia, uno en frente del otro, sintiéndonos transportados misteriosamente, a un romántico país mediterráneo. Unas ensaladas de primero, un vino blanco para acompañar y seguíamos prendidos de manos y miradas y roces hasta que nos levantamos finalmente del lugar y salimos por la puerta principal con ese aire de satisfacción.


Con los deseos a flor de piel que nos impulsaban frenéticamente, buscamos refugio en el pequeño y caldeado habitáculo de coche. Las puertas abiertas de par en par, y el intenso viento abrasador que circulaba, nos invitaba a no demorar por más rao nuestras apetencias insatisfechas de días y días.

Me diste tanto, en tan poco tiempo. Tu mirada ingenua e insinuadora que me invitaba con poco disimulo a que empezara la búsqueda del regalo prometido. Y despúes llegó el largo beso que nos dejaba sin respirar, y mis dedos rozaron el principio de tu pierna, y luego subí lentamente por ella, y busqué la parte interior más suave y delicada para prolongar esa caricia que tu pasión reclamaba, y luego sin obstáculo alguno, llegué al deseado y frondoso bosque de magnolias y abedules, fantasía de mis sueños, regalo de regalos, que rebosante de humedad se entregaba abiertamente a mis juegos. Te vi cerrar los ojos y escuché como estremecías de placer. Estaba de nuevo junto a tí, entregado y lleno de satisfacción, envolviéndote en mi manto de dulzura y paz.

De: disset@...com
Para: fantasia@elistas.net
Enviado: Sábado, 19 de mayo de 2001
Datos Adjuntos: LA ESTACIÓN 1.doc