9 oct. 2012

El sombrero, Parte I. Maribel Cerezuela

Fotografía de un sombrero de copa, tomada prestada de internet de una página cualquiera, para ilustrar el tema que nos ocupa.

Paseaba sin mucho ánimo. Había estado en casa de Joseph. Rambla abajo, iba pensando lo que había pasado hacía apenas una hora. Me toqué el bolso con recelo. No podía perderlo. Y ahora , con cierta desazón, se dijo, menos que nunca.
Tocó a la puerta y le abrió Joseph, como siempre, guitarra en mano, dedos ágiles, certeros, sin dejarle ni hablar, le tocaba una y otra vez, a modo de ensayo, cada nota de sus nuevas creaciones. Al rato de escucharle le interrumpió y le dijo, sin piedad, que el tiempo, también a él, le estaba dejando su impronta particular. No emocionas Joseph. No me emociona oírte. Déjalo un rato anda. No era el Joseph que emocionaba como aquellos días en el apartamento de la playa cuando, después de cada corto improvisaba otro más y le aplaudíamos sin cesar. Era emocionante oírlo. Ahora no hablaba de religión, ya hace tiempo que comprendió que no valía de nada. Ni de política, que le asqueaba ver como la gente no se moviliza por nada, o se mueve a cambio de un bocata de tortilla fría y un viaje en autobús..
Sus notas estaban carentes de fuerza, de esa transmisión que electrizaba con garra por romper esquemas, tabúes, .. Tenía el pelo largo, rubio, ojos azules, parecía un cartel de sport publicitario. Sin barba ni bigote, pero si una mosca tipo Miguel Bosé, que contradecía lo que decía sentir hacia su repertorio de canciones... “Linda”, “Bandido”, “Sevilla”, “Los hombres no lloran”, … él, que decía escuchar a pink floyd o Lou Reed, se tenía que aprender todas las canciones, si o sí, de la moda del momento que gustaba a la chiquillería en cada pueblo, en cada fiesta, en cada verbena, incluida la gran Rocío Jurado y su “señora”, que interpretaba con tanto énfasis, que él, que era flacucho y bajito, parecía crecerse ante la vida y le aplaudían... La gente aplaudía sin descanso pidiendo otra, otra, otra...
A media mañana, tocaron a la puerta, era Andrés- No había dormido, estaba claro por cómo hablaba sin sentido. Su olor a tabaco marlboro, no podía ser otro, decía, si no tengo dinero no fumo, pero tiene que ser marlboro, duro, de cajetilla. Es mi preferido insistía. En el mismo rellano discutían. Joseph le increpaba, una vez más, llegaba muy tarde. Habíamos quedado a las 10h. No es mi capricho. Tú lo sabes. Me tienes que llevar con tiempo para montar el escenario, las luces, comprobar el sonido, actuamos a las 17h. Una putada, ya, pero somos teloneros de Loquillo, La Polla Record, Alaska, comprendes lo que eso significa? Prensa, radio, TV, periódicos, publicidad.. No puedo fallar.
 No has dormido ¿Cómo vas a conducir así? Cojones Andrés. Maldita sea. Llevamos planeando esto hace meses. Salí al pasillo. Les pedí que bajaran la voz, que no llamaran tanto la atención del vecindario. Calmaros. Abrí la ventana que daba al patio de entrada a la casa. No se veía nada y eran las once y media de la mañana. Esos pisos eran una demostración de que el dinero manda. Los constructores le echaban la culpa a los promotores y ellos a que la mano de obra estaba muy cara. Aquella Colonia de viviendas tenía largos pasillos, sin ascensor, y sin vistas. Pocos, ciertamente, vivían cara al sur. Pocos podían ver el mar a lo lejos. Allí vivían cinco vecinos por planta. De cachondeo, le decían la “Colonia de la sardina”. Daba la sensación de que la gente vivía apelotonada, pero no parecían infelices.
Al girarse lo vio con claridad. Se quedó boquiabierta. Alelá le diría Andrés con sorna ¿No has visto nunca un sombrero? Ah. Ya. Estoy muy guapo, a que sí?- No le oía. Dí un salto y se lo quité. Andrés era alto, muy alto. Delgado, pelo moreno, largo y liso, muy bien cuidado, con una boca perfecta, labios muy carnosos, nariz perfecta. Muy guapo para hombre de su tiempo. Y ágil. No llegué a probármelo. Me lo quitó de las manos, raudo, aunque estaba borracho ¿Dónde lo conseguiste? Te queda muy bien. Me lo compré en el Rastro de Madrid ¿A que es precioso? Chulísimo. Se lo volvió a poner. Protesté. Pero dejame un momento, anda. Mientras pegate una ducha rápida, toma un café bien cargado, que el tiempo apremia. Gritó Joseph con firmeza: Vamos, llegamos muy tarde. Suponiendo que lleguemos.
Me lo dio. Le pasé la mano con calma a todo el contorno. A la altura de la copa, en un lado, noté que había una rugosidad. Un doble tejido. Salí al patio de luces. Lo volví a mirar y tocar con más cuidado. Efectivamente, había en el interior algo, un doble fondo, otra tela. Miré por dentro y vi que a la altura de la costura lateral había una sobrecostura. Anda.. Tiene un secreto, un compartimento escondido. Andrés no me dejará abrirlo. Me matará si le toco su sombrero de copa ¿Qué os falta? Grité. Ya voy. Dame diez minutos. - dijo Andrés, desde la cocina- No lo pensé dos veces. Entré a la habitación de Joseph y cogí el cutex que tiene para cortar las cuerdas de la guitarra. Lo pasé con cuidado por la misma costura y abrí aquel secreto escondido. Era una nota amarillenta por el tiempo, papel pergamino de los principios de los años veinte. No lo leí. La guardé en el bolsillo de mis vaqueros y, con pegamento, le pasé una brochita de punta a punta quedando adosada a la copa otra vez. Salvo para olfatos muy depurados, no se notaba, nada de nada, lo que se había hecho allí.
continuará....