27 may. 2015

15.-El pino en la montaña. José Antonio Páez (63

La tarde era calurosa en la sierra. Juan miraba hacia el melocotonero del corral rodeado de lascas blanqueadas, escrutando minuciosamente rama a rama, para descubrir a la invisible chicharra que rompía el silencio necesario para poder complacer a la siesta. No le quedó más remedio que subirse a aquellas viejas ramas, para acechar a su presa. En sus manos llevaba una ingeniosa ballesta, fabricada con un taco de madera, unas pinzas de la ropa, y un elástico que quitó a unos calzoncillos viejos. Si lograba descubrir al incordioso insecto, éste podría darse por muerto, como aquella lagartija que alcanzó en plena cabeza al lado de la farola. Pero esta empresa no daba sus frutos. Al menor movimiento de Juan sobre las ramas, la chicharra cesaba su canto desorientando al cazador, hasta sentir de nuevo la inmovilidad.


Juan empezaba a sentirse burlado, cuando divisó un pequeño gorrión posado en el canalillo del agua, a la sombra de las tejas. Era mejor pieza y más fácil de alcanzar que aquella maldita chicharra. Ésta lo había vencido. El gorrión se desplazaba con diligencia sobre las tejas, a saltitos cortos. La posición de Juan sobre las ramas era inmejorable para el ataque. Montó el elástico sobre la puntilla de la ballesta, apuntó concienzudamente, mordiéndose a la vez el labio superior y entornando los ojos, y disparó: ¡Zzzzzzziiiiippppp!. Acertó a darle en el cuerpo, y aquello le regocijó tanto, que perdió el equilibrio sobre las ramas y dio un enorme trastazo sobre el suelo de terrazo.


- ¡Esta ballesta es una mierda!- gritó el zagal, mientras miraba cómo el pajarillo salía volando sin daños aparentes, sólo asustado. El invento era bueno para animalillos pequeños, pero con los pájaros se reveló insuficiente.


La rodilla le sangraba debido a la caída. No le dolía más que tener que dar la razón a Rafael, que alardeaba de su escopeta de plomillos, al tiempo que se mofaba de su invento: "Eso sólo sirve para asustar a los gatos"- reía.


Se lavó la rodilla en el grifo sobre el sumidero, sin arrugar el gesto siquiera, y colocó como pudo los viveros de culantros, perejil y hierbabuena que había tirado, y que su abuela se obstinaba en no perder.


Pasado aquel espacio de tiempo en el que el pueblo ronca como para burlarse del calor, Juan salió hacia ninguna parte. En su cabeza sólo rondaba la idea de mantener oculto aquel episodio: "¡Qué vergüenza!". Las calles poco a poco se desperezaban. María Membrillo tenía otra vez montada la tienda en la puerta: botes de miel, mermelada de moras, melones y sandías, botijos, lebrillos, cántaros, tinajas, figuritas de arrieros meones, tiestos verdes,amarillos y rojos para las macetas y, por supuesto, membrillos: "¡Qué dulce su carne de membrillo!, ¡qué rica su compota!".


Con la boca ensalivada sólo de recordar el sabor de la canela en rama reblandecida por el caldo de la compota, subía el empedrado hacia la plaza. Sólo estaba la fuente, aunque podía oír los golpes secos de las fichas de dominó estampadas sobre las gastadas mesas del casino. "Se quedarán sin nudillos"- pensaba fascinado-. Se empapó la cabeza con el agua fresca de la fuente, que le alivió el calor por unos minutos.


El caminar hacia ninguna parte lo llevó hasta el camino del cementerio. Desde lo alto podía contemplar las hileras de nichos. Aquello no le impresionaba en absoluto... El camino estaba flanqueado por muros de piedra. Pasada la cancela del cementerio, grandes zarzas rebasaban la linde, y Juan rápidamente se vio atraído por unas moras gordas y negras. Sin pensarlo demasiado, se dirigió hacia ellas. Arrancó una pajilla al pié del muro, junto a una mata de cerraja que le recordó que tenía a sus grillos abandonados, y allí fue colocando las moras, pinchándolas con mucho cuidado para no estrujarlas. Cuando hubo completado un largo rosario, se mojó los dedos con saliva y los frotó sobre las moras para limpiarlas del polvo del camino. Sentado a la sombra de los castaños, una tras otra fue degustando las granosas moras... Le parecieron pocas, y repitió la operación, volviéndose a lamentar del abandono de sus grillos.


Sin apenas darse cuenta, se había adentrado en el camino, alejándose ya bastante del pueblo. Pero su glotonería le cegaba el conocimiento... Pensó, "ya que he llegado hasta aquí, bajaré un poco más a conocer esto mientras me como lo recogido". Y bajó caminando con despreocupación, con paso atolondrado por las piedras del camino y porque tenía el buche cada vez más lleno. Sin saberlo, estaba bajando a un valle profundo y frondoso, flanqueado por altas montañas achatadas. Le impresionó ver tan cercano el gigantesco pino "Cabezarrodeo", en la cumbre de la más alta de las montañas, del que había oído decir que no lo abarcaban seis hombres corpulentos. "Ya lo creo- confirmo- por eso se ve desde el pueblo".


No debía estar lejos la rivera, porque podía oír cada vez con más nitidez el pasar de las aguas. Paró a curiosear en un monte de piedras blanqueadas, una construcción que le pareció antiquísima y misteriosa. Al asomarse, vio una alberca con el agua abandonada al verdín y a los renacuajos. Los ojos se le iluminaron pensando en aliviarse el calor, y saltó la tapia adentrándose en la propiedad. Cogió el palo más largo que encontró y lo hundió en el agua. Lo sacó y comparó la señal que dejó el agua con su estatura. Le cubría por los pelos, pero sin pensarlo, se quitó la camiseta, las alpargatas y los pantalones, y se zambulló de cabeza en la alberca. Estaba helada. Aquellas albercas las utilizan como depósito de regadío para las huertas, trayendo el agua de algún manantial o de la propia rivera. Empezó a chapotear para mitigar la sensación de frío, pero sus músculos empezaban inexplicablemente a agarrotarse, se pusieron duros y cada vez tenía menos fuerza en sus extremidades. Juan braceaba desesperadamente para alcanzar el bordillo. Se asustó mucho, y empezó a gritar:



- ¡Socorro!. ¡Me ahogo!. ¡Socorro!...


Se contempló desnudo a las faldas de la montaña. Oyó el trinar de los pájaros. Se estremeció con el pasar de las aguas de la rivera. Miró a su alrededor y contempló la cumbre donde el pino lo esperaba. Lo llamó amablemente, le dijo: "Juan, ven y quédate conmigo". Quiso volver a casa porque aquello le asustó, pero la pendiente se inclinó tanto como una pared. Las piedras se afilaron como punta de lanza. Las jaras y helechos, las retamas y la yerba, cegaron el camino. Los castaños aceleraron su ciclo maternal y lanzaban sus erizos en una lluvia de espinas martirizadora. Aparecieron manadas de jinetas, otrora solitarias y nocturnas, ahora unidas en diurnos cancerberos del camino, de dientes afilados, amenazadores. Enjambres de abejas aparecieron salidas de cientos de colmeneros, dirigiéndose a su cuerpo y cubriéndolo entero. Braceaba desesperado intentando desasirse... un veneno lo anestesió con una dulce borrachera, y se entregó entero...


Elevado por las abejas, voló hacia el pino, escoltado por arrendajos, cucos, gavilanes, perdices, mirlos y milanos, petirrojos, cárabos, garcetas, águilas, buitres y abejarucos, que en distintos idiomas trinaban cantos de bienvenida. En la cumbre esperaba el pino para acunarlo en sus grandes ramas, eternamente verdes, y desde allí reconoció el paisaje que le vio nacer.


Las ramas se plegaron hacia el interior, engullendo al chico, que fue licuándose en sabia y resina...

 

Despertó sobre un colchón en un cuarto muy pequeño y desconocido para él. Estaba muy aturdido y le dolía el pecho como si le hubiesen dado una paliza. Tenía la impresión de tener un risco sobre el estómago que lo aprisionaba sin dejarle apenas respirar. Le vinieron arcadas. A su lado, alguien había colocado oportunamente una palangana de metal esmaltado, y expulsó un líquido negruzco que alivió el peso sobre su estómago. Aquella habitación no tenía puertas, sólo una pequeña ventana con el marco de madera pintado de verde. Así pues, se asustó. Pensó incluso que estaba muerto. Pero aquella sensación de malestar y conciencia, no podía significar otra cosa más que todo fue un tremendo susto. Además, en las catequesis del Sr. Cura preparatorias a la primera comunión, el cielo era el cielo, y por supuesto, en el infierno no se encontraba. "¡Menudo chasco, si en vez de calderas, el infierno sólo fuesen dolores de barriga en una habitación sin puertas, con las paredes forradas con dibujos de niños!".


Con mucho esfuerzo consiguió ponerse en pié. Alcanzó a comprender una de las razones por las cuales las camas deben tener patas: "¡Qué difícil es levantarse desde el suelo!". Ya en pié, el misterio de la inexistencia de puerta se desveló. Se encontraba en la segunda planta de una diminuta casita. Allí se accedía a través de un agujero de una irregular redondez, situado en una esquina del suelo de la pequeña estancia. Miró a través de la ventana, y supo que era un nuevo día, aunque no sabía cuántos habían pasado desde el terrible suceso. De rodillas en el suelo, asomó la cabeza por el agujero, con mucho sigilo por si alguien estaba en la planta de abajo. No vio a nadie. En ese momento reparó en su desnudez, buscó su ropa, pero sin éxito, no ocurriéndosele otra idea más que la de utilizar las sábanas como ropaje. No sabía qué hacer. Volvió a asomar la cabeza por la ventana verde, y le reconfortó ver que el pino estaba allí, no muy lejos de donde lo dejó. Significaba que el camino estaba cerca, y que no estaba perdido.


Al piso de abajo se podía bajar por una escalera hecha de troncos, forrados con hebras de lana de distintos colores: un peldaño rojo, otro verde, otro azul, otro amarillo, otro naranja, y el suelo. Las dimensiones de aquella planta eran las mismas que las de la planta superior, pero el espacio era menor debido al mobiliario. Unos enormes cojines acomodaban un sofá de material. Sobre él, una estantería con muchos libros en inglés. En una esquina, había un pequeño anafe con una cafetera humeante. Encima de éste, un pequeño mueble de madera decorado a mano hacía las veces de alacena, con las puertas de cristal. Allí, el inquilino guardaba numerosos vasitos con especies recogidas, seguramente, en el campo, tapados con tapones de corcho sobre unos retazos de tela y numerosas cajas pequeñas rotuladas en inglés. Debajo del mueble, colgadas sobre unos cáncamos, había unas jarritas de barro, y sobre una mesa cubierta con un mantel de hule, un lebrillo con agua y unos platos sucios en su interior. Del techo colgaban suspendidos por hilos largos, muchas figuras de distintos motivos hechas de arcilla cocida... Al lado de la única puerta, un retrato hecho en carboncillo de un niño que debía tener su misma edad.


Abrió la puerta y salió de la casa. Se encontraba en lo alto de una loma. Oteó el terreno hasta llegar a las faldas de aquella pequeña montaña. No era una propiedad excesivamente grande. Tenía, eso sí, innumerables árboles, y a juicio de Juan, ninguno por duplicado: manzanos, castaños, alcornoques, caquis, encinas, sauces, robles, membrillos, almendros, higueras, nogales, cerezos,... entre otras especies. Todo un jardín botánico. En la parte más baja, una hilera de chopos, gendarmes de rivera, marcaba el final de aquella hermosa creación.



Juan pensó en sus padres. Estarían muy preocupados y no podrían ni imaginar dónde se encontraba.

Decidió bajar a la rivera. Arropado en la sábana, andaba mirando atentamente dónde pisaba, pues seguía descalzo y no quería lastimarse los pies. Al llegar, no podía creer lo que veían sus ojos. En la rivera se lavaba una hermosísima mujer, toda desnuda. Era muy alta, con un largo pelo rubio, y de piel blanca enrojecida por el sol. Jamás vio mujer tan hermosa, y mucho menos desnuda, circunstancia que le aceleró el corazón tanto como en la alberca. Incluso, llegó a pensar si no iba a ser que estaba muerto de verdad. ("Un árbol de cada especie, una mujer. A mí me ha tocado ser el niño!"). Observó que los movimientos de la mujer eran pausados, como con el pensamiento en otro lugar, con la mirada perdida, hipnotizada tal vez, por el correr del agua. Cuando acabó de asearse, se colocó un vestido blanco, largo hasta los tobillos. A Juan le llamó la atención la ausencia de ropa interior. "¡Cuándo se lo cuente a los chicos, no me van a creer!". Por último, se roció con agua que llevaba en un frasco de cristal. La mujer se dirigió a la casa, por un caminito estrecho entre los árboles en el que Juan no había reparado. Desde abajo la casita se veía hermosa, de un blanco luminoso. La mujer entró en la casa, y a los pocos segundos, salió muy alterada:


-¡Bill! ¡Bill!- gritaba, andando de un lado para otro.

¿A quién llamaba?. Desde luego, no había nadie en la casa cuando él salió. Hubiera sido imposible esconderse en tan poco espacio. Buscaría algún gato.

-¡Bill! ¡Bill!. Where are you?- Volvió a gritar, certificando su extranjería.

 

Juan comprendió que con su vestimenta no podía presentarse en el pueblo y que al menos tenía que recuperar sus alpargatas. Además, estaba seguro de que fue aquella mujer la que le salvó de morir ahogado. No le pareció mal acercarse y devolverle la sábana, y agradecerle de paso seguir vivo. Así pues, salió de entre los árboles y enfiló el caminito, no sin timidez. La mujer al verlo subir pareció tranquilizarse. Al llegar a la cima, la mujer le susurró algunas palabras que él no entendió y finalmente le sonrió.


Juan no sabía como actuar, y se dejó llevar. La mujer lo sentó en los blandos cojines, cogió una jarrita y la llenó de leche con unas cucharadas de miel. En un plato colocó unas pastas. A Juan todavía le dolía el estómago demasiado, y apenas probó la leche. Mientras tanto, la mujer fregaba los platos en el lebrillo, ayudándose con un bote de cacao con el que sacaba agua de una tinaja. Juan creyó que era el momento de hablar.

  • Señora- dijo con timidez- Quiero volver a casa.
La mujer dirigió la mirada al retrato en carboncillo de la puerta... Volvió a abrir la alacena y sacó unos pasteles que le ofreció a Juan. Tampoco pudo comerlos. Ahora tenía un nudo en el estómago.


- ¿Me puede devolver mis ropas?.- Preguntó un poco impaciente.


De nuevo la mujer detuvo su tarea, se secó las manos en el vestido y se dirigió a la estantería para coger un libro. Era un cuento infantil. Se sentó detrás de Juan, rodeándolo con sus largas piernas y abrió el libro delante de sus ojos. La mujer olía a jazmín. Empezó a leer... Juan no entendía nada. En las hojas podían verse dibujos pintados por algún otro niño.


Empezaba a sentirse incómodo, pero a la vez se esforzaba por seguir la historieta, aunque fuera a través de las ilustraciones. Se percató de que la mujer comenzó a llorar...


Las lagrimas cayeron en los hombros de Juan. Volvió su mirada hacia el rostro de la mujer y pudo ver unos enormes y preciosos ojos verdes, tristes. Sintió el impulso de secarle el rostro con la sábana y así lo hizo. La mujer le sonrió y lo apretujó contra su pecho, besándole en la cabeza.

Por unas horas dejó de pensar en volver a casa. Si era por compasión hacia aquella mujer, él no lo sabía entonces (el narrador tampoco).


La mujer subió arriba y le trajo ropas de vivos colores, que no eran las suyas, pero le quedaban a medida. Le preparó un picadillo para almorzar, ligero, pero Juan se arrepintió luego de haber comido el pepino, pues lo repetía a cada instante. Sin embargo, el frescor de la sandía le resultó tonificante. Se disponía a tumbarse entre los cojines para la siesta, cuando vio que la mujer lo llamaba desde el exterior. Reclamaba su presencia como para dar un paseo, ya que llevaba puesto un sombrero de paja con una cinta verde, y del cuello le colgaban unos prismáticos. Y así fue. Salieron de aquella montaña y se dirigieron al camino...


Justo al otro lado de la rivera estaba la alberca, lo que afianzó su convicción de que la mujer pudiese oír sus gritos de auxilio. Durante largo rato estuvieron caminando junto a la rivera, siguiendo su curso. La mujer, recogía un enorme manojo de juncos, que finalmente ató con la cinta del sombrero. Juan se entretenía mientras tanto con los prismáticos. Nunca había tenido unos en las manos, y estaba maravillado con el invento. Los prefería, incluso, a la escopeta de Rafael. Tiró de las faldas de la mujer y señaló el pino "Cabezarrodeo". Ella lo entendió, y hacia allá subieron no sin dificultades, porque la pendiente era escarpada y de una tierra suelta y arcillosa.

 
Al llegar arriba, Juan sintió el estremecimiento de haber imaginado aquel paisaje antes con infinita exactitud, en los difíciles momentos de la alberca. Desde allí se divisaba la sierra hasta sus límites, suavemente ondulada, de un verde intenso, granulada como las moras por toda una legión de árboles de copa redonda. Respecto al pino, no seis, sino a duras penas nueve hombres podrían rodearlo. Examinando el paisaje palmo a palmo, se topó con la vista de su pueblo. Aquello le devolvió a la realidad. Pero no dijo nada para no volver a entristecer a la mujer. Ella, ajena a la maravillosa vista, estaba sentada con la espalda apoyada en el tronco del pino, tejiendo un caballito con juncos para Juan. De regreso, con toda naturalidad, la mujer se desprendió de nuevo del vestido y del calzado y se metió en la rivera, chapoteando y salpicando a Juan, que incitado a la batalla, se introdujo también desnudo en el agua... Rieron mucho hasta que a Juan le entró la tiritona. Entonces, la mujer lo secó con su vestido que perdió todo rastro de color blanco. Marcharon a casa cansados y satisfechos.

 
Cuando caía la noche, Juan determinó que era hora de partir. Cuando la mujer preparaba arriba el colchón para dormir, Juan cogió el caballito de juncos, y salió de la casita corriendo. No miró atrás en la bajada de la loma, ni al cruzar la rivera, pero cuando empezaba la subida hacia el pueblo, miró hacia la casita, y vio a la mujer asomada a la ventana. Le dijo adiós con la mano, pero ella apenas sí contestó a la despedida con un tímido gesto.

Al verle llegar al pueblo, todos se alegraron aliviados y preguntaban sin cesar dónde se había metido durante tanto tiempo. Sus padres no paraban de besuquearlo y bendecir a Dios, llenos de lágrimas. Él no quiso mencionar a la mujer, ni dar explicaciones aquella noche. Todos pensaron que algún día se sabría. Al fin y al cabo sólo era un niño y lo importante es que ya estaba en casa. Al acostarse, puso el caballito debajo de la almohada. Durmió plácidamente...

Días después, un gran revuelo se formó en la carretera. Numerosos vecinos se agolpaban mirando hacia la sierra. El pino "Cabezarrodeo" había desaparecido de la montaña. Aquel maravilloso árbol que dominaba la sierra erguido fuera de su hábitat, con cabeza redonda, majestuoso, coronado rey por encinas, alcornoques, nogales castaños y robles, todos por debajo de su altura; contemplado con respeto por helechos, jaras, quejigos, aulagas, zarzas y retamas, hermanas menores. Aquél de corteza tan dura como un risco y de envergadura olímpica, nunca más recordaría a nadie cuál es el camino a casa... Tal vez, lo arrancó la soledad. 
AUTOR: JOSÉ ANTONIO PÁEZ MARTÍN (Eslizón)

EL PINO EN LA MONTAÑA