miércoles, 29 de mayo de 2013

José Ramón Cantalejo Testa. La corsaria de Pechina


(De cómo el diccionario puede condicionar el título de un trabajo)


No podemos titular la historia de Malika Fadel ben Salvador (1302-¿135..?) como “La Pirata” pues no existe al día, para nuestros académicos, el término en femenino.

Hubiera sido lo propio porque Malika nunca tuvo ni necesitó patente de corso para robar en el mar demostrando una valentía temeraria y una absoluta falta de escrúpulos para el abordaje, la captura y el expolio..

También es verdad que en su época todos los navegantes de Pechina , antiguo núcleo sobre el que Abd al-Rahmán III fijó la capital marina del Califato Cordobés en el siglo X, estaban autorizados para el saqueo por los Reyes Nazaritas que, ahora, controlaban la política en el antiguo Portus Magnus romano, en el extremo sureste de la península ibérica.

Sin embargo a lo largo de la historia y pese a nuestros académicos ha habido mujeres piratas diestras en la maniobra marina, en el atemperar tripulaciones brutales y en el acecho y saqueo de cuanto se presentara a su navegación, como Mary Read, cuya carrera se encontró hacia 1720 con una horca española en Santiago de la Vega (Jamaica), o Anne Bonney, irlandesa y pelirroja, que también terminó con la soga al cuello, eso sí, acompañada de su amante el Capitán John Rackman. Borges , que la cita en su “Historia Universal de la Infamia”, pone en sus labios, ante la horca y expresada de forma despectiva, una variante de la reconvención de Aixa a Boabdil: “Si te hubieras batido como un hombre no te ahorcarían como a un perro”.

Nuestra digna precursora fue hija del esplendoroso Emirato Marino Independiente de Pechina, formado sobre una población de razas colonizadoras llegadas por mar del oriente y sedimentadas en el crisol de la desembocadura del Rio Andarax durante los tres mil años anteriores al desembarco del Islam en la Península Ibérica.

Con la llegada de la civilización árabe y sus incomparables técnicas de regadío y agrícola, la vega de Almería alcanzó una fase esplendorosa . La población consiguió en poco tiempo una floreciente vida política, religiosa y económica pero la preeminencia siguió en manos de “Los Marinos”, que obedecían el poder central de Córdoba.

Desde el siglo noveno y mientras duró el califato hasta 1014, en que se independiza el Reino de Almería en Taifa bajo el poder del liberto eslavo Jayran, transcurre una época de gran esplendor y tolerancia en la convivencia de musulmanes, mozárabes y judíos junto con multitud de extranjeros que arriban a la ciudad portuaria califal, que se había convertido en el mayor centro comercial del occidente mediterráneo, además de sede de la armada y atarazanas cordobesas.

Almería mantuvo relaciones mercantiles abundantes, tanto con otros enclaves islámicos como con el mundo cristiano. Se importaba del norte de África oro sudanés y esclavos, del Próximo Oriente especias, hachís y objetos de lujo, y de la Europa Cristiana, pieles, metales, armas y esclavos. En contrapartida por Almería se exportaba básicamente aceite, tejidos, esclavos castrados, (la castración de esclavos fue una especialidad almeriense muy celebrada en la época que se realizaba con gran acierto en el entorno de los judíos almerienses), y manufacturas en general.

Finalmente la sociedad , como consecuencia de la mejora de la enseñanza y del nivel de vida, se islamizó conservando una gran tolerancia debido a la preponderancia de muladíes frente a los escasos árabes orientales que constituyen el fondo demográfico del Califato Cordobés.

La estirpe de la que nació nuestra protagonista Fadel Malika ben Salvador estaba bien asentada entre la vega del río y el mar, aunque todavía deberían pasar casi tres siglos para que la encontremos jugueteando en la cubierta de uno de los barcos de su familia en la Rambla de La Chanca.

Tres siglos marcados por el Reino de Taifas edificado sobre eunucos libertos eslavos huidos de Córdoba, la hegemonía liberal almorávide, la ocupación y destrucción de 1147 por los reinos cristianos mediterráneos (especialmente la flota genovesa y 16 navíos catalanes al mando del Conde de Barcelona y Rey consorte de Aragón Ramón Berenguer IV que se llevó como trofeo una de las puertas de la ciudad) unidos en cruzada al mando del Rey Castellano Alfonso VII, el fundamentalismo intransigente Almohade posterior a la reconquista de la ciudad de manos de los Genoveses que quedaron en la ciudad durante diez años, y un último periodo de tranquilidad y recuperación con el Reino Nazarí de Granada , convertido en el último bastión islámico en la Península Ibérica.

Cuando Malika nació en la casa familiar, cercana a las antiguas Atarazanas Califales, no se preveía que los Reinos de Castilla y Aragón que ahora, en el año del señor de 1308 se ponían de acuerdo para atacar y conquistar al año siguiente Almería de la órbita nazarí, se verían envueltos entre ellos en una guerra larga y sangrienta como consecuencia de la intervención de una marinera corsaria pechinera que retrasó el paso de Almería a la cristiandad hasta la entrada de los Reyes Católicos en 1489, un siglo y medio después .

Huérfana desde los dos años, al sobrevivir a su familia en el asedio sobre Almería de Jaime II de Aragón en 1309, había quedado con su abuelo en el barco mientras sus padres y hermanos varones viajaban a Granada para negociar el alquiler de una flota almeriense a los castellanos.

Pese a la largueza del asedio, casi seis meses, la ciudad resistió, pero la familia de Malika fue pasada a cuchillo a la altura del actual Cortijo Blanco, antigua alquería cercana de las fuentes y baños de Sierra Alhamilla, donde intentaron refugiarse de las partidas que pasaban por las armas a todo musulmán que se cruzaba en su camino.

El abuelo, viejo y respetado marino de ancestro mediterráneo, se esforzó en proveer a la ciudad sitiada, esquivando las galeras que pretendían el bloqueo marítimo de la vieja Bayyana, aportando desde Orán hombres y batimento, sin olvidar su tráfico normal de hachís rifeño, mientras procuraba la mayor ternura a su nieta Malika.

Ibn-Fadel, el abuelo, traficaba con hachís no solo del Rif, también arribaba hasta Siria en busca del preciado dorado libanés, al mando de sus tres bajeles . Los viajes eran aprovechados, si se terciaba, para practicar el viejo deporte del acoso y derribo de las naves cristianas, sobre las que caer de improviso, cargando botín y prisioneros con los que proveer el lucrativo mercado de esclavos que se celebraba por entonces en Almería.

Su nieta Malika apenas salía del barco y su abuelo impedía a todos sus acólitos, seleccionados entre los mas bravos y viles supervivientes de mil querellas, acercarse a ella. De hecho la tomó como su propia esposa, delegando con el tiempo en ella cuentas y repartos, descargándose del gobierno y derrota de la flota.

La Corsaria se libró de la peste negra que, como consecuencia de las hambrunas ya por entonces frecuentes en la decadencia, asoló Almería en 1329, enfermedad sin perdón para su abuelo Ibn que, careciendo de cualquier otra familia, impuso en su lecho de muerte a los hombres de la partida a su nieta de 22 años como capitana y propietaria de los destinos y bienes de la horda pechinera.

Muchos quisieron obtener los favores de Malika, mujer menuda y descuidada aunque atlética y de bellos ojos turquesa, pero jamás se separaba de un enorme eunuco negro obtenido como botín por la jauría pechinera en el abordaje de una nave catalana que su abuelo le obsequió para su seguridad.

Se sabe que adoptó, pagando su rescate, una tierna joven a la que libró de la ablación en Alejandría y de cuya belleza fueron testigos los vecinos de la Puerta del Mar, que daba acceso a la antigua medina almeriense, fortificada mediando el siglo X por el tercer Abd ar-Rahman, en la que Malika construyó un palacio para su egipcia en el que invirtió el producto de sus correrías .

Ya desde los albores del siglo XIV el Mar de Alborán había dejado de ser un lago de los marinos almerienses para convertirse en un peligroso lugar de paso en el que cazar o ser cazado era la regla del juego.

La flota de Malika Ben Salvador se perdió a manos del almirante franco-catalán Moreau de Perellós en una refriega que dio lugar a la nueva guerra entre Castilla y Aragón que comenzó después, a partir de 1356.

Quiso el destino que don Pedro I de Castilla y de León, conocido por “El Cruel”, decidiera dedicarse en ese año al descanso, y para ello nada le pareció mejor que preparar una galera y salir al mar con el fin de contemplar la pesca del atún. Embarcó pues en Sevilla para dirigirse a Sanlúcar de Barrameda. En el mismo instante en que don Pedro entraba en la bahía, hacían también su entrada diez galeras catalanas al mando del citado Perellós. Estas galeras, aunque pertenecientes al Rey de Aragón, de momento habían sido cedidas al Rey de Francia, con el fin de ayudarle en su lucha contra los ingleses, pero se desviaron de su objetivo para cazar a la jauría pechinera, incómoda y famosa por su capitana y tropelías, que venían cargadas con un apetecible botín de hachís.

Perellós no tuvo en cuenta las mas elementales reglas del derecho del mar y se apoderó de ellas, a pesar de que dichas naves enarbolaron pabellón castellano al entrar en el puerto, que era amigo por la tregua que mantenía Castilla con el reino Nazarí.

Don Pedro envió con amenazas delegados al Almirante Catalán, advirtiéndole que estaba infringiendo las reglas de la mar y el respeto debido al soberano de Castilla, pero Perellós contestó a estos delegados que él no tenía que dar cuenta de sus actos mas que a su señor natural, el Rey de Aragón.

Don Pedro, al no disponer de fuerzas, hubo de conformarse y por ello no llegó a conocer a Malika Ben Salvador, “La Corsaria Almeriense”, y su princesa, que con ella navegaba en aquel viaje.

Por si fuera poco Perellós remontó el Guadalquivir con su precioso botín, causando daños en las riberas hasta su vuelta para Francia. Don Pedro, como era de esperar, cumplió con sus amenazas e hizo encarcelar a todos los comerciantes catalanes que residían en Sevilla, haciéndose con todas sus propiedades y vendiendo cuantas mercancías encontró en su poder. (“Las penas con pan son menos”).

Curiosamente, tras este incidente, se desencadenó la primera guerra entre Pedro I y Pedro IV, los dos reyes mas jóvenes de la península, ambos ambiciosos guerreros, impetuosos e incapaces de solucionar por vías mas o menos pacíficas y prudentes sus cuestiones. Los embajadores del reino de Castilla se presentaron en Barcelona, donde a la sazón tenía su corte Pedro IV. Ante él expusieron una serie de condiciones que Pedro I imponía para el restablecimiento de la efímera armonía frustrada. Entre otras la restitución de las tripulaciones de las naves almerienses. Como sabemos no hubo devolución y sí guerra.

No sabemos nada mas de Malika Fadel, su princesa egipcia y su flota, salvo que gracias a esta guerra se retrasó el acoso de Almería, que estaba en el punto de mira de los dos Pedros, hasta su entrega a los Reyes Católicos en 1489, mas de un siglo después, en el que hizo su entrada en la ciudad el Rey Fernando, el 23 de diciembre, y la Reina Isabel, que había hecho una ruta distinta, el día siguiente, en cuya noche fue celebrado el nacimiento de Cristo en la Alcazaba Califal, dominando Bayyana.

Por José Ramón CANTALEJO TESTA

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