domingo, 5 de mayo de 2013

20.-La vida trataba mal a Maripili Autor: Jorge Barco (79

 1 Cuando aquel chico la besó en los labios, la primera vez, de ella, su corazón comenzó a palpitar más deprisa que de costumbre, se puso muy nerviosa, temblaba; pero hay que reconocer que se esperaba más: le supo a poco eso tan maravilloso que conocía como primer beso de amor, y ni siquiera ella se podía imaginar al mirar el reloj -las 18:53- para anotar tan emotivo instante en su diario, que le quedaban - casualidades de la vida, que a veces haylas- justo dos horas para morir. Y aunque en ese preciso momento -las 18:53- se lo hubieran dicho, no sé, alguien; aunque se lo hubieran dicho,  ni por lo más profundo de su imaginación se le hubiera pasado que en dos horas exactas iba a ser ella misma, voluntariamente -si un suicidio puede calificarse como un acto voluntario- la que colocaría su cabeza en la vía del tren, que estaba muy fría, y le heló, entonces, el cuello, y eran ya las 20:49, y era ya de noche, y esa noche era muy oscura. Sabemos la hora exacta del beso por su amiga Rebeca, que se lo dijo nada más llamarla, y la hora del suicidio, en punto, por una vecina que vive al lado de la estación de tren, que casualmente pasaba por la ventana en ese momento, y vio a una niña de unos catorce años, pantalón vaquero y suéter beige, y dijo, qué raro, ¿qué hará ahí a estas horas? Y claro, fue por eso que se quedó observando el discurrir de los acontecimientos, hasta el trágico desenlace, durante el que, la buena mujer se giró bruscamente, en cuanto las luces del tren Puente de los Fierros-Gijón apuntaron hacia su inevitable objetivo, y se encontró cara a cara con el reloj de péndulo que tiene en el salón. Las 20:53. Justo después llamó a la policía para que notificase lo sucedido a los familiares de la joven víctima, pero, hay cosas en un primer momento inexplicables, la policía ya estaba en camino. Pues claro que se le quedó la cabeza hecha un asco, triturada como quien dice, y medio brazo por un lado - desde el codo-, y el resto del cuerpo por otro; pero no es de lo que queremos tratar. El caso es que éste fue un suicidio que podía haberse evitado si se hubiera actuado a tiempo. Pero la pasividad, y en cierto modo la falta de preparación de las fuerzas de seguridad, convirtió el alegre día de una niña modelo entre las niñas de su edad en su perdición;. Aunque no soy yo quien piensa todo esto, porque me voy a limitar a narrar únicamente los hechos que haya podido demostrar que ocurrieron en realidad. Esta parrafada inútil y escabrosa pertenece a un programa especial que le dedicó al día siguiente una cadena de televisión a la hora de máxima audiencia. Pero digan lo que digan, la vida trataba mal a Maripili.
2   María del Pilar Fernández Moreno, natural de Pola de Lena, trece años para catorce, pero con unas tetas de diecisiete que nunca dejó que le sobaran, algo que ahora lamentan el 98% de los chicos de su colegio. Sus aficiones eran la Superpop, Leonardo Di Caprio, y Lo que necesitas es amor; su comida favorita los espaguetis; y nunca se duchaba sin haber hecho antes la digestión. Por supuesto que no fumaba ni bebía, y tenía amigos pero era demasiado pequeña para salir con chicos. -Esto lo dijo su abuela-. Le daba sobre todo al kalimotxo, aunque tabaco normalmente no, algún porrete los fines de semana, lo normal, pero eso no lo ponga en el libro. -No te preocupes, Rebeca-. Su profesora de Ciencias: llevaba las cosas bastante al día, hablaba un poco en clase, lo normal, y era muy lista aunque un poco vaga. Su profesor de inglés: bueno, ya sabes, lo típico que se dice en estos casos; pero entre tú y yo, y que no salga de aquí, a veces se sentaba en primera fila y se me iba la vista y me perdía de las tetazas que tenía. Tranquilo.
3    A las 19:50 estaba meando en el baño grande de su casa -debo ser totalmente fiel a los hechos-. Cuando dieron las 19:51 Maripili sincronizó las últimas gotitas que manaban de su cuerpo con el segundero de su reloj. Luego anotó esta experiencia en su diario, en la última página, al lado de los tres nombres que había pensado -a elegir uno- para cuando convenciera al fin a sus padres de que era lo suficientemente responsable como para tener un gato. Y a las 19:53 -podría incluso escribir los segundos, pero no quiero-, justo una hora después de su primer y último beso de amor, y exactamente una hora antes de que su cabeza estallase aquí y allá, a las 19:53 y 12 segundos, sonó el teléfono. Y claro, lo cogió. Estaba desnuda. Había comenzado a jugar con su propio cuerpo, a acariciar una parte casi imberbe todavía, usando el dedo meñique para sentirse menos culpable. Sabía que sus padres no llegarían todavía. Eso lo sabía antes de salir del baño y dirigirse hacia el teléfono, pero pudo constatarlo tras descolgar, preguntar que quién era y esperar la respuesta oportuna, una respuesta un tanto cruel si se tiene en cuenta que Maripili era una niña todavía. Pero no he de ser yo el que juzgue. Tus padres, querida, han fallecido en un accidente de tráfico esta tarde. Lo de querida lo recordaría el resto de su vida -concretamente los cincuenta y nueve minutos que le quedaban, pero mucho. 
 4 El diario de Mari Pili era rosa con manchitas azul cielo dispuestas de forma arbitraria. Como me parecía un objeto fundamental para entender este caso iba a pedírselo a su madre, pero como se había muerto tuve que optar por ir a ver a Rebeca. La pobre lloraba cada poco. Maripili, justo antes de salir de su casa en dirección a la estación de tren (no sabía adónde se dirigía), a eso de las 20:38, llamó a Rebeca para contarle desesperada lo de su repentina orfandad, y de paso lo del beso que ya creía lejano en el tiempo. No hay más que leer el diario al que nos hemos referido para conocer de primerísima mano los hechos que aquí se relatan. Eran las 19:54 de su primer día con novio, y se acababa de quedar sin padres. Salió a la calle en dirección a casa de su amiga Rebeca, pero nunca llegó. Caminaba como si sólo estuviera allí presente su alma sin cuerpo, un alma que llora, un alma a la que le palpita el corazón cada vez más aprisa. Necesitaba contárselo a alguien, buscaba en su mejor amiga un apoyo, pero se quedó a mitad de camino. Allá, a lo lejos, bajo la casa en la que una noche durmió Alfonso X, ya en ruinas, vio al que consideraba desde hacía poco más de una hora su novio. Eran las 20:01.
5  El destino, irónico como es en ciertas ocasiones, quiso poner de nombre a nuestro galán nada menos que Ángel. Maripili, tras el eufórico beso, había echado a correr y no había parado hasta llegar a casa, pero no era el momento este de andarse con contemplaciones y se acercó a él. Estaba demasiado mareada como para pasear, estaba demasiado triste como para hablar, Maripili estaba pero no estaba. Fue por eso que lo único que le dijo al llegar hasta Ángel fue: Vamos a mi casa. Necesitaba el silencio, sentarse, le temblaban las piernas. Y callados los dos, de la mano, llegaron hasta la casa que no llegaría a heredar Maripili, pero por falta de tiempo. Entraron. Ella le guió hasta el salón. Ambos se sentaron. Nuestro Ángel se dejó abrazar. Maripili no lloraba por vergüenza, pero sentía dolor y entonces se apretaba cada vez con más fuerza. El hombre, como es costumbre, lo interpretó todo a su manera; y correspondió a su abrazo. También acariciaba la espalda de Maripili y ésta, sin inmutarse, apenas lo notaba, continuaba con su llanto interior. Ángel introdujo su mano entre el jersey y la camiseta de su presa; ésta no estaba, sólo su cuerpo. Y fue dicho cuerpo, puro, suave, levemente tembloroso, el que comenzó a desnudar el Ángel de las tinieblas, con una maestría absoluta, como si en verdad se dedicara a violar niñas vírgenes, y entonces se puso en pie, agarró las manos de Maripili con fuerza para mostrar decisión, y dijo: vamos. La condujo hacia la primera habitación que encontró libre, y en cuanto entraron cerró la puerta. Ella se dejó hacer, tanto, que si el destino le hubiera dado unos días más hubiese muerto sabiéndose madre. Pero la pobre ni dolor sentía ya, ni ganas. Eran las 20:37.

6   Una llamada anónima alertó a la policía de un posible incidente en la estación de trenes; fue anónima por falta de tiempo porque Rebeca también quería ir corriendo hasta allí para evitar cualquier tragedia. Bueno, eso de también es relativo, porque quizá fue la única con prisa, al decir de los testigos que llegaron tras lo sucedido pero mucho antes que las fuerzas de la ley. El caso es que Maripili, en cuanto su ex novio abandonó la casa, que fue momentos después del éxtasis, se levantó, se vistió y apuntó su experiencia sin lujo de detalles. Justo después llamó a Rebeca. Estaba casi histérica. Y sola. Le dijo que se iba de casa, que siempre le habían gustados las flores y que Ángel se dirigía a la estación de trenes para coger el próximo que saliera hacia Campomanes, pero ella y su cuchillo evitarían que llegara a su destino. Entonces colgó y salió a la calle. Avanzaba muy deprisa, con ganas, apretando el cuchillo de cocina que portaba, sin novio, sin padres, sin virginidad y con un hijo en el vientre, pero ella no lo sabía, no lo sabría. En pocos minutos -las 20:46-  llegó a la estación.

 7 Allí no había nadie. Nuestra testigo presencial de los hechos afirmó haber visto alejarse un tren justo en ese momento; y tal vez fue por lo que Maripili echó a correr en dirección a la vía. Perdió el cuchillo por el camino. Quizá ella no llegó a ver el tren alejarse y puso su oído en la vía para comprobar que éste en verdad había pasado. Tal vez entonces se mareó y se quedó allí tendida hasta que a las 20:53 pasó el tren Puente de los Fierros-Gijón. No tenemos anotaciones en su diario para comprobarlo. La buena señora nos dijo después que ya se olía ella algo de que alguna niña se suicidaría aquella noche -si un suicidio puede calificarse como un acto voluntario-. El caso es que Maripili era una niña feliz, sin problemas, aquella tarde del mes de marzo, y murió ya huérfana, sin novio, y con algo que le crecería en el vientre. Fue ella misma la que colocó su cabeza en la vía del tren, que estaba muy fría, y le heló entonces, el cuello, y eran ya las 20:49 y era ya de noche, y era ya demasiado tarde para cualquier cosa. Así que, digan lo que digan, lo cierto es que la vida trataba mal a Maripili.

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