martes, 14 de mayo de 2013

Las palabras y el escrutador del secreto. Manuel Lozano

LAS PALABRAS Y EL ESCRUTADOR DEL SECRETO

(NOTA LIMINAR A "LSD")
 
                        ¿Quién podrá invalidar, a esta altura o desaltura de los siglos, aquel viejo principio de que el humor es una de las formas más altas de la inteligencia? Estas palabras del  obispo André Breton, hoy sometido -post mortem- a la miseria del remate familiar de todas sus pertenencias (por lo visto la miserabilidad no es patrimonio exclusivo de los políticos y empresarios de la Argentina), se entronca, entonces, en la mejor tradición de Aristófanes, Voltaire y Swift. 
 
                          Quien "construye" una revista o un boletín, reconstruye varias miradas y modelos del mundo. Esas miradas y modelos son, finalmente o quizá felizmente, palabras. Borges escribió en el prefacio de "El informe de Brodie": "(...) ¿Quién, en 1970, recordará con precisión lo que fueron, a fines del siglo anterior, los arrabales de Palermo o de Lomas? Por increíble que parezca, hay escrupulosos que ejercen la policía de las pequeñas distracciones. Observan, por ejemplo, que Martín Fierro hubiera hablado de una bolsa de huesos, no de un saco de huesos, y reprueban, acaso con injusticia, el pelaje overo rosado de cierto caballo famoso." 
 
                        Por eso elegí, cuando "construía" este LSD de mayo, el camino inverso al de las pequeñas distracciones: vale decir el de la busca de la invención y sus sombras reveladoras. Quiero agradecer, a mi vez, la alta calidad y cantidad de trabajos recibidos (nos resulta verdaderamente imposible poder publicarlos en su totalidad), como así también la generosa invitación de Alejandro Manrique para participar del proyecto.

                         El viejo sabio Huang Ta Chung advertía  a un discípulo que las palabras no son buenas para el sentir de lo secreto. "¿Quien puede ponerle nombre y apellidos al infinito?", se preguntaba. El presente "LSD" prueba que, contrario sensu, el secreto y el infinito admiten espléndidas o pavorosas genealogías de palabras. ¿Y no son Platón y Blake pruebas de ello?  

 
 
Buenos Aires, mayo de 2003
 
 
        Oscar Wilde, eximio maestro y vindicador de la "inutilidad" de las cosas, sigue advirtiéndonos contra la insuficiencia del milagro. ¿Para qué "sirven" estos hechos sobrenaturales si no se está preparado para recibirlos? André Gide rescata la resignificación de estas parábolas del evangelio:
 
 
                "(...) -Cuando Jesús quiso regresar a Nazaret -contaba él-, Nazaret había cambiado tanto que no reconoció su ciudad. La Nazaret que él había vivido estaba llena de lamentos y de lágrimas.; en la de ahora, todo eran carcajadas y cantos. Y Cristo, al entrar en la ciudad, vio a unas esclavas que, cargadas de flores, se apresuraban hacia la escalera de mármol de una casa de mármol blanco. Cristo entró en la casa y, al fondo de una sala de jaspe, recostado sobre un lecho de púrpura, vio a un hombre cuyos cabellos se hallaban entretejidos de rosas rojas y cuyos labios se veían rojos de vino. Cristo se acercó a él, lo tocó en un hombro y le dijo: "¿por qué llevas esta vida?" El hombre se volvió, lo reconoció y contestó: "Yo era leproso; tú me curaste. ¿Por qué tendría que llevar otra vida?"
 
             Cristo salió de aquella casa. Y he aquí que, en la calle, vio a una mujer cuyo rostro y ropajes estaban pintados y cuyos pies calzaban perlas; y tras ella iba un hombre cuya vestimenta era de dos colores y cuyos ojos se cubrían de deseo. Y Cristo se acercó al hombre, le tocó en un hombro y le dijo: "Pero ¿por qué sigues a esta mujer y la miras así?" El hombre se volvió, lo reconoció y le dijo: "Yo era ciego; tú me curaste. ¿Qué otra cosa podría hacer con mi vista?" Y Cristo se acercó a la mujer: "El camino que sigues", le dijo, "es el camino del pecado; ¿por qué seguirlo?" La mujer lo reconoció y, riendo, le dijo: "El camino que sigo es agradable y tú me perdonaste los pecados."
         
            Entonces Cristo sintió su corazón lleno de tristeza y quiso dejar la ciudad. Pero, cuando salía, vio finalmente, junto a los fosos de la ciudad, a un joven que lloraba. Cristo se acercó a él y, tocando los rizos de sus cabellos, le dijo: "Amigo mío, ¿por qué lloras?" El joven alzó los ojos, lo reconoció y respondió: "Yo estaba muerto y tú me resucitaste; ¿qué otra cosa puedo hacer con mi vida?"
 

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