domingo, 12 de mayo de 2013

Pater Eximens.- Francisco Cañabate Reche

FRANCISCO CAÑABATE RECHE

PATER EXIMENS

Y a hacia varias semanas que no entraba en el Púb. Juré no volver más. Entonces, ¿por qué fui?. ¿Fue la casualidad la que orientó mis pasos, uno tras otro, simples, para llegar allí?. ¿Pudo ser la rutina, el azar, la desidia, o el incómodo estrago que producía el silencio dentro de mi cerebro?.¿ Tal vez fue la justicia ciega y desordenada que rige nuestras vidas la que me hizo sentarme ocupando la barra y ordenar mi bebida con solo una mirada de parroquiano viejo y empezar a beber?. Hoy no sabría decirlo. Como otras muchas veces llegué, miré, bebí, y mi único recuerdo, mi única certidumbre es que escuché esta historia de hechizos y de arañas aquella noche densa; que la contó un muchacho, casi un adolescente de ojos enfebrecidos que ocupaba el final de la barra metálica donde nos apoyábamos; que cuando empezó a hablar después de varias copas – aunque no estoy seguro si él las bebió también-, nos dijo que la historia le había ocurrido a él, que aquella era su suerte y también su desgracia, y que tal vez mintió. 


Cuando lo contó todo, no debía estar allí. Ya era de madrugada y él solo era un muchacho. Al comenzar a hablar podía verse en su rostro que ese no era su sitio, que algo se le escapaba, que al final de la noche, un grupo de borrachos como el que le observaba jamás le escucharía. Pero, aunque no comprendo por que sucedió así, nosotros si lo hicimos. ¿Tal vez fue su mirada que obligaba a callar?. ¿Quizá su sencillez, o la manera extraña con la que nos hablaba, despacio, susurrando, con un tono tan tenue que casi hipnotizaba?. El caso es que de pronto un enorme silencio creció a su alrededor y solo quedó él entonando sus frases. Yo las recuerdo bien. Con cuatro pinceladas nos habló de su padre como de alguien lejano a quien él quiso mucho; luego, sin transición, nos dibujó a dos seres, un niño y un adulto, que se habían encontrado después de varios meses y querían ser amigos pese a sus diferencias. Solo hacía algunas horas que habían vuelto del cine cogidos de la mano y ahora los dos sentados, intentaban jugar. Había en aquella sala donde se habían sentado un ambiente de fiesta. El hombre sonreía y sonaban los gritos excitados del niño. Ocupando la mesa en la que se apoyaban había pequeños coches de metal esmaltado. Ordenados y estáticos cumplían el cometido que les otorgó el hombre: hacían feliz al niño. Estaban enfrentados en filas paralelas y el niño los movía. En su imaginación había una gran batalla, una enorme carrera en la que iba a vencer. Lo mismo que hacía siempre cuando jugaba solo. Entonces, de repente, se rompió la burbuja. Algo falló de pronto cuando el padre intervino sin pedirle permiso y movió aquellos coches y tras elegir uno lo llevó hasta la meta y gritó haber ganado y comenzó a reír. 

Sonó la carcajada y algo cambió en el niño. La mirada infantil se dirigió a los labios que ahora estaban abiertos. Escuchó aquella risa. Tembló, miró de nuevo. No hacía más de una hora que habían vuelto del cine y al escuchar la risa el niño recordó. Se vio en la oscuridad, frente a la gran pantalla. Allí escuchó el conjuro que no pudo olvidar. 

Solo hacía algunas horas y en la sala del cine había una gran araña que avanzaba temible. Prolongaba sus pasos lenta, determinada, con ansias de matar a aquel mago infantil. Pero el mago era el héroe y esa es una ventaja que no ha de despreciarse. Miró la enorme araña seguro de sus fuerzas, extendió aquella vara y pronunció con ímpetu el conjuro mortal que hizo inútil el ansia de la bestia asesina. “Araña eximens”, fueron las dos palabras pronunciadas sin prisa. Después la destrucción del animal enorme, mas tarde la victoria. 

Cuando sonó la música que anunciaba el final y se fue el mago-niño, regresaron las luces. Cuando al fin se encendieron, en el mundo de acá, antes de la pantalla, al niño que miraba le quedaba una duda, un reflejo de espanto ante la destrucción. Habitaba en sus ojos el brillo de la magia que acababa de ver. Tan solo fue un segundo, porque al dejar el cine y volver a la calle, se olvidó sin pensar de cuanto había sentido. 


O eso pretendió hacer, pero no lo logró. Por que un poco mas tarde, ya en casa, entre los coches, jugando con su padre le enfureció su risa. Casi sin proponérselo, al desplazar el coche, el padre había ganado. Su mano fue más rápida que la mano del niño que se quedó extendida. Entonces, torpemente, para empeorar las cosas, celebró su victoria con una carcajada que no debió ocurrir. El niño, sin pensarlo imaginó los meses en los que él se había ido y revivió las lágrimas de dolor de su madre. Luego, el odio infantil que lo traspasa todo le hizo querer vengarse y formuló el conjuro. Antes de abrir la boca, apuntó con el dedo de la mano extendida que aun estaba en el aire. Marcó su territorio señalando aquel rostro convulso por la risa y le habló en un susurro. Dijo las dos palabras con total convicción. Supo que vencería. Comprendió su poder. 

Al padre, en ese instante se le heló la sonrisa. Se congeló su rostro y se murió sin más. 

- Fue algo tan espantoso que tardé en entenderlo, pero no fue algo inútil, porque aprendí mi fuerza. Sé que yo lo maté.
Mientras él acababa, allí estábamos todos sorprendidos e insomnes, escuchando en silencio. A pesar de sus ojos, distantes, agotados, preñados de amargura, no queríamos creerlo. Tal vez todo era falso, producto de la insana fantasía de un muchacho. Como hoy, en el recuerdo, cuando revivo aquello, durante esos momentos en que volvió la paz borrando sus palabras lo que habíamos oído nos parecía impensable, una jugada más de la casualidad. Podría conjeturarse que todo fue una farsa, o que yo me lo invento, pero sé que esa noche yo aun no estaba borracho, y que no lo soñé. 

He vuelto muchas veces. He regresado al Púb una noche tras otra. He quemado mi vida y ahora mis juramentos casi no valen nada; pero puedo juraros que acabo de contaros sus palabras exactas. No añadió nada más. Se levantó y se fue.
Y yo diré si cabe que cuando nos dejaba, cerca ya de la puerta, lo vi extender un dedo y señalar con él. Que quiso agregar algo y que entreabrió los labios con el dedo extendido como una admonición sobre nuestras cabezas, pero yo lo impedí. Que salté hacia sus manos y le cogí los brazos para evitar su gesto. También que sentí miedo, y que volví mi rostro siguiendo su mirada y vi que en la pared, desafiando las horas, había una gran araña que avanzaba sin prisa y después se marchó.
 
PS ( Casi dedicatoria): Mi hija mayor, Virginia, adora Harry Potter. Pero además de eso, tengo un hijo pequeño. Se llama Miguel Ángel. Él, tras ver su película en un video doméstico, me contó emocionado que el mago en dos palabras eliminó una araña. Le parecía un hallazgo que podía ser muy útil. Las dos palabras mágicas según cree Miguel Ángel, eran “Araña Eximens” y mi hijo, imperturbable, estuvo repitiéndolas frente a cualquier araña durante muchas horas hasta que comprobó que no servían de nada. Luego, meses más tarde, durante un viaje a Escocia, se me ocurrió esta historia. Me asaltó en el verano de la ciudad de Glasgow, frente a la misma barra en la que JK Rowling- madre soltera en paro en aquellos momentos- escribió Harry Potter. 

( ¿Por qué la pensé allí?. Debe ser algún virus del que no me he curado, o tal vez el ambiente, o el buen whisky de malta que hacen en esas tierras e invita a hablar de magia).

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