1 oct. 2014

Manuel Lozano

PRIMERA VINDICACIÓN DE LA NIÑA NATHALIE CRANE
Por Manuel Lozano



The waste remains, the waste remains and kills.
William Empson, Missing Dates





TRES POEMAS DE NATHALIE CRANE


TRADUCCIÓN DE MANUEL LOZANO


LA NIÑA QUE ENCEGUECIÓ

En plena oscuridad,
¿quién me contesta del color de una rosa,
de los atavíos en el mes de mayo
y todas esas peregrinaciones que realiza?
En plena oscuridad, ¿quién me contestaría -en la oscuridad-
a quién importaría si el olor de las rosas
y las cosas aladas
estuvieran ahí?
En plena oscuridad, ¿quién meditaría
sobre la sugerencia de una línea,
cuando la oscuridad guarda toda belleza,
toda belleza más allá del pensamiento?
¡Oh, ceguera! Las profecías confortables
acompañan nuestros caminos,
hasta que las manos liberadas al fin
dejan caer la nómina de los días.
En plena oscuridad,
¿quién contestaría del color de una rosa?
¿Quién, de los atavíos del mes de mayo?
¿Quién, de todas las peregrinaciones que realiza?
En plena oscuridad, ¿quién contestaría -en la oscuridad-
a quién importaría
si el olor de las rosas y las cosas aladas
estuvieran ahí?





ESTA MUERTE, AUN
Me ha encontrado bajo un sicomoro o un arce, no recuerdo
sino su sombra profunda por la cara.
¿Cómo será de vieja esta costumbre,
con qué cuerpo me inclinaré sobre tu Gólgota?



UN REQUIEM
Tal vez sienta ella aquí
el aliento de los arrodillados,
dispuestos a esperar que todo tiempo pase.
Acaso ella escuche,
sintiendo de cerca a los extraños.
Acaso, Acaso, y si no es aquello,
Acaso.
Tal vez la rosa palpable pueda decirle
sin cuidar sus pétalos, junto a su mejilla,
"Tardía es la hora",
"Reposas demasiado".
Acaso, Acaso, y si no es aquello,
Acaso.
Tal vez los lirios digan a su lado:
"Despierta, de nuevo convertido,
¿No te levantas?
Ellos no están lejos".
Tal vez, tal vez. Deja ahora que sea
Quizás.


MANUEL LOZANO- PRESIDENTE
FUNDACIÓN INTERDISCIPLINARIA DE ESTUDIOS PARA EL DESARROLLO


E-mail: lozanocied@arnet.com.ar


Acaso nunca fue (y es lo más probable, estoy seguro) fotografiada por Cecil Beaton una prematura tarde de otoño en Nueva York, como Mae West o Marilyn Monroe. Quizás, remedando una tradición iniciada con Plotino, no condescendió nunca al hábito vanidoso y paródico de ser reproducida -selfconscius- en más o menos falaces retratos de la noche y del alba. Pero es incontrastable este hecho: Nathalie Crane, hasta estas dramáticas horas de fin de siglo, no gozó de los quince minutos de gloria caritativamente adjudicados por Andy Wharhol a cada ser mortal. Es como si quisiera, íntimamente, hipostasiar ese pobre destino. 1989 fue el año de mi encuentro con Nathalie Crane en una de las bibliotecas de la Universidad de Chile: sólo un nombre y dos fechas, al pasar, como una lápida funeraria, de ésas a las que nos tuvieron acostumbrados los diccionarios y las enciclopedias de la modernidad. Pero debieron pasar tres años para que me encontrase con la luminosa y definitiva escritora. 

A mediados de 1992 fui invitado especialmente por la "Maison International de la Poesie", para participar junto a trescientos cincuenta escritores de todo el mundo de sus conocidas y arduas Bienales de poesía en Liege. No sabía, no podía prever -siquiera vacilantemente- en un nuevo reencuentro con la escritora. La neblinosa ciudad de Simenon me abría las puertas. La prolija ciudad de las horcas (vi una, temerario y asombrado, junto a aparatos de precisión y viejos caleidoscopios en algunos de sus museos), la pequeña ciudad medieval me aguardaba con otros talismanes. Escribo en un texto la palabra "joya" e inevitablemente pienso en el Heliogábalo de Artaud. Los insidiosos y breves poemas de Nathalie, ajenos a cualquier ismo o escuela vanguardista de este siglo, son como esas piedras preciosas en las vestiduras del emperador, nunca concebidas como meros accesorios de la tela o renovados ornamentos que dicta la moda. 

Si, como dice Goethe, "la suprema, la única operación del arte, consiste sólo en dar forma", la forma de la joya (la forma del poema) constituyen en Nathalie Crane un principio de identidad que abre un nuevo orbe, pero que también lo clausura. Nunca creí que la edad fuese para un escritor un valor en sí o un disvalor. Podría sostener esta idea con los ejemplos antagónicos de Rimbaud y Sthendal, con el de Whitman y el de Sylvia Plath. Pero no nos termina de asombrar que Nathalie Crane, una niña de apenas ocho años, colabore regularmente con "The New York Sun"; o asistiendo a los diez años al nacimiento de su primer libro, "The Janitor´s Boy"; o verla publicando sus relatos en las revistas más diversas, durante su permanencia en el Jersey College; o dando a conocer su presagioso "Lava Lane", apenas cumplido los doce; o "El Cuervo que Canta", al año siguiente, junto a "The Sunken Garden"; o la trilogía "Invisible Venus", de 1928. No esbozaré la falaz y para mí siempre repugnante hipótesis del niño prodigio. En todo caso, es su obra la que debe mostrarnos las claves, algún señuelo. Pero ¿por qué el silencio de la niña Nathalie Crane, a partir de 1929? Escribo el sustantivo silencio ya que no he hallado, hasta el momento, obras posteriores a esa fecha. 

El silencio ha sido un tema demasiado caro a la literatura. ¿Y por qué no tener derecho a él, como un acto deliberadamente luminoso? Georges Bataille se permite este análisis: "¿Qué es el silencio? Ante todo, retirarse dentro de sí mismo, la absorción interior. Diríase que la carne entra en un estado de catalepsia, mientras que los nervios (o más bien lo sensible, lo vivo propiamente) revisten la superficie de ese retiro, lo envuelven en una pantalla de espera. El cuerpo paralizado es en ese momento como el crisol del alquimista: puede ser el lugar de la transmutación; puede igualmente no dar más que plomo." No es el caso de Crane la de una eremita buscando la Thebaida en el desierto, luego de sumergirse insaciable por el mundo. Pero lo certero es la honda dramatización producida luego de ese corte abrupto al silencio, en donde no fueron ni siquiera posibles el latido o el murmullo. 

En la literatura argentina hemos tenido dos ejemplos arquetípicos, en momentos disímiles: Enrique Banchs (omitiendo algunos lapsus verbae) y la iridiscente Alejandra Pizarnik. Y luego, esa hermosa línea de Poe, repetida tantas veces por Borges: "Silence, which is the merest word of all". Aventurada a regiones que jamás sospechamos, a zonas que estamos sospechando, la vidente Nathalie Crane me sigue esperando desde su ¿involuntario? eclipse. Es una niña que canta. Es una niña que llora, que advierte. Una arúspice desentrañando poesía de la poesía. ¿Habrá dicho at the just point, a la manera de Keats, "siento crecer las flores sobre mí"? ¿Quién sino ella misma pudo haber escrito a los dieciséis años su autobiografía, que como toda autobiografía tiene el sabor amargo de las despedidas anunciadas, incompletas? El libro se titula "Una Extraña desde el Paraíso".