domingo, 5 de mayo de 2013

19.- Viejos Sones, Fernando Rebollo (76)

Hola viajero del ciberespacio, esta es nuestra sección para que conozcas un poco más la comarca del Andévalo de Huelva, para que te adentres en una tierra solidaria y en crisis, para que conozcas a estas buenas gentes, a los andevaleños del ayer, del hoy y del mañana, a los de la diáspora. Gracias por visitarnos. Esperamos tus comentarios, tus críticas y sugerencias. Cada semana un relato nuevo para que nos vayas conociendo, para que te vayas adentrando en la memoria colectiva de esta tierra.

VIEJOS SONES
Quisiéramos darte la bienvenida viajero con un fandango de nuestra tierra:
"Aquellos toques de tambor
que escuchaba de niño a mi padre
ahora los toco y los siento
y me calientan la sangre
ahora que mi padre es viento."

El tambor y la flauta que tantas veces ha sonado en las fiestas y romerías del Andévalo, "el Pollo" natural de Cartaya que una madrugada nos dejó descansando una fiesta, aguardiente y caballos en la calle todavía continuaban. Su padre el "Gallo", un tamborilero de solera, ganador de algunos premios en Madrid.

Viejas flautas y tambores suenan y rompen el silencio mañanero por las calles empedradas mientras niños y mayores lo siguen y otros se asoman a la ventana en lo que se denomina "toques de Diana".
El pollo avanza ahora y se para cerca de una puerta amiga y toca unas sevillanas de los hermanos Toronjo, "flores, flores a ella" nos dice la flauta mientras el tambor suena y los del corro permanecen expectantes. Geranios en algún balcón, algunas macetas de "pilistras" en los pasillos de alguna casa abierta, una bella muchacha con un clavel en el pelo recién bañada y perfumada que tal vez encontrará en esta ocasión amor eterno "ay amor mi cama es ancha" le diría yo. Me he convertido por momentos en un cohetero y rompo el silencio con pólvora, con más y mas pólvora para que más y mas muchachas como estas se asomen a esta procesión mañanera de toques antiguos. Sé que en algún tramo de esta calle o tal vez en la siguiente unos ojos me obligarán a parar, tal vez asomada en la baranda, tal vez tras las rejas de una ventana una linda morena o tal vez rubia (suelen ser menos frecuentes) obligue al jilguero a posarse en el limonero y cantar desde allí todo su repertorio. "Ven amor, te llevaré conmigo" parece decirle.

Entrego los bártulos de la cohetería (una tabla con dos cáncamos, los cohetes los lleva un niño) a algún aficionado a la pólvora y entablo diatriba amorosa con esta mi nueva dueña, mientras alguna vecina alcahueta toma nota de los rasgos de este forastero.  El pollo sigue avanzando con la comitiva con su alegre toque, yo me quedo, nada mejor para el amor, que este sonido de fondo. Nos veremos luego en los demás actos de la fiesta y tal vez para siempre nuestra vida será un acto, un sublime acto de amor.

Sultanas de coco, toma niña para ti, tomamos, mientras ella me cuenta las peculiares características de la fiesta, mientras se emociona a la salida de la virgen de su ermita, mientras contempla como una vecina llora la muerte de su hijo junto al altar, mientras ve como bailan la antiquísima danza de las espadas junto a la virgen. Sentados en una silla de nea, en un patio, meses mas tarde una muchacha y un muchacho hablan de sus cosas, proyectos e incertidumbres, nuevos y viejos caminos.

La caravana del tiempo no se detiene y años mas tarde le nacerán retoños en Sevilla primero, luego en Madrid, que por Navidad vendrán a ser acogidos en los brazos de una cariñosa anciana que los llenará de atenciones, "Mis niños, mis niños", aquel viejo campesino echará una lagrimita de emoción casi a escondidas (los hombres no lloran). Estos niños siguen en la distancia siendo del Sur, de un Sur donde siempre encontraron el calor humano, ese calor del que tu amigo Miguel nos hablas.

Revista n 2, año 2 Diciembre 2000

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