miércoles, 29 de mayo de 2013

Vieja nueva estampa. Mayte Ruíz Ceballos


Ahí está. La cabeza sobre el pliegue de la falda; testigo de mis idas y venidas. Siempre en el mismo ángulo como una bola, acurrucada. No conoce las noches ni los días, los meses, las semanas: Se detiene el tiempo y le arrastra la vida. Tez morena, nariz afilada, ojos verdes como el oro de mi tierra. A penas puedo contemplar su rostro cuando de nuevo baja su mirada. Allí ha encontrado refugio en lo más íntimo de su falda. Algún día tengo que tocar ese tejido confidente y compañero, aliado del pasado enmarañado de recuerdos. Con qué rapidez pasa el tiempo cuando mira atrás y pone nombre a esas caras tan queridas y entrañables. Parece como si fuera ayer, incluso, ahora mismo. Levanta su mano para acariciarlas. La realidad le devuelve a la conocida estampa. Atrás quedaron sudores, amarguras, sueños y desencantos. Su tierra, su gente y su pasado de añoranzas. Es entonces cuando contemplo su mirada. El brillo en sus ojos, algún secreto de ayer con el que jugaba y soñaba. Y la ilusión le devuelve la vida arrastrada. Qué suerte la mía. Aprovecho el minuto fugaz que me regala. Y me pregunto por qué llegó a adueñarse del ángulo que no conoce de días, meses y semanas. No se sabe. Una de esas historias que abundan en la nada de una tierra rica y tan tristemente explotada. Sacó su pequeño hato y emprendió el vuelo, como tantos otros, sin rumbo, ni horizontes ni dinero. Qué tristeza levantarse cada día sin las caras de la gente amada; sin el blanco de las paredes encaladas; sin el calor que a su piel alimentaba. Y se detiene: tanto esfuerzo y sacrificio sin recompensa pagada. María baja su mirada.

Toca tierra y mira a los que pasan. Todos corren y con prisas bajan. El rutinario trasiego de la vida misma al pie de su falda. Cuántos pasos ha contado desde su rincón acurrucada. Pasos que marcan la soledad de su mirada. Rostros desconocidos que la interpelan desde el anonimato. Y no se cansa. Es el vaivén de las olas de su tierra. En la arena van quedando esas pisadas marcadas. El mar las arrastra, las borra sin piedad. Pero ahí quedan, en lo profundo de su alma. No sabe quién es el que pasa. Se turnan. Un niño,un joven, una anciana. Es lo mismo. El que trabaja, la que estudia o el que canta. Todos bajan y descienden a lo profundo de la mísera entraña. Allí se encuentran con las prisas, el agobio y las tardanzas. Nadie habla y se cruzan las miradas. Es el mundo de abajo. Otro mundo, otra estampa. Y una imagen solidaria. Todos esperando, en la misma barca. Puertos buscados o encontrados, alguna vez deseados. Ella mientras tanto, sigue arriba como una bola, ajena a lo que pasa. No conoce el trasiego allá donde ya no llega su mirada. No sabe lo que por allá abajo pasa. Se ha extendido una línea entre dos mundos. Son dos abismos diferentes el de arriba y el de abajo. Una línea que marca y que se pacta. Nada es gratis. Ella también paga: en su mundo no hay agobio ni trasiego ni tardanza. Su vida resulta de un estar ahí acurrucada. Una y otra vez cuenta. Cuántos pasos, cuántas miradas. Cuántas historias y todas calladas. Un suspiro, toma aire, ahí está: una sonrisa amable y cercana. Y el deseo de que vuelva mañana. María baja de nuevo su mirada.

Y mi testigo calla. Y calla cuando observa a los que surgen de la entraña. Y de nuevo la estampa. Rostros y pasos y huellas y miradas. Todos suben sacudiéndose el lastre de la nada. Abajo quedan el agobio, las prisas y la barca. Aromas inconfundibles que dejan su huella cansada. La vida misma al pie de su falda. La lucha continua por encima de la ralla. No hay línea en tierra llana. Se sabe alma gemela, los mismos deseos, las mismas esperanzas y el paso del tiempo que borra y no perdona. Qué diferente se contempla todo desde arriba, a pesar de estar en un rincón parada. La tierra, el sol, los árboles, la casa encalada que en su imaginación se estampa. Y sin prisas. Ella no sabe lo que es el tiempo, se ha parado su reloj y su vida transcurre marcada por el trasiego de los que suben y bajan. Un lugar privilegiado desde el que contempla el vaivén de las olas. Se aproxima a la orilla y a las huellas de sus propias pisadas. Sabe que esa estación no es nueva. La eligió desde su llegada. Allí se atrincheró con la esperanza puesta en su mañana. Con la mirada de ilusión de quien se levanta y comienza, una senda, un camino, una etapa. No pretende cambiar de vía. Allí arriba. Un lugar céntrico. Su falda vuela con la brisa que mece suavemente su orilla. Hace frío. Al menos lo siente. Las estaciones también vuelan. Y sus huesos se resienten. Pronto empezará el invierno. Los cartones, las castañas, las bufandas y el abrigo. María suspira. Está en el centro. Una ciudad inmensa e infinita. Su historia, su presente y lo que queda por vivir corre la misma suerte que el lugar que la acogió y la mimó durante tantos años. Por hoy lo deja. Mañana estará de nuevo ahí atrincherada en el rincón de Sevilla. María levanta la cabeza y busca con su mirada un apoyo, una mano amiga. Se descubre de nuevo sola. El nombre de la estación la acompaña. Y guarda en su memoria la estampa: el metro de Madrid. Regresa a casa, las luces de la ciudad la orientan. María levanta su mirada

LO MÁS VISTO