lunes, 3 de junio de 2013

Abiertos hasta el amanecer. Felipe Gámez M.

06/06/2005


Para ellos la medicina está en el fondo y en la forma de sus vidas. Ella ejerce en El Clínico y él en Carlos de Haya. Coinciden en un piso estupendo próximo a la zona universitaria. Estuve en su boda porque me invitó un amigo íntimo que también lo es suyo. Desde entonces compartimos la mesa y el mantel de una amistad plena de inquietudes. No hace mucho, en un fin de semana, él me llamó. Ella cumplía una guardia, estaba solo en casa y tenía ganas de charla (cuando tiene ganas de marcha llama al otro, y hace bien). Comimos juntos. Además de el mejor médico es buen cocinero y lo pasamos bien repasando, como gente corriente que somos, la psicopatología de la vida cotidiana. Hacia el atardecer empezó a abrirse. Intuía que me había llamado por algo y mantuve la oreja disponible.


-- Fue al principio del otoño pasado, -- dijo mientras nos regalábamos el paladar con un brandy exquisito -- Una noche tras el amor sentí que aquello terminaba y llevado por un pánico total se lo dije. Ella guardó silencio pero yo sabía que aquello le estallaría por dentro. Cuando desperté al sábado siguiente se había ido y me pasé el día tratando de conectar con su móvil. No lo cogió. Sentí tal dolor que me puse a pensar, como un loco, dónde podía estar. De repente una luz alumbró mi mente, cogí el coche y fui a un hotel de la costa que para nosotros tiene un valor sentimental añadido. ¡Estaba allí! Esperándome y diciéndose a sí misma que si no era capaz de acertar, mi corazón estaba perdido de veras.--


Tras esa frase hizo un silencio largo, que temí anunciara su arrepentimiento en cuanto a la confidencia. Pero continuó:


-- Desde entonces estamos atrapados en una dinámica terrible. Cuando le parece se va y yo, guiando por la intuición, doy con su paradero. Hasta ahora lo conseguí pero cada vez me lo pone más difícil y sé que tan sólo es cuestión de tiempo. Un día u otro erraré y es probable que ella piense: “se acabó”. –


-- ¿Y será así? -- Pregunté.


-- ¡Claro que no! -- estalló él -- Lo de aquella noche fue una boutade, una estupidez; los nervios. ¡No sé qué fue! –

-- Se lo habrás dicho -- dije yo.


-- ¡Por su puesto! Se lo dije, pero calló. El juego de las malditas desapariciones continúa. En el fondo es todo tan excitante. ¡Me asusta y me chifla! Llena el amor de un peligro tan real que lo pone a salvo de la rutina...--

Ambos son científicos y para ellos el sentimiento cuelga de un delicado equilibrio bioquímico. ¿Te querré igual cuando mis niveles de neurotransmisores se alteren? Conocen que la fisiología está en la base de los comportamientos humanos complejos, aunque nada explique cómo procesa el cerebro las sendas del corazón. Entre el conocimiento y la magia prefieren lo primero, aunque a veces la luz de la razón resulte mortal. La quiero, decía esa tarde, pero el miedo crece y la duda ha pasado de mi pensamiento al suyo.


Pasó el otoño, el invierno, y perdimos el contacto. Pensé que aquello no tenía buen pronóstico y terminaría de modo imprevisto, como así fue. Me lo contó después de encontrarnos a la salida de ver la última de Star Wars. Nos fuimos a tomar unos vinos y como siempre, aunque quería contarlo, empezó a divagar. Por fin, hacia el atardecer dijo:



-- No sé si fallé porque me cansé o porque aquello no tenía sentido o porque, finalmente me daba igual lo que hiciera. La última vez desapareció y me dejó la mente en blanco. No la llamé ni corrí en su búsqueda. Por dentro sentía un dolor sordo pero decidí afrontarlo. Pasé el sábado leyendo, durmiendo, paseando. El domingo la casa estaba más sola que nunca y yo más triste que nadie. Leí algún poema de tu última hornada y sentí una cierta calma. Atardeciendo escuché una puerta que se abría, era la del dormitorio para invitados y ella apareció con el pijama puesto. Esa vez no se había ido a ningún sitio. Nos miramos y ella dijo. “Me quedé porque te quiero y te perdono”.

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