martes, 4 de junio de 2013

Cuchillos sin filo y grifos sin agua. Carlos Samaniego Villasante (pág. 118- El Tranco I)

 

Vivimos rodeados de objetos “inútiles” y de servicios que no funcionan bien. Cuando nos reunimos algunos amigos en el restaurante del barrio para pasar una velada agradable, las cosas con frecuencia se nos ponen difíciles por el humo, el bullicio de la gente, los camareros corriendo, y algunos niños jugando al escondite entre las mesas. Al cabo de un rato terminamos gritándonos unos a otros para hablar, porque las mesas están tan cerca unas de otras, que nos enteramos de la conversación de los vecinos pero no escuchamos bien al que tenemos enfrente. Es en ese momento cuando uno se da cuenta de lo bien que podríamos estar en la cocina de casa, preparando unos Huevos Fritos con Patatas, ante una botella recién descorchada de tinto de la Ribera.



Si en el postre intentas cortar la naranja con el cuchillo de postre que te han puesto, descubres que es imposible porque carece de filo. Por tanto, tienes que pelarla a mano, mientras contemplas incrédulo el cuchillo una y otra vez -obra maestra del diseño industrial de nuestros días-, y te surgen algunos interrogantes. ¿Para que se fabricarán cuchillos como este, que no sirven para nada? ¿Han intentado ustedes cortar un trozo de melón o de sandía con esos utensilios alguna vez? ¿Recuerdan como acabaron?: en el lavabo y con la ropa sucia. Entonces ¿Quién los encarga y para que? ¿Qué empresas los fabrican? ¿Qué ingenieros los diseñan?



Y es que hay dispositivos que usamos a diario, que se supone que están ahí para hacernos la vida fácil y agradable, pero que ni funcionan ni cumplen el cometido para el cual se crearon, complicándonos la vida, porque pagamos por ellos un servicio que no recibimos, lo que a fin de cuentas constituye un fraude. Pero estos problemas no suceden únicamente en los restaurantes, acaecen también en otros muchos momentos y lugares, pero como estamos habituados a recibir constantemente servicios deficientes, apenas si nos damos cuenta.



Para salir de esta espiral de chapuzas e insensibilidad, necesitamos ir incorporando una nueva conciencia ciudadana, una nueva manera de ver las cosas, para mejorar las actuales. Viajar a otras regiones y países con culturas diferentes a la nuestra, donde hacen las cosas de otra manera, es una buena solución. Otra es prestar más atención a las actividades cotidianas que realizamos diariamente, sin darnos cuenta plenamente de lo que sucede. Pues bien, en esta segunda opción, voy a dar algunas pistas para que capten con mas detalle lo que quiero decirles.



En las zapaterías mientras esperas a que el dependiente te traiga, desde el almacén, los diversos modelos de zapatos, no te ponen ninguna alfombra donde apoyar los pies cuando te quitas tus zapatos, por lo que debes hacerlo directamente sobre el suelo que está frío y sucio. A los de la zapatería eso no les importa nada. Te ofrecen, eso sí, un comodísimo asiento de diseño y una excelente música ambiental, pero cuando sales tienes los pies helados. ¿Es eso un buen servicio al cliente?



En los probadores de las tiendas de ropa, no siempre hay una alfombra, o moqueta, donde apoyar los pies cuando té descalzas, y escasas veces dispondrás de un pequeño asiento para sentarte con comodidad, mientras te desvistes y vuelves a vestirte. En esos probadores se está incómodo, se pasa frío, y a veces hay que tirar las prendas al suelo, cuando el único colgador disponible lo llenas enseguida de ropa.



En las gasolineras de carretera, si tienes que lavarte las manos después de repostar combustible, es común que te encuentres ante un flamante lavabo, pero con la jabonera vacía. En el momento de pulsar el grifo te enfrentas a misterios insondables, pues puede pasar de todo; desde que no salga agua, a que salga tanta y tan deprisa que el chorro te salpique de arriba abajo. Otras veces, debes pulsar cada pocos segundos, porque el caudal se corta sin darte tiempo a nada, ya que el dueño ha implantado un estricto programa de ahorro de agua, con el que no contabas, y no hay manera de desenjabonarse si no pides socorro a alguien para que te apriete el grifo constantemente mientras tu terminas de lavarte.



Si uno ha superado con éxito todas estas etapas, y finalmente consigue lavarse las manos, ahora surge otra dificultad no menos peliaguda: la de secarse, porque entra en escena el invento más higiénico de los últimos años: ¡el secador de aire caliente! Ya no hay toallas, ni siquiera de papel, ahora tienes que acercar las manos a la boca de un tubo para que se active automáticamente el motor, o bien tienes que apretar un pulsador con las manos húmedas (para comprobar con alivio que esta vez no acabas electrocutado). Pero si no hay pulsador la cosa se complica, porque una vez en marcha ya no puedes retirar las manos de la tobera de aire, porque se apaga al instante, como el grifo del dueño ahorrador. Por eso yo recomiendo no perder tiempo y “colgarse” del tubo de escape aunque te abrases, o mover brazos y manos a toda velocidad para despistar al sensor. Así, tras un buen rato de gimnasia, consigues secarte mezclando aire frió y caliente, y de paso haces ejercicios aeróbicos. Claro que si es invierno y está lloviendo, maldita la gracia que te hace descubrir que se ha roto el calentador y que el aire sale completamente helado. Desesperado entras en el water de Señoras buscando papel higiénico para secarte, pero compruebas que no hay. Sabes que ya no te quedan salidas, descartas ir a preguntarle al Encargado, pues te responderá que la gente se lleva el papel higiénico, y que esta misma mañana puso él último rollo que le quedaba. Por eso caes en la cuenta de que “un poco de aire fresquito sienta muy bien, pues despeja y aclara las ideas”, y si en ese momento alguien te recuerda la Teoría de la Disonancia Cognitiva de Festinger, tu alegas ignorancia.



Un truco muy eficaz, es llevar siempre una toalla limpia en el maletero del coche, que puedes usar para secarte las manos en cualquier coyuntura fortuita, o llevarla contigo bajo el brazo cuando vas a comprarte unos zapatos.



Pero sii en algún momento tienes una urgencia intestinal imprevista y has de usar el water que tengas más a mano de un establecimiento público, debes actuar en todo momento con mucha sangre fría, porque ahora si tienes un verdadero problema. En primer lugar, para localizar el interruptor de la luz, puedes emplear varios minutos, dando vueltas y vueltas por fuera y por dentro, sin localizarlo, y, a veces, tienes que reconocer tu fracaso y pedir ayuda e indicaciones técnicas al personal de la casa. Otras veces, la puerta está cerrada, y has de acercarte de nuevo a la barra, para que el camarero (con cierta reticencia) te de una llave con la que, por fin, conseguirás abrir. Una vez dentro, siempre hay sorpresas, ya que la distribución del mobiliario sanitario no siempre es el punto fuerte de estos lugares, ni tampoco su tamaño, lo que te obligará a efectuar algunas contorsiones peligrosas para llegar a tu destino, con riesgo de golpearte en alguna esquina.



A veces no hay espacio material para quitarse la chaqueta, y no digamos el abrigo. Pero un atajo que algunas veces da buenos resultados (dependiendo de la solidez de los materiales), es quitarse estas prendas de pie, sobre el inodoro. Pero entonces, aparecen nuevos problemas imprevistos. ¿Dónde cuelgo ahora el abrigo y la chaqueta? Porque si alguna vez hubo algún colgador, ahora ya no está. Inicias una búsqueda frenética de salientes, ante la alternativa de tener que tirar estas prendas al suelo. Pero de repente, y con alegría, descubres que la palanca de la cadena puede ser la solución y hacía allí te encaramas gozoso con tu chaqueta. Pero atención, la innovación tecnológica ha suprimido las tradicionales cadenas “de las que se tira”, por discretos pulsadores (que casi siempre funcionan peor). Si tienes la mala suerte de estar ante uno de estos modernos dispositivos, no te alarmes. Haz un paquete con el abrigo y la chaqueta. Apriétalo fuertemente con la corbata y el cinturón, y te lo pones en la cabeza, permaneciendo todo lo inmóvil que puedas, para no perder el equilibrio.



Luego ya con mas calma en la mesa del restaurante, podrás usar de nuevo el cuchillo del postre como espejo de mano, para peinarte un poco, porque en el servicio de Caballeros normalmente no hay espejos. Y bueno, el cuchillo cortar, lo que se dice cortar, no corta nada, pero puede servirte de espejo y para otras emergencias desconocidas.



Cuando salimos con nuestros amigos a celebrar cualquier acontecimiento, o vamos de compras, pagamos sin protestar el dinero que nos piden, pero a cambio debemos recibir, como mínimo, un servicio básico. Que las sillas sean cómodas, que los cuchillos corten, que los grifos tengan agua, que te puedas secar las manos, y que se pueda mantener una conversación sin tener que gritar ¿Es esto mucho pedir? ¿Es esto un lujo caro elitista? Y es que si se puede comer satisfactoriamente por 3000 pesetas, en un restaurante medio, ¿por qué cuando celebramos un acontecimiento en grupo tenemos que pagar mas del doble para recibir el mismo servicio, cuando la empresa consigue más beneficios con un grupo que con un individuo? La respuesta a esto y a otros ejemplos similares, es que necesitamos nuevas organizaciones que respondan mejor a nuestras necesidades vitales, tanto en la actividad profesional y en los negocios, como en nuestra vida social y cultural.



Yo me conformaría, para empezar, con que nos enteráramos un poco más de lo que pasa a nuestro alrededor. Que nos diéramos cuenta de todos los cuchillos de postre que no cortan, y que usamos a diario como si sirvieran para algo. No pido que, desde mañana, exijamos el Libro de Reclamaciones por cualquier cosa que nos pase, porque todos los problemas no se resuelven protestando por un mal servicio puntual (¿o sí?). Pero en todo caso, deberíamos empezar a pensar en un plan de choque para cambiar este estado de cosas, ¿Usted en concreto que haría con los cuchillos de postre sin filo?



APARTADO V: Miscelánea

Carlos Samaniego Villasante: Cuchillos sin filo y grifos sin agua  pág. 118

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