martes, 18 de junio de 2013

El lastimero canto del gallo en mi aldea no global. Josefina Escobar Niebla


El lastimero canto del gallo en mi aldea no global


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        Cuando yo era pequeña, tuve compañeras de colegio que vivían internas, ya que sus padres (papá y mamá), habían emigrado a Alemania, a trabajar…aquellas niñas eran unas privilegiadas a ojos del resto de las compañeras, ya que solían tener la caja de veinticuatro rotuladores carioca, y minifaldas un poco más mini de la cuenta, además de que todas las tardes merendaban pan con chocolate, que conseguían tras una larga cola, que hacían a la salida de clase, justo cuando las otras niñas, externas, se marchaban a sus casas.
No era una época mejor, ni peor…solo distinta; ahora se repiten patrones tan comprometidos y difíciles como la emigración.
Aquella emigración, se dibujaba en un tren abarrotado de familias cuyo único equipaje era una maleta de cuadros roída y un bocadillo de chorizo envuelto en un papel del periódico “El Caso”; de esa guisa llegaban a Alemania, gentes cuya única vida había sido el campo, los olivos, el jornal, y unos marranos.
Han pasado muchos años, desde aquella emigración que azotó buena parte del mundo rural español, ahora corren vientos muy distintos, en las últimas décadas nos volvimos engreídos, políglotas, cosmopolitas, inquietos, apátridas en nuestra tierra madre y ciudadanos de un pueblo nuevo, grande, muy  grande, que llaman “aldea global”,  ahora hacemos Máster, vamos de Erasmus, aprendemos inglés, chino, alemán…,comemos pizza, comida turca, celebramos Halloween, y estudiamos carreras del plan Bolonia, ya no somos de aquí o de allá, somos de allá y de aquí…vamos, que no nos sentimos de ningún sitio, pero somos un poco de todos los lugares.
Ser de este pueblo tan grande, pintoresco y variopinto, llamado “aldea global” puede llegar a ser muy importante, y por ello nos hemos esforzado sobremanera para que nuestros hijos, e incluso nosotros mismos, chapurreemos algo de ese inglés, poco de ese chino, y menos del susodicho alemán …, nos hemos devanado los sesos interactuando en las redes sociales y mundiales de todo el mundo mundial, hemos enviado a nuestros hijos a universidades extranjeras, de colonias de verano a sitios muy recónditos de Gran Bretaña, o de intercambio a pueblos perdidos en el norte más frio y más insólito de sitios como  Canadá….pero quizás nos hemos olvidado de algunas cosas relevantes, de algunos detalles simples, pero no por ello insoslayables, nos hemos olvidado que el sol sigue saliendo cada mañana en la ladera de nuestro pueblo, de toda la vida (si, ese cuyo nombre suena a castizo, a antiguo, pero que vio nacer a toda nuestra estirpe de antecesores), que el gallo canta al  amanecer su acostumbrado  canto, bien es cierto, que  ahora su canto  suena  lastimero y perdido, pero es  canto, al fin y al cabo, que cada mañana en ese apartado pueblo, se sigue cociendo pan recién hecho, que sabe a gloria, que cada noche las calles de ese pueblo son iluminadas con nuestra luna de toda la vida.



       No quiero pecar de nostálgica, pero sí de vocinglera, y dar un grito en imperativo puro y duro, diciendo:¡¡¡ Basta!!!, ya es suficiente, paremos un segundo, miremos a nuestro alrededor, todo, todo lo que vemos, sigue siendo nuestro, sigue mereciendo la pena, sigue necesitándonos, aquí hay agua, hay ríos, hay mares, hay mucho, mucho sol, hay tierra, tierra roja, tierra sana, hay lluvia, hay montañas, hay praderas, hay lagunas, hay pantanos, hay flores, hay gente, hay pueblos, hay aldeas, hay escuelas, hay bibliotecas, hay hospitales, hay riqueza…si, riqueza, hay intelecto, hay cultura, hay imaginación, hay creación, hay poesía, hay música,¡¡¡ Hay de todo…por dios!!!...entonces… ¿por qué no me apeo en esta parada?, ¿por qué no me quedo en esta aldea, en este pueblo, en esta ciudad?
Josefina Escobar Niebla


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