sábado, 8 de junio de 2013

El monasterio de los meteoros. Joaquín Escobar Niebla

 

Tras la muerte de mi mejor amigo, recibí, dos días después del funeral, por correo certificado, un sobre lacrado enviado por él. Dentro, en un folio, sólo encontré el desarrollo de una partida de ajedrez. Conociendo sus gustos esotéricos y singulares sería, tal y como después confirmé, una clave.

Los movimientos, errantes y sin sentido aparente, pertenecían a la dama blanca en un viaje en solitario por las cuadrículas del tablero. Cada lance - lo deduje tras horas de barajar posibilidades- era simplemente una letra, y el regreso de la dama a su casilla de salida, un espacio en blanco entre las palabras.

El proceso de decodificación lo basé, evidentemente, en la repetición de determinados movimientos. Los más frecuentes eran vocales. Fue sencillo aislar los artículos y las preposiciones, no tanto los sustantivos.

El mensaje en clave decía lo siguiente:



TESALIA- GRECIA

Monasterio de los Meteoros

Treinta y uno de diciembre del 2.001

16,00 horas



Sólo quedaban tres días escasos para esa fecha. Decidí ir, no sin ciertas reservas.

El viaje por barco no disipó, en absoluto, mis dudas.

Del Hotel evitaré los comentarios.

Recordé aquella conversación que sostuve con mi amigo sobre el nexo de unión entre dos mundos que, según él, existía en determinadas coordenadas del espacio-tiempo.

Según su teoría algunos eruditos desentrañaron este secreto que mantenían en la más absoluta confidencialidad. Éstos se comunicaban siempre por claves que variaban militarmente cada luna llena.

También me comentó paradojas matemáticas sobre la cinta de Moebius, con su única cara; extraños soliloquios sobre los verdaderos constructores de la Tumba de Abusir, arquetipos mencionados por Mircea Eliade y, quizás, suscitados por Borges; el origen de los oráculos sibilinos; la persistente simbología de las creencias mesopotámicas; las inquietantes relaciones entre la Teoría del Caos moderna y los manuscritos hallados al norte de Siam, cerca del monte Zinnalo, aún sin traducir.

Todo ello hábilmente tergiversado y mezclado por una mente enferma sólo conducía a una conclusión todavía más pavorosa, y cito sus palabras de memoria, casi de forma rigurosa:



" El mundo real es sólo la máscara de un mundo más fértil que, invisible e imponderable, nos invade y nos circunda. La Física Cuántica apenas rodea el perímetro de esta gran pirámide infinita. Algunos pueblos primitivos, por medio de la intuición, vislumbraron parte del enigma pero se difuminaron en el olvido de los siglos."



Aquella conversación evocada me hizo consultar el calendario de la agenda y confirmé, no sin asombro, que en la noche designada imperaría la luna llena.

Contribuiría, yendo a esa cita, a su locura póstuma.



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El Monasterio de los Meteoros, iluminado por una débil farola amarillenta, se desdibujaba al final de un camino pedregoso. El sonido de las cigarras, monótono y delirante, ensombrecía aún más mi ánimo mientras caminaba. Cuanto más me acercaba al portón de entrada más serias dudas me acorralaban.

Cuando me quedaban apenas unos cien metros para llegar me detuve en seco y, escondido tras unos arbustos, vigilé  los alrededores. Aunque soy fumador no quise encender ningún cigarrillo. Ignoro el tiempo exacto que permanecí allí agazapado  pensando en mil extrañas apariciones hasta que el chasquido de una rama o más bien el revolotear de un pájaro me hizo retornar a la realidad.

De casi la nada surgió un hombre de mediana edad y aspecto indefinido con un sobre en la mano, apoyó su mano en su frente y oteó un rato en mi dirección sin, aparentemente, ver nada.

Pasaron unos minutos de tensión y el hombre consultó su reloj, oteó de nuevo, y dejó el sobre apoyado sutilmente sobre la puerta del Monasterio, acto seguido se esfumó con la misma presteza con la que había llegado.

Escuché de nuevo aquel sonido sordo como  un chasquido que supuse era de  alguna bicicleta.

Tardé cerca de media hora en reaccionar y darme cuenta que me encontraba sólo en aquel descampado con aquel sobre a cien metros y nadie más en diez kilómetros a la redonda.

Así que opté por cumplir aquella misión que ninguna persona en su sano juicio realizaría a no ser que, como yo, hubiesen conocido y tratado a aquel hombre, ya desaparecido, del que guardo un grato recuerdo.

Como supuse el contenido del sobre era un conjunto de signos cabalísticos que difícilmente podría descifrar.

Aquella noche apenas pude dormir y tan sólo quedé atrapado en una pesadilla reiterativa:



"Me vi en el centro de un descampado blanquecino rodeado de plomizas nubes grises, allí, justo delante de mí, el hombre de aspecto indefinido me entregaba un sobre. Su rostro hasta entonces encubierto por el contraluz, cobró las facciones de mi amigo muerto días antes. Pero no me habló. Sólo mantenía en el aire, con crispación, aquel maldito sobre. Quería, en sueños, escapar de aquel lugar insalubre, pero estaba paralizado"



Entonces pensé, ya casi despierto, que quizá perdí la razón y, sólo dormido, mi subconsciente, perplejo, podía razonar con claridad. Sentí la sensación, tan intensa y tangible como era posible sentirla en ese estado de somnolencia, que había estado en ese lugar del espacio donde se confunden los mundos reales y los intuidos. Y, aunque el sueño se disipaba, persistía esa luz que me escocía dentro de la cabeza como un relámpago persistente, como un enjambre de insectos carnívoros…



JOAQUIN ESCOBAR NIEBLA


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