martes, 4 de junio de 2013

El sonido interior. Francisco Cañabate Reche



(I)


Hay un mundo invisible, profundo, indefinido, autónomo y extraño del que desconocemos casi todas las cosas.
De eso no tengo duda, existe, está en nosotros.
Yo, que me considero solo un ser anodino, uso mis propios ritos para abrir esa puerta, y cruzarla, y vivirlo.
Pero voy a explicarme.
El asunto es sencillo:
Paso las horas muertas escuchando mis vísceras.
En cuanto llego a casa y me desnudo y grito, y mientras aún se expanden las palabras que digo, me tumbo boca arriba y extendido en mi cama, inerte, casi ido, como un muñeco roto al que olvidaron todos después de la batalla, escudriño la vida. Escucho mis latidos sonar desencajados y me demoro en ellos, su ritmo me acompaña, su vibración me acuna, y en ese duermevela que entonces me domina, refugiado en mi mismo, disfruto como un niño. Noto sonidos netos de una selva diáfana: los rugidos atroces que estallan en mi vientre, la lucha de volúmenes, las vísceras opuestas que chocan y se inflaman; la batalla está ahí dentro: distensiones, espasmos, rayos, hasta tormentas.
Presiento que palpitan enormes avenidas, carreteras extensas que hay en mi propio cuerpo.
En esas dimensiones hay sangre, hay muerte, hay vida.
A veces tengo miedo por todo lo que ignoro y sé que ocurre dentro, otras me puede el vértigo. Reflexiono, imagino y encuentro divertido y aterrador, y grato sentir los intestinos horadar mis entrañas desplazándose móviles, lo mismo que serpientes que reptan al unísono, o escuchar esos gases que pasan y se alejan, silbantes y atrevidos, o darles forma a arterias retractiles y huecas por las que fluye el magma que soporta mi vida, o medir los crujidos con que mis viejos huesos se quejan de su suerte cada vez que me muevo, su chirrido mecánico, su quebrada agonía que anticipa la mía.
Una tarde tras otra profundizo. Adivino.
Me noto respirar. El aire entra, se marcha, suena en los alvéolos avivando fogones y allí dentro, debajo, sigue el latir continuo con que late la bomba que ruge sincopada.
Tic tac, sigue adelante, vital, pulsátil, nueva, la que nunca me falla.
Hasta ahora.
Se ha parado.




(II)


Después, pese al silencio y pese al abandono, hay un instante lúcido, un destello, una isla, una última morada.
Y se me ocurre entonces, mientras todo se apaga y se me nubla el cielo porque muero despacio, que no he debido hacerlo.
Que tal vez crucé el límite y al romper el enigma del sonido profundo y escudriñar la vida buceando en sus entrañas para encontrar sus claves cometí un error grave.
De pronto me doy cuenta de lo que estoy haciendo.
¿Pretendo arrepentirme?
Aunque no queda tiempo para sentir más nada, dudo, me siento absurdo.
Entonces, sabiamente, hay un gran estallido que me lleva hacia dentro.
Vuelvo a escuchar las notas que ofrecían mis entrañas.
Regreso al infinito.
Al sonido interior.


APARTADO III: NARRATIVA
EL SONIDO INTERIOR

Autor: Francisco Cañabate Reche


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