martes, 4 de junio de 2013

Los toros. Una fiesta del pueblo. Juan José de Torres López



No se trata aquí de defender sin más las corridas de toros sino de contar algo que es desconocido incluso por los propios aficionados.

Y es que, como decía D. Enrique Tierno Galván: “Ser indiferente ante un acontecimiento social de tal índole supone la total extrañeza respeto del subsuelo psicológico común. Al coso asiste la mayoría del pueblo, sin que falte ningún estrato social. La plaza de toros resulta el lugar físico, social y psicológico en que la totalidad del pueblo convive intensamente una misma situación psicológica en que las actitudes profundas son substancialmente análogas”. Y añade: ¿Con qué otro acontecimiento ocurre esto?
Se trata, por tanto, de acercarse a la Fiesta de los toros desde un punto de vista intelectual y descubrir que debajo late el alma de un pueblo.

Decía Ortega y Gasset, quizás el más grande pensador de este siglo, que no se podía entender la historia de España desde 1650 en adelante sin el estudio de las corridas de toros. Afirma Ortega que: “la historia de las corridas de toros revela algunos de los secretos más recónditos de la vida nacional española durante casi tres siglos. Y no se trata de vagas apreciaciones, sino que de otro modo no se puede definir con precisión la peculiar estructura social de nuestro pueblo durante esos siglos.”. “Lo que llamamos corridas de toros apenas tiene nada que ver con la antigua tradición de las fiestas de toros en que actuaba la nobleza. Precisamente es en esos momentos  del siglo  XVIII cuando el pueblo español se decide por primera vez a vivir de su sustancia, cuando aparece el vocablo “torero”. Es en la cuarta década del siglo cuando aparecen las primeras cuadrillas de hombres que recorren villas y aldeas. El efecto que esto produjo en España fue fulminante y avasallador. Pocas cosas a lo largo de nuestra historia han apasionado tanto y han hecho tan feliz a nuestro nación como esta fiesta. Ricos y pobres, hombres y mujeres dedican una buena porción de cada jornada a prepararse para la corrida, a ir a ella, a hablar de ella y de sus héroes. Y no se olvide que el espectáculo taurino es sólo la faz o presencia momentánea de todo un mundo que vive oculto tras él y que incluye desde las dehesas donde se crían las reses hasta las botillerías y tabernas donde se reúnen las tertulias de toreros y aficionados.”

A comienzos de los años 30, Ignacio Sánchez Mejías va a New York a buscar a Federico García Lorca para que le ayude en un espectáculo que preparaba para la “Argentinita” que se llamará “Las calles de Cádiz”. Federico le ayuda y a cambio consigue que Ignacio de una conferencia en la Universidad de New York –en Columbia University-. 
 
            En esa conferencia, Ignacio les explica a los americanos no lo que es un natural, un derechazo o una verónica, sino como ve él el significado cultural profundo de la tauromaquia. Y lo sitúa, justamente, en el enfrentamiento de una cultura mediterránea con una cultura nórdica, del Norte.
            Él, eso lo ejemplifica en dos figuras: en D.Quijote y Sancho Panza. Y dice que D.Quijote ha sido el primer torero de la historia y que Sancho Panza, exagera por supuesto, representa el pancismo, el utilitarismo, el egoísmo de la gente del Norte.
            ¿Qué es lo que representa D.Quijote entonces, éste primer torero para Ignacio Sánchez Mejías?. Sencillamente la moral del esfuerzo. No la moral del éxito cueste lo que cueste, la moral del esfuerzo, se triunfe o no.
            Hay una hermosísima frase de D.Quijote que en un momento determinado dice: “Podrán los encantadores quitarme el éxito, pero el esfuerzo jamás”. Esa virtud, esa ética, es la ética del Mediterráneo.

Dice el extraordinario crítico taurino Paco Aguado que “El toro, en su oscura animalidad y en su ciega fiereza, representa la inquietante intriga de la naturaleza, ese mismo problema esencial que el hombre hubo de afrontar cuando apareció sobre la faz de la tierra. Por eso el toreo es la gran metáfora de la vida: la representación escenificada, organizada y evidente de la lucha eterna entre el hombre y la naturaleza; una exaltación del vitalismo, un triunfo habitual de la razón sobre la fuerza y de la vida sobre la muerte. Ese juego natural de la vida y de la muerte que nos hace reconocernos a nosotros mismos como lo que somos, que nos devuelve a nuestra realidad en un mundo que, precisamente ahora, tiende a deshumanizarse, a alejarse delas pautas que lo rigieron durante varios milenios; de un mundo que aísla al anciano y al enfermo, que esconde la muerte y el dolor, que sólo exalta la pasajera y, a veces, estúpida belleza de una juventud artificialmente prolongada por la moda, y que proclama triunfador al insolidario, al agresivo y al soberbio. Una sociedad que, como otras culturas antiguas, también adora a un toro: al Becerro de Oro”.
     
Las corridas de toros, el toreo a pie, decía Ortega y Gasset, que nace la primera vez que el pueblo español se decide a vivir de su sustancia, es lo primero que hace como pueblo. ¿Cómo es esto?. ¿Qué pasa en la sociedad española para que el pueblo desplace al noble del caballo?
 
En los siglos XVII, y XVIII no había nadie de la nobleza con carisma, con autoridad sobre el pueblo. Y como tampoco había clase media, ocurre un fenómeno singular, una de las más típicas subversiones históricas: la aristocracia carente de valores propios que la distingan que la reconozcan, mira al pueblo porque quizás piense que conserva lo genuinamente español, y comienza a imitar, sin autenticidad pero con pasión, lo que dice y lo que hace el pueblo. Y el pueblo impone sus costumbres al mismo tiempo que la nobleza se aplebeya y, abandonando sus hábitos aristocráticos encuentra satisfacción en las diversiones y costumbres más desgarradas y busca los ambientes más bajos y turbios.    
 
El pueblo tiene un ascendente innegable sobre la aristocracia. En ese momento concreto surge la corrida de toros. El toreo a pie es producto del alma española, del pueblo. En rigor las cosas sucedieron así:

En Europa, efectivamente, las clases superiores miran al pueblo con curiosidad, con simpatía, con afán proteccionista, pero en España se produce un fenómeno extrañísimo que no se da en ningún otro país: el entusiasmo por lo popular en la vida cotidiana prende en las clases superiores, pero no con simpatía sino con vehemencia, con pasión. Esa es la diferencia esencial: En el resto de Europa hay una mirada de los noble, de las clases altas hacia el pueblo de forma filantrópica, simpática, proteccionista, pero sin arrebato; en España esa mirada es apasionada.
Esa manera de mirar del europeo es lo que se llama “populismo” o “casticismo”. El fenómeno que se produce en España, esa pasión por las cosas del pueblo es lo que se llama plebeyismo”.

¿Qué diferencia hay?:

            Para explicarlo vamos a apoyarnos en la ciencia lingüística: aparecen en el lenguaje con mucha frecuencia dos palabras que significan lo mismo, de las cuales una tiene un origen culto y la otra ha sido formada por el pronunciamiento y el uso popular. Pues bien, la tendencia en todo el pueblo a preferir la forma popular a la culta es lo que se llama “plebeyismo. Esa tendencia es normal en todas las lenguas.
            Pero, esa tendencia trasladada a la vida entera: a los trajes, las danzas, los cantares, los gestos, las diversiones de la plebe, a la historia general de la nación, y trasladada, además, con pasión sin límites, con frenesí, fue el motor más enérgico de la vida española en la segunda mitad del siglo XVIII. El plebeyismo movió la vida española durante más de dos siglos (desde la segunda mitad del siglo XVIII hasta los primeros años del pasado siglo).
            En ningún pueblo ha ocurrido nada igual. Lo normal ha sido que las clases inferiores miren con admiración las formas de vida de la aristocracia y procuren imitarla. En España se da el fenómeno contrario, el pueblo vivía a su manera con entusiasmo, sin mirar para nada a la aristocracia. Por su parte, la aristocracia sólo se sentía feliz cuando abandonaba sus propias costumbres y se saturaba de plebeyismo. Ahí está la historia de España. Ahí esta el origen del toreo a pie, de las corridas de toros:
            Y todo se hace con pasión. El pueblo no se contenta con ir a los toros o al teatro, sino que el resto de día apenas habla de otra cosa. Pero, lo que es más importante, esto pasa en todas las clases sociales. Voy a poner dos ejemplos, uno de cada una de las actividades que más apasionaban a los españoles: el teatro y los toros.
            Cuando la Tirana, actriz de teatro viene a  Madrid desde Barcelona, no se trae sus trajes. La Duquesa de Alba, ferviente partidaria suya, le proporciona vestidos y todo lo que necesita. Inmediatamente, la duquesa de Osuna, rival de la de Alba, hace lo mismo con su actriz preferida: la Pepa Figueras. El conde de Carpio, en una carta que le escribe a la marquesa de la Solana le dice, refiriéndose a la Duquesa de Alba: “emplea el tiempo...en cantar tiranas y envidiar a las majas”.
            Iriarte, un intelectual de la época, escribe a un amigo suyo y le pone: Riase usted de los bandos. Acá nos comemos vivos entre Costillaristas y Romeristas. No oye uno otra conversación, desde los dorados artesonados hasta las humildes chozas, y desde que se santigua por la mañana hasta que se pone el gorro de dormir. El furor de los partidarios durante el espectáculo llega a términos de venir a las manos...”

Pero hay un fenómeno curioso: tan arraigadas estaban las costumbres populares, que incluso los intelectuales que criticaban esas costumbres castizas, utilizaban el lenguaje popular. Lo que demuestra la gran penetración de ese plebeyismo en toda la sociedad española.

            El idioma lo crea el pueblo, y no hay nada que haya llenado más el idioma español que lo taurino. La riquísima gama de términos taurinos con la que nos expresamos, seamos a no aficionados a los toros, sólo se explica por el profundo arraigo diario y sentido, casi como una pasión, que tuvieron los toros. Incluso es posible saber por la etimología de la palabra en que momento de la corrida nació.
Los españoles y muchos extranjeros empleamos casi sin darnos cuenta una gran cantidad de frases taurinas. Voy a poner unos cuantos ejemplos: Hacer el Tancredo: en referencia a ser inmovilista. Este fue un personaje que apareció a principios de siglo –el 30 de diciembre de 1900-  que salía a las plazas vestido de blanco, se colocaba en el centro de la Plaza subido en un pedestal, inmóvil y allí espera las embestidas del toro que nunca se producían. El toro al llegar a él dejaba de verlo por la peculiar disposición de los ojos del toro y no le embestía. Por cierto que la mirada del toro en la que se basaba D. Tancredo, puede ser objeto de una próxima reunión porque en ella está gran parte de la evolución del toreo; coger al toro por los cuernos, hacer un quite o un quiebro a alguien, querencia, emplazarse, tomar el olivo, vergüenza torera, dar capotazos, ¡Torero!, ¡Torero!, gritado como demostración de las excelencias de una persona., el ¡olé! que se oye en cualquier campo de fútbol de cualquier país del mundo como manifestación de superioridad de un equipo sobre otro.

En fin, hay en nuestro lenguaje una gran cantidad de expresiones taurinas, expresiones que formó el pueblo cuando los toros eran su gran pasión.
           
El proceso de transformación no es de golpe, hay algunas etapas de transición. Son muchas las descripciones que se conservan de las Fiestas de toros, de los espectáculos en los que eran protagonistas la nobleza. Hay uno, de 1700 durante el reinado de Felipe V el primer Borbón, recogido de “Viajes por España” de José García Mercadal, en el que ya se observan las transformaciones de que antes he hablado, que dice así:
            “La fiesta se celebraba en la Plaza Mayor de Madrid. Dicen que esa plaza aloja a más de 4.000 personas, y que los días de toros contiene 6.000. Es constante  que es una gran afluencia del pueblo y que lo hay en esos días hasta en los tejados; pero no puedo creer que haya exageración en ese número... Todos los empleados de los Consejos y de la Casa Real tienen allí sus puestos gratis. Es preciso confesar que ese espectáculo tiene algo de grande, y que es agradable ver en todos esos balcones esa gran cantidad de gentes, estando todo engalanado y adornado con bellos tapices.
...No habiendo galán ese día que no se haga un punto de honor en colocar bien a su dama, en hacer llevar a su balcón o a su asiento, helados, confituras y lo que la estación  ofrece mejor.”.
            Vemos que era un acontecimiento social. Hoy en muchas ciudades y pueblos perviven esos hábitos, por ejemplo la merienda de nuestra Plaza de Toros.
            Y sigue: ”Un cuarto de hora después de que el Rey hubo llegado hizo una señal con el pañuelo –lo mismo que hoy los Presidentes de las corridas- para que hiciesen el despejo de plaza”...”.” Los toreadores entraron en la plaza montados sobre hermosísimos caballos, con gran número de criados...”. “Hay también gentes del pueblo que llevando en la mano una especie de media pica, se planta delante del toril y en esa postura aguardan al toro, y cuando esa fiera va a lanzarse sobre ellos y se ven muy apurados, le arrojan su capa sobre la cabeza, o tendiéndose en el suelo boca abajo, evitan de esa manera la furia del toro”

            Vemos como, al margen de la corrida, unos héroes anónimos, gente del pueblo con un toreo distinto, fiados de sus propios recursos dan el primer aldabonazo hacia el toreo a pie. El pueblo, los peones, son al principio mero acompañamiento, pero mantienen una pugna sorda, tenaz, por alcanzar la plaza de lidiador. No hay que engañarse, a lo que estamos asistiendo  a un auténtico levantamiento popular.
Cuando aparecen las primeras figuras con la muleta: Pedro Romero, Costillares y Pepe Hillo, el pueblo se decanta, definitivamente por los de a pie.  Esa forma de torear al toro, cala tan hondo en el pueblo español, que ya nada le hará más feliz.

¿Pero tan feliz fue el pueblo español con las corridas de toros?. No voy  a ser exhaustivos, una vuelta por la sociedad española de distintas épocas bastarán para sacar conclusiones:

        1ª mitad del siglo XVIII(1743): Campillo que fue ministro de Felipe V, hace un dictamen sobre las corridas de toros en el que se muestra desesperado porque le han hecho saber que en Zaragoza los hombres del pueblo empeñan la camisa para poder ir a los toros.
        Último tercio del siglo XIX (1876): Frascuelo llega a su casa de Madrid para recuperarse de una cogida que había sufrido en Valencia. La expectación por saber la evolución de la cogida es tal, que los médicos que le atienden colocan sobre la fachada de la casa del torero varios partes todos los días, que se leen aguardando colas.
        Primer tercio del siglo XX: Cuenta Juan Belmonte: “Cuando fui soldado en Sevilla, el general de la división estaba obsesionado con la idea de que se me tratara en el cuartel con demasiadas consideraciones. ¿Por qué no iba yo, como los demás al campo de instrucción?. El coronel transmitió una orden enérgica. Yo formaría como todos los reclutas e  iría con el regimiento al campo de instrucción. Y recuerdo aquella mañana en que, cuando desfilaba por las calles de Sevilla, la gente que me descubría en las filas seguía el paso marcial de las tropas llamándome cariñosamente “¡Juan! ¡Juan!”. Al regreso la noticia había prendido, y un gentío denso aguardaba el desfile para aplaudirme. También el general esperaba el paso del regimiento para tener la certidumbre de que yo había ido al campo de instrucción y fue testigo de cómo la gente se abalanzó alrededor de mi persona, rompió las filas, intentó conducirme en hombros y desbarató la formación. Aquel mismo día, el general dio la orden de que el recluta Juan Belmonte no saliera más con el regimiento”. 

Son sólo unos ejemplos, la vida española está llena de ellos.
     
¿Pero y el pueblo, influía en el desarrollo de las corridas?. En los toros, el pueblo siempre ha dominado, sus gustos han impuesto desde la manera de torear hasta el toro que había que torear.
Cuando aparece el varilarguero, el tipo de toro que gustaba era el que iba al caballo con fiereza, era la época de un tipo de toro, fundamentalmente el toro procedente de Castilla. Al tomar el pueblo partido por los recortadores, hacía falta un toro de gran movilidad, ya no importaba tanto lo que hiciera en el caballo, era más importante que diera espectáculo, que se moviera delante del recortador, y se pone de moda el toro navarro: ágil, pequeño y revoltoso.
            Los gustos del pueblo, al inclinarse por el toreo con los engaños: capa y muleta, hacen que se necesite un nuevo tipo de toro, un toro que se desplace siguiendo los engaños, que tenga más nobleza: aparece el toro andaluz, un toro con recorrido, que era bravo en el caballo y la muleta.
            El descubrimiento del toro andaluz causó conmoción en Madrid. En el cartel de la cuarta corrida de 1791 se decía: “Como no se omite trabajo ni dispendio en solicitud de dar al público gusto, siendo notable el que demostró tener con los toros de Andalucía el año pasado, se han acopiado para éste 119 (de los que han llegado ya 111), de las vacadas más acreditadas de aquel Reino. El público decidirá las que más merezcan su aprobación, y, servirá de regla para hacer los acopios venideros”.
            Era una época de variedad, el público mandaba en la Fiesta y se permitía dirigir los destinos de su diversión preferida. Como muestra basta un botón: Es un bando del Corregidor de Madrid (con Fernando VII) publicado el 17 de junio de 1815:
            Así como el gobierno tiene una particular satisfacción en permitir ciertas diversiones que, sin oponerse a las buenas costumbres, proporcionan un recreo decente al público; así también pone al más particular cuidado en precaver que aquellas sean perturbadas por parte de algunos concurrentes a quien la malicia o la poca reflexión suele inducir a excederse de los límites que prescribe el buen orden. En la última función se fomentaron en la Plaza alguna apuestas y disputas acaloradas entre varios sujetos en pro y en contra del mérito de las respectivas vacadas que se corrieron aquel día...
            Para evitar la continuación de semejantes desórdenes...MANDO:
1º.- Que en la Plaza de toros ni en otros sitios públicos, no se hagan apuestas ni se susciten disputas imprudentes en razón a las mejores o peores castas de dicho ganado
2º.- Cualquiera individuo que contravenga a lo que prescribe el artículo anterior, además de perder el importe de la apuesta...será tratado de perturbador del buen orden público, y castigado con proporción a su exceso.

            En definitiva, toda la historia de España está llena de hechos que prueban que, como afirmaba Ortega, las corridas de toros son producto del alma del pueblo español, y que nada nunca ha hecho tan feliz a ese pueblo que las corridas de toros



APARTADO VI: CUESTIONES QUODLIBETALES


JUAN JOSE DE TORRES LÓPEZ

LOS TOROS. UNA FIESTA DEL PUEBLO

LO MÁS VISTO