martes, 4 de junio de 2013

Relatos de la existencia y de la vigilia. Ángel de Utrera

Angel de Utrera

De “Relatos de la existencia y de la vigilia”:
‘El amigo y los frutos del árbol de Occidente’
‘Hecatombes perfectas’

De “Las Horas Purpúreas”
‘Tu sacrificio fue por mi amor’

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‘El amigo y los frutos del árbol de Occidente’

EN MEMORIA DE ANTONIO FERNÁNDEZ SÁEZ


Su corazón latía esperando la hora de encontrar al amigo. Recordó un antiguo proverbio chino: “Cuando esperes a un amigo no confundas los latidos de tu corazón con los cascos de su caballo”. Todavía no eran las tres de la tarde. El esplendente día de Enero estaba lleno de luz y de canto de pájaros. Había en su corazón una felicidad tan vasta que en ella la existencia se hacía ilesa en todos los seres. El Sol habitaba en los silenciosos patios de todas las casas y en las solitarias y soñolientas calles por las que él caminaba teniendo a sus espaldas el presentimiento del mar color de vino que hacía que la piel de su nuca y sus flancos se estremecieran al ser advertido que a pesar de aquel celeste día primaveral aún se encontraban en pleno invierno.
La casa del amigo era para él como un gesto familiar que le hacía aquella calle situada en un extremo de la ciudad. Su amigo, que, al contrario que él mismo y los miembros de su propia familia, vivía en un ocio en el que confluían indelebles signos de actividad espiritual, estaba rodeado siempre de cosas bellas y de conversaciones disertas. Él, que creía ingenuamente que debía justificar el ocio de su amigo, recordaba que su amigo hablaba con frecuencia y de un modo para él enigmático de la activa pasividad del espíritu; y los libros profundos y difíciles que aquél le prestaba lo decían igual: “El espíritu es activamente pasivo”. Mientras caminaba se imaginaba por anticipado la dicha que le esperaba al cruzar junto al docto amigo los campos llenos de ocio y silencio grávidos de pensamientos. Herborizaban en los valles y en los bosques de pinos reconociendo las plantas silvestres que el amigo sabía señalar nombrándolas por su taxonomía latina; las diferentes especies aparecían entonces ordenadas en un ámbito magnificente, emblemático, mitad mágico, mitad científico, como pertenecientes a un armorio vegetal que hubiera recogido la heráldica hermética en las praderas silenciosas de la Edad de Oro. La musgosa fuente de piedra donde beberían estaba ornada por ranúnculos (Ranunculus heredaceus, según el sabio amigo) y la caledonia (Chelinonia majius) ascendía por las paredes de rocas por las que se derramaba el agua; más arriba, en las grietas de las rocas, se descolgaba el Sarcocapnos enneaphylla con su fascinación blanca. Él reconocía que ahora todo el campo que antes se presentaba ante sus ojos como algo caótico hasta que se ponía a dibujarlo en su cuaderno, se había transformado en un mapa espiritual en el que se hallaban presentes sus autores desde Dioscórides a Linneo y en el que uno parecía encontrar la dirección de su hogar en lo que aquel indicaba como presente, aquel presente que poseía junto al amigo. Luego, sobre ellos, brillaría el Sol de la tarde y al ponerse ésta aún les sería posible prolongar su estancia en el campo recogiendo ramas para encender una hoguera cuyas llamas iluminarían sus rostros expandiendo a la vez la fragancia del romero quemado; y mientras atardecía verían levantarse un espectro azul tachonado de estrellas que cubriría toda la bóveda celeste y del cual descendería el frío a la tierra; y estaría presente el silencio del campo y el crepitar del fuego - “El mismo de los campamentos aqueos en las llanuras de Ilión”, diría el amigo una vez más -, y la misma luna ascendería en el silencio sobre el sigilo de milenios. El tiempo en aquellas ruinas celtas que solían visitar. Y todos los tiempos parecerían confundidos allí. Y luego, el retorno a casa, y la grave alegría de la sosegada charla junto a las copas. De pronto, él se preguntó cuánto tiempo había estado ausente y se dio cuenta de que no hubiera podido precisarlo con certeza ya que el tiempo parecía haber perdido para él todo significado, como si no estuviera en el mundo o al menos no estuviera en un mundo donde el tiempo contara. Recordó débilmente que Homero había dicho que los muertos se convierten en sombras y que acaban perdiendo la memoria. Sentía que había desaparecido el deseo de encontrar al amigo bien amado; comprendió al ir a coger una flor que crecía en el prado de asfódelos y que permaneció incólume, que se había también él transformado en una sombra como el amigo muerto hacía ya muchos años; comprendió que buscaba el don del instante de los días felices cuyo poder ahora reconocía. Sabía que nadie conocía sus recuerdos y que era posible que algún día él mismo los olvidara como había olvidado ya el rostro amado del amigo. Sintió que le decía su memoria que a la sombra del árbol de occidente maduraban los frutos de la eternidad y supo que su destino era desde entonces vagar para siempre por los silenciosos prados del estío.

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‘Hecatombes perfectas’

Al Dr. D. ENRIQUE PÉREZ PARRA

Sobre el sombrío y amenazador cielo apareció una inmensa bandada de pájaros negros que en la remota lejanía del horizonte parecían una infestación de insectos diabólicos. Grunelius, pese a lo avanzado de su edad, nunca había contemplado semejante fenómeno. Vivía, habitaba, en una colina que dominaba la ciudad, y desde su vieja buhardilla podía contemplar el cielo y leer sus señales. Caía la tarde y con ella se sumía la estancia en sombras, cuando el anciano que practicaba la guarda del corazón encendió la vela con la que se alumbraba. El viento otoñal agitaba los árboles de su jardín filosófico y estremecía los cristales de su ventana. En aquella hora experimentaba una particular dulzura. Hacía tantos años que habitaba allí, sumido en la única tarea de contemplar noche y día el fogón sobre el que estaba la filosófica cocción, que ya había perdido la noción del paso del tiempo y no podía recordar el tiempo consumido en aquel menester. No podía apartar la vista del vaso alquímico, translúcido, que se doraba regido por el imperio de la llama y adquiría matices serenos dulcificados en la áurea paz del alma del mundo, pareciendo que súbitamente se iban a desvelar los misterios sagrados de la ciencia del mercurio. En la eminencia de la colina estaban las torres templarias que a veces él se asomaba a contemplar. Era ya muy anciano y había meditado largamente sobre la vejez sin llegar, no obstante, a profundizar en el sentido de ésta, ya que había tomado la longevidad por una especie de muerte diferida que le permitía o le habría de permitir alcanzar la culminación de la obra, de la Magnum Opus. Veía enrojecer el carbón que alimentaba el atanor y, entretanto, era poseído a veces por fugaces ensoñaciones humanas que desaparecían instantáneamente al despertar y encontrarse en su buhardilla tapizada de libros en hileras que se elevaban hasta el techo que parecían sostener colocados en sólidas y enérgicas estanterías de madera de roble barnizadas de un tono sombrío. Cuando pasaba la vista por los lomos engofrados con bellos hierros de aquellos volúmenes que habían conseguido hacerlo su deudor, a la vez que habían hecho que su Welstanschaung se pareciera a un limpio cristal de roca cuyas faces poliédricas espejearan siempre el silencioso fragor elemental del árbol invertido, experimentaba una sensación de vértigo, ya que entre ellos y él mismo, y de algún modo presente, se encontraba el tiempo de su juventud consumida en el estudio.

Había asimilado libros tan arduos, que tenía ante sí, como el De Signatura Rerum, el De Misteriis Aegyptiorum de Jámblico, el De Consideratione de San Bernardo, las obras de Nicéforo el Solitario, y aquellos otros que trataban del tiempo cíclico en la gnosis ismaelita. Había llegado a comprender que nada es sino por participación de los principios universales y en las ideas eternas contenidas en el Intelecto Divino que las virtudes representan de modo personal en su orden de existencia; de este modo, y considerándolo como un fenómeno que tenía en sí su principio de razón suficiente, había dejado de agitarse por un sueño que proveniendo de su vida anterior, cuando él era joven e ignorante, le asaltaba como una corriente fresca, etérea y celeste, atravesaba su sueño sin imágenes de anciano, y en la cual como en una diáfana fulguración veía a la mujer que había amado cuando tenía dieciseis años, y en esos momentos, la fragancia de la juventud le rozaba con fresco aliento turbador que poseía la belleza y la honda comprensión que ésta otorga. Ella pasaba coronada de rosas y lo llamaba tras sí. Ella, que hacía tantos años que había muerto. A veces quería ir tras la mujer, pero se sentía desfalleciente ya que comprendía que no podía recuperarla en la corriente del tiempo. Era entonces cuando el anciano se despertaba estremecido, y se podía decir en un sentido mundano, que el anciano volvía a encontrar junto a sí la abstracta existencia que por un instante se le hacía irreconocible, extraña, ajena, ininteligible, hasta que la matriz plástica de su súbita anagnórisis sensible la identificaba con los fenómenos y con el propio hábito de éstos. Se daba cuenta entonces que el huevo en el atanor había adquirido un color sangriento, de púrpura tiria. “Es la sangre derramada sobre la piedra de un altar”, se decia. Sabía que era una roja tormenta silenciosa en el vaso de la vida, mientras él creía aproximarse a la posesión de los estados transcendentales del ser. Y comprendía que aquel sueño que lo había turbado un instante había sido únicamente una modificación irreal del ser único “en el que todos los seres en todos los estados son uno”. Entonces bajo su contemplación el huevo se volvía del color del ópalo, lechoso, turbio y poco a poco pasaba a una gama de matices azules, de un incierto azul verdoso pasaba a un bellísimo y suntuoso azul esmeralda iluminado por una serena llama dorada. En el exterior soplaba el viento y la tarde tenía una pesante melancolía otoñal. El cielo era gris acero y las sombras de las cosas corrían errabundas hacia el horizonte. Grunelius, al que los niños del barrio apedreaban llamándolo loco, carecía de descendencia. Tanto sus familiares como su amigos hacían ya muchos años que habían muerto. El anciano se encontraba solo y aislado por su propia superioridad. Sólo deseaba del mundo que lo olvidara como él había olvidado al mundo; y solía repetirse para su propia edificación las fases de la ascesis según el maestro en la ciencia de los santos Ibrahin Ibn Adham: “Primero, renunciar al mundo; segundo, renunciar a la felicidad de saber que se ha renunciado; y, tercero, comprobar tan absolutamente la falta de importancia del mundo como para ni siquiera tenerlo en cuenta”. Aunque hacía tiempo que otras cosas ocupaban sus pensamientos. Observó que la bandada de pájaros se había posado sobre la áspera inmovilidad de las almenas de las torres templarias. El anciano filósofo, a la luz de su vela, quería leer una vez más, ya que en ocasiones le asaltaban inexplicables dudas, acerca de la materia prima de la obra. “Se trata del alma - se dijo - Sobre eso no hay duda” Se levantó, fue a buscar un libro, lo tomó de la biblioteca abrumada por tanto peso y sosteniéndolo entre sus manos leyó: “Vista como árbol la materia prima es fundamentalmente lo mismo que el árbol del universo cuyos frutos son el Sol, la Luna y los planetas. El árbol que crece en los países de Occidente”. No cabía duda, era la proyección del ser puro y únicamente por éste podía ser percibida, pero el alma no se revela del todo hasta que no se produce el casamiento alquímico con el espíritu simbolizado por el matrimonio entre el rey y la reina, el azufre y el mercurio. En el reposo del alma en calma el espíritu puro se refleja a través de símbolos en la materia prima. Y esa corriente diáfana, noética, celeste en la que un momento antes había visto en sueños a Gretchen cuando ésta tenía dieciséis años y él la amaba, comprendió que era su propia alma esperando la pureza del ser, el eterno presente del uno manifestándose en la corriente de las formas, una fuente cristalina en el centro de su jardín filosófico. Una imagen consoladora. Su alma que aún no lo había abandonado se preparaba para el jubiloso sacrificio nupcial. Altas llamaradas salían ahora del fogón. Un cuervo se posó en el alféizar trayendo un pan en el pico mientras todos los demás graznaban desde las torres templarias. El huevo fue iluminado por un halo de luz inmaterial y brilló convertido en un germen de oro. Los libros tan amados podían ya ser entregados a las llamas.
Las torres templarias continúan desmoronándose lentamente sobre la colina; en la ciudad que se extiende a sus pies nadie sabe si todavía existen, ni que en otros tiempos fueron guardados por ellas. La habitación del viejo artista hermético ya no existe. La casa fue derribada hace ya mucho tiempo. Como él mismo pretendía al fin todos lo han olvidado. Permanece sin embargo el espíritu que alentó la invisible obra, y su sello se haya impreso tal vez en una demorada paciencia en un lugar donde lo único que pueda revelarlo sea la devoción que custodia lo sagrado.
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De “Las Horas Purpúreas”
‘Tu sacrificio fue por mi amor’


La huella de la tarde
en el eterno caudal de tu recuerdo
soñó con tu mirada mi alma.
Aquí, donde no se ven los árboles
ni apenas el recuerdo de tu cuerpo es preciso,
te lloro por tu ausencia.
Desde la tierra deshabitada
donde ahora
golpean los frutos el suelo
o la hierba mojada;
donde en un sollozo
mi amor recogerá estos días
que soplaron
sobre mil tardes tras tu pie.

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