martes, septiembre 30, 2014

Abraham Ferreira Khalil. Una foto

UNA FOTO


Poco a poco tu foto va sembrando
estanques de serpientes. Y es tan fuerte
tu presencia que el pulso de la muerte
mi alma parpadeante está apagando.
Y tengo por seguro que esta guerra
quebrará mi horizonte. La partida
propuesta no será correspondida
si no es en el deleite de la tierra.
Un versículo apenas y una foto
nutren estas raíces. Me alimento
de tu irrompible encanto, más remoto
que el júbilo que fluye de tu aliento.
Me recreo en los mapas de la ausencia
y esta foto desgasta tu presencia. 
 
© Abraham Ferreira Khalil 

El Caridemo. Revista científica y literaria (Almería). María Isabel Giménez Caro

PROSA NOVELESCA EN "EL CARIDEMO" (1847-48) y  "EL DESEO" (1844): DOS REVISTAS ROMÁNTICAS ALMERIENSES

 

Autores: María Isabel Giménez Caro
Localización: Boletín del Instituto de Estudios Almerienses. Letras,
ISSN 0211-7541, 
Nº 14, 1995 , págs. 43-62
Tapa blanda: 253 páginas 
Editor: Editorial Universidad de Almería (3 de julio de 2000) 
Colección: Humanidades 
Idioma: Español
ISBN-10: 8482401777 
La revista El Caridemo, editada en 1847-48, se inscribe en un amplio movimiento que permite la aparición de publicaciones como El Semanario Pintoresco Español, la crónica o el Siglo Pintoresco. El Caridemo nos ofrece una información precisa sobre los criterios que orientan la producción e interpretación en provincias de la novela o la poesía a mediados del XIX. Las páginas de esta antología proporcionan al lector un comentario detallado sobre los problemas económicos de Almería, y recogen las quejas permanentes por la falta de unas vías adecuadas de comunicación o el debate sobre las reformas urbanísticas de la ciudad , junto a la animada descripción del bullicio en los días de feria y la reseña de los principales actos culturales organizados por instituciones como El Liceo. Isabel Giménez Caro, profesora de la Universidad de Almería, e Inmaculada Urán Navarro han selccionado las páginas que mejor pueden orientar al lector sobre los contenidos de la revista. Y analizan en la introducción los comentarios del El Caridemo situándolos en las coordenadas de la época y atendiendo a los resortes que nos muestran las intrigas, las aspiraciones y las formas de vida provincianas.






















lunes, septiembre 29, 2014

La torre Opalina. Álvaro Martín Fuentes

LA TORRE OPALINA

Álvaro Martín Fuentes


En el bosque de Nórtthan, al norte, nunca se han posado las estrellas, pues las cerradas copas de sus árboles, cuyas hojas en manto encierran la tierra, impedían a los rayos del sol y las lunas penetrar por ellas y besar su suelo. Era, por tanto, un bosque preñado de tinieblas, de invisibles caminos y putrefacta naturaleza.
Bien lo sabían Elios y sus hombres, quienes deambulaban tras la guía de siete antorchas que parecían alimentarse de aquella oscuridad húmeda y asfixiante. Llevaban varias semanas recorriendo el silvoso bosque, sin descanso, desnutridos y famélicos, respirando un aire cargado de vapores fantasmales y psicodélicos. Siete hombres de entre 23 y 60 años, cuya misión consistía en encontrar la torre opalina ─una construcción casi tan antigua como el mundo─, en la que había oculto un singular tesoro; no de oro ni de plata, sino tallado en cuarzo de ágata. Un prisma multicolor con forma de pirámide que cabía en la palma de un niño. Era la llave; la pieza complementaria para abrir un portal mágico capaz de transportarte al sitio que pronunciaras antes de atravesarlo.
Ellos conocían el riesgo y las dificultades de la empresa. Otros hombres ya la habían acometido mucho antes. Pero escasos volvieron con vida y, si lo hicieron, fue con las manos vacías. Aun así estaban dispuestos a emprender esta aventura que Lumarga les encomendó. Ella era la bruja más poderosa de la época. La peor enemiga del Reino de los Hombres.
Lumarga necesitaba ese prisma irisado. Con él activaría aquel portal que podría, incluso, conducirla hasta los mismísimos aposentos del rey, si quisiera. Magna era su ambición, fuerte su ira, emponzoñada por la sed de venganza que por el rencor se incentiva. Tras tantos intentos, esta vez no fallaría; ninguno de los anteriores impedimentos lograría detenerla.
Para tal fin, entregó a sus secuaces una serie de armas, objetos y artilugios mágicos, con los que asegurar el triunfo de la misión y la pronta ostentación del prisma entre sus manos huesudas.
Ciertamente, aquellos atributos les sirvieron, ya que cientos y más fueron los desafíos y las adversidades que afrontaron día tras día, jornada tras jornada (y mucho estaban durando...).
Hombres de buen fondo, corazones valientes y honorables ─a pesar de todo lo que de ellos se diga─; hombres sin hogar, hombres sin tierra que laborar, padres pobres, padres sin oficio, padres sin comida para sus hijos, encargados de alguien enfermo, individuos con grandes necesidades, cuyas responsabilidades pesaban más que el miedo o el peligro que los rodeaba.
Con una cantinela constante, cada miembro del grupo alternaba, en enumeración, la razón por la que allí estaba. Lo hacían para reavivar sus instintos y adormilados sentidos, motivarse y luchar contra la indómita tenacidad del terreno y los elementos, que en todo momento los invitaban a desfallecer. Iban por orden, empezando por su líder llamado Elios:
─¡Porque muchos afirman que ya he perdido mis facultades y que no soy el paladín de antaño! ─Dijo Elios; el mayor de los siete. Guerrero de barba canosa hasta el pecho, vestido con ligera armadura y una espada a cada lado de la cintura.
Su atributo mágico fue bañar dichas armas en un ácido ─inapreciable a simple vista─ que las hojas absorbieron. Al adquirir su virtud corrosiva, las espadas podían derretir cualquier material sólido con el que colisionaran. Eso le permitía cortar con facilidad los troncos y ramajes para abrirse camino en la espesura; por lo que él encabezaba el grupo.
─¡Por mis dos hijas ─siguió Grínkel─, heridas por el dardo de la enfermedad! Que sin medicina las habré de enterrar.
Éste era algo calvo, pero de largas patillas; que además de emplearse bien con la espada, cargaba una portentosa ballesta a la espalda. Casi siempre estaba tristón, ausente, y daba la impresión de ser un individuo convenido. A él le fue entregado un atributo iluminador: un frasco de agua de luna, que luce sólo cuando no hay sol y repele a los seres que odian la intensidad con que fulgura.
─¡Por mi mujer y mis hijos, que no son pocas bocas que alimentar!, yo no soy tan elocuente. ─Dijo Pellio, con ese carácter soso que tanto lo caracterizaba. Un hombre aburrido, de vientre, el mejor dotado, por ello acusado de ser quien dejó sin comida a su familia. Sin sangre en los andares, hábil, no obstante, pero sólo cuando estaba en apuros. Había recibido por atributo una bolsita de polvos antiflujos. Con ellos se podía solidificar cualquier sustancia fluida, viscosa, a saber: fango, charcos, arenas movedizas, entre otros; que como bien sabía Lumarga, rebosaban por todo el bosque de Nórtthan.
─¡Yo vengo en busca de la recompensa que me permita forjar un futuro exento de más aventuras como ésta! ─Dijo Saédor, hijo de Nareo Saedos. Se parecían mucho en el físico: pelo largo y rizado, oscuro como sus ojos; eran altos, delgados y de miembros fuertes.
Del grupo, Saédor era el más joven e insensato, aunque no por ello menos obediente y fiel a su líder, a quien admiraba con pasión y esnobismo. ¿Y qué mejor atributo pudo ofrecerle Lumarga que una brújula de bruja o brújuda, para encontrar el camino de vuelta?
─¡Yo vengo para evitar que maten a este insensato, mi único hijo! ─Ése era Nareo. Un hombre intachable, de los más honorables con los que Elios se había topado y junto al cual hubo luchado, tiempo ha. Mucho le costó a Elios convencerlo de que viniera; de ahí que éste cautivara primero a su hijo Saédor (no siéndole difícil), con lo que Nareo no tuvo más remedio que acompañarlos.
Siempre ejemplar, Nareo rehusó aceptar el atributo de la bruja; primero, porque no se fiaba, y segundo, porque hacer tratos con las de su especie se condenó con la muerte en otra época (su juventud). Sin embargo, de entre todas las cantimploras que Lumarga les entregó, la suya contenía un encantamiento fortalecedor en el agua, capaz de doblar la fuerza y la resistencia de quien la tomara.
─Yo sólo espero que encontremos esa maldita torre antes de que se nos pudran los pies con este lodo ─dijo el sexto en un murmullo─. ¡Por los cerdos y vacas que heredé de mi padre y éste de mi abuelo! Que sin tierra o dinero no tendré para darles grano o ramoneo─. Se llamaba Mayus. Un tipo simpático, musculoso y diestro en todas las armas, sobre todo con las dagas y cuchillos, sin olvidar su gran mandoble, de nombre Aurora.
Lumarga le prestó a su preciada mascota: un corbrejal, semejante a un gran buitre, que lo ayudaría cuando surgiera el peligro. Desde el principio del viaje, Mayus lo liberó para que volara sobre el techo del bosque, en busca de la torre opalina.
─¡Yo estoy aquí porque le debo dos o tres favores a Saédor, mi amigo de siempre; favores que con gusto verá cumplidos ─terminó diciendo Aréstel. Tenía cuatro años más que Saédor. Su vida había sido difícil, sin familia ni pareja con quien formarla. Nareo lo acogió de niño y, por ello, Aréstel y su hijo eran inseparables; pero a diferencia de Saédor, Aréstel aprendió a valerse por sí mismo. Era mucho más serio y competente, más astuto e inteligente; quizá porque en su primera niñez pasó hambre y la necesidad agudiza el ingenio. Lumarga le dio el atributo más poderoso: siete turmas de salamandra de fuego, cuya magia prende en llamas cualquier cuerpo al estrellárselas encima, así esté compuesto sólo por agua.
Mejor habría sido ir en silencio por aquel bosque siniestro, pues a su paso iban despertando a las alimañas que habrían preferido bien lejos. Ya se habían enfrentado a un gigante ermitaño, una manada de toros del musgo, y a tres arpías jinete; por no hablar del inesperado encuentro con una rana enorme que decía llamarse Baseligas. Llevaba una capa de terciopelo rojo, con festones de hilo dorado, exhibiendo una corona sencilla y apoyándose en un cetro de cristal granate.
Casualidad o no, el batracio se había topado de frente con el grupo. Y mágico como era, Baseligas les habló sin dilación, pues, además de sabio, también era un excepcional cotilla.
─¿Adónde van ustedes, caballeros aguerridos? ¿Tal vez de caza?, ¿tal vez perdidos por atrevidos?, ¿quizá estén buscando los tesoros que en Nórtthan yacen escondidos?, ¿o, quizá, os persigue la muerte, pues os veo agotados y transidos? ─Recitaba Baseligas, más que preguntar, mientras los miraba con sus enormes ojos fijos.
─Venimos en busca de la torre opalina ─contestó Elios─.  El tesoro que allí se guarda es lo que queremos y por lo que hemos viajado durante semanas, desde muy lejos, y nos hemos enfrentado con dignidad a serios peligros. ¿Quién sois, honorable sapo?
─¡Por mis ancas! No soy sapo, ¡soy rana! ¿Y quién soy yo? Hace siglos que nadie me lo pregunta: soy Baseligas, el habitante más antiguo de este bosque inmenso; el rey de los batracios me llaman. Pocos ojos humanos me han visto, y menos aun son aquellos que yo haya visto por vez segunda.
─Entonces, sabréis dónde queda la torre de los mil colores ─dijo Elios, eufórico.
─Sí. ─Contestó Baseligas secamente.
─¿Por dónde, por dónde es, qué camino elegimos?, díganos el rumbo, se lo rogamos, ¡oh, majestad anfibia! ─Preguntó el joven Saédor con impaciencia.
─Hace mucho que no me acerco a ese sitio maldito ─dijo Baseligas─; por nada del mundo os acompañaría y mi consejo es que marchéis en sentido contrario. No se hacen una idea del peligro que correrán. Allí, bajo las aguas subyacen los caminos, el hedor envenena los pulmones y dormida espera la muerte. Las armas de los Hombres allí no sirven ─incluso, rara vez la magia─, y a menudo, la razón se desliza en las alturas confundiéndose con la locura.
─Portamos armas mágicas, no simples espadas; serán combinación suficiente, estamos bien preparados, usted descuide. Ya nos hemos enfrentado a varias bestias por el camino. ─Baseligas frunció el ceño con mirada escéptica, mientras les decía: ─No seré yo quien impida vuestro ambicioso propósito.
La rana dio un salto a un enorme tronco tumbado, recubierto de verdín, y golpeando su cetro contra la corteza, desató un chorro de luces y estelas rojas que se unieron en una sola centella con forma de ardilla.
─Seguidla y ella os mostrará el camino ─dijo Baseligas, justo antes de desaparecer.
Los hombres corrieron tras la centella, resbalando y tropezando cada dos por tres. Ya se apreciaba un ápice de claridad procedente del día. No obstante, seguía estando oscuro y mucho cuidado debían tener con las espinas, los aguijones, los colmillos deletéreos, los embriagadores aromas de las flores ─que desprendían somníferos─ y otras tantas plantas carnívoras.
Hasta que al fin la encontraron.
Entre una exuberante vegetación selvática surgió un claro; que a pesar de la ausencia de árboles no estaba vacío, pues lo que encontraron fue una pequeña laguna, en cuyo centro se erguía el colosal monumento, imponente y simétrico. La torre, en sí, era un descomunal cristal de ópalo precioso, con tres paredes rectas, tan verticales y lisas, como la mirada de los siete hombres al intentar vislumbrar la cumbre que se alzaba treinta y siete metros hacia el día. Uno a uno, los siete se metieron en las profundas aguas de la laguna y nadaron para cruzarla.
De repente, Grínkel gritó aterrorizado por lo que encontró en una de las orillas: un ser monstruoso, con un cuerpo alargado de piel lisa y brillante, coloreada de amarillo y varias franjas rojas; en cada extremidad tenía aletas de pez, pero se parecía más a una gran babosa como las que reptan los mares, llamativas y hermosas. Grande y lustrosa; daba la sensación de tener la carne flácida. Su cabeza abombada sólo tenía ojos, eso sí, unos enormes globos oculares que casi le ocupaban toda la cabeza; ahora bien, estos eran blancos y velados, como los de una libélula ciega. No se movía, parecía estar muerta, sobre todo por la mucosa purulenta que secretaba y la peste que despedía, peor que el pescado podrido.
Rápidamente, todos salieron del agua, ya a los pies de la torre. Entonces Nareo agarró una piedra, ─preparaos por lo que pueda pasar a continuación… ─Los demás desenfundaron las armas al instante y, temeroso, Nareo se la tiró a aquella cosa extraña, que no se inmutó.
─Bien. Si estuviera durmiendo, esa pedrada la habría despertado, sin duda ─dijo Nareo.
─De acuerdo. ¡Pues todos a buscar la entrada! ─Ordenó Elios.
Sin embargo, no hallaron puerta o trampilla por ningún lado. Hasta que Aréstel los llamó con apremio: ─¡¡Aquí, aquí!!
Él les señaló unas inscripciones esculpidas en la pared, que unos helechos habían ocultado durante décadas.
Las marcas indicaban una entrada superior, a la que se llegaba subiendo por unos huecos que la pared presentaba en una de sus tres esquinas. Huecos donde sólo cabían manos y pies. El grabado también mostraba a la insólita criatura devorando a varios hombres que caían desde arriba… pero no sólo había una, sino varios ejemplares muy bien detallados. ─¿Cómo se los comían si no tenían boca? ─Se preguntaban.
─Pues vamos, debe de ser por aquí ─dijo Elios. Y efectivamente, en la esquina más afilada estaba la subida. De ese modo, fueron ascendiendo sin demasiado problema, aunque ninguno se libró del acosador temblor que la altura infería en sus músculos tensos.


Esfinge dorada


 

 



Pellio fue el primero en llegar y ya se estaba quejando: ─¡Agg, qué asco! ¿Qué es esta guarrería?
─¡Termina de subir y lo sabremos todos! ─Lo reprendió Grínkel, que nunca hablaba, pero cuando lo hacía…
Una vez que todos estaban arriba, coincidieron con Pellio. Una sustancia oleosa ─mezcla de agar y aceite─ barnizaba el suelo de la cima; sustancia que se les pegó en las manos y luego en los pies. Lo peor era que no había forma de quitársela. Se restregaban en sus ropajes, la armadura, y nada. Aquello sólo agravaba el efecto, pues la sustancia parecía estar elaborada por alguien que pensó en todo; alguien que no los quería allí arriba, que embrujó el poderoso ungüento para que volviera a aflorarles en las manos cuando se las limpiasen.
A diferencia del resto, Aréstel evitó el error de los demás, al ir el último, apoyando los codos en lugar de las manos.
─¡Maldición! ─Se quejó Grínkel─. Ahora no podemos bajar por el mismo sitio, se nos escurrirán los pies y las manos.
─Es cierto ─dijo Elios─. Más nos vale no tropezar. ¡Intentad no perder el equilibrio!
─Pues luego habrá que saltar desde aquí a la parte más profunda de la laguna ─dijo Pellio.
─No será necesario ─contestó Mayus─. El corbrejal de Lumarga puede transportarnos sobre sus alas.
─¡Ah, bien pensado, excelente, sí, es verdad! ─Gritaban unos y otros.
Así fue que, con el júbilo, Nareo descuidó un paso y resbaló con estrépito; la inercia lo empujó hacia el filoso borde y se perdió, sin remedio, tras treinta y siete metros de caída. Allí acabó su camino, en las aguas cercanas a la criatura, la misma que acababa de despertar de su profundo letargo; una esfinge dorada que custodiaba la torre por orden de la muerte, que no era otra cosa que su instinto, el cual le había enseñado, durante años, a esperar allí a los incautos aventureros.
Así pues, la esfinge dorada emitió un agudo sonido con el que les heló los huesos al resto, mas su fin era despertar a las demás esfinges que bajo tierra esperaban ser llamadas. Las cinco bestias que acudieron se tiraron al agua, rodeando con velocidad la torre, dando piruetas bajo el agua como leones marinos.
─¡¡Padreee, noo!! ─Gritó Saédor, al ver cómo lo descuartizaban a mordiscos.
Mayus lo agarró como pudo para que no cometiera una locura. No podían hacer movimientos bruscos ni dar pasos en falso; sólo un simple error los separaba de la muerte. Pero entonces, Pellio cayó en la cuenta de su atributo: ─¡Los polvos antiflujos!
Con ellos logró solidificar la viscosidad del piso y anular la pinguosidad de las manos.
─¡Podrías haber usado eso antes, desgraciado! ─Le gritó Saédor entre lágrimas desasistidas. Y aunque Pellio no soportaba los insultos, se tragó su orgullo, pues comprendía la furia del joven, que acababa de perder a su padre. ─Lo siento de verdad, Saédor, lo siento.
─Creo que deberíamos continuar ─dijo Grínkel.
─Ahí está la entrada ─dijo Aréstel─, ¿bajamos ya?
─¿Bajamos? ─Repitió Elios─. Querrás decir, bajáis…
─¿Cómo? ─Preguntaron Aréstel, Pellio y Mayus al unísono.
─Ya me habéis escuchado. Grínkel y yo nos quedaremos aquí mientras vosotros buscáis el prisma mágico ─decía Elios, a la vez que Grínkel y él desenfundaban sus armas y con ellas los amenazaban.
─Tomad ─dijo Grínkel, arrojándoles su frasco con agua de luna. ─Seguro que necesitaréis luz ahí abajo.
─¡Ah!, ─exclamó Elios─ por cierto, Aréstel, entrégame tu atributo, esas turmas de salamandra.
Aréstel quiso resistirse, pero vio que Grínkel había preparado su ballesta, con la cual le apuntaba. Sin más remedio, Aréstel las sacó de su bolsillo y las dejó en el suelo con sumisión.
Los cuatro sometidos miraban a ambos traidores con el mayor de los desprecios, pero ¿qué alternativa tenían?
Así pues, se introdujeron en la torre como gusanos en una manzana podrida. Hacía mucho calor y en sus manos notaban que los polvos antiflujos estaban perdiendo su efecto. Sin embargo, no habían penetrado ni cuatro metros, cuando Saédor comenzó a dar saltos y voces de socorro: ─¡¡Quitádmelo, quitádmelo!!
─¡¿Qué te ocurre?! ─Le preguntó Mayus.
─¡Aah, algo se mueve en mi bolsillo, quitádmelo, quitádmelo!
─¡Oh, cállate! ¿Esto es lo que te estaba matando? ─Le dijo Mayus, quien sujetaba entre los dedos la brújula brújuda, que vibraba frenética, como si tuviera vida propia. Se fijaron en sus agujas y, con sorpresa, vieron que señalaban en una dirección con un rayo de luz tenue.
─¡Por aquí! ─Dijo Pellio.
De este modo, anduvieron durante un rato, ya mareados por la elevada temperatura y la falta de un aire que no oliera a pedo de tortuga. Pero al fin de caminares, de miedos y otros pesares, allí lo descubrieron: un pequeño prisma piramidal que reposaba sobre un altar estrecho y rectangular.
─¡Caray, menuda ridiculez! ─Dijo Mayus.
─¿Y para esto arriesgamos la vida? ─Se quejó Saédor.
─¡Cogedlo y fuera! ─Les dijo Pellio. Y de todos, fue Aréstel quien se dignó a cogerlo; además, era el único que tenía las manos limpias.
En pocos minutos consiguieron salir de aquel laberinto, pues gracias a la brújula supieron el camino inmediato al exterior. Pero justo antes de salir, Pellio los detuvo.
─Escuchad. Esos dos estarán esperando, con total ilusión, a que salgamos y les entreguemos el prisma como dóciles ovejitas. Esto es lo que vamos a hacer… ─Pellio les explicó el plan que parecía más sensato y se prepararon para salir prestos.
Mientras tanto, Elios y Grínkel se habían quedado atrapados, pues el piso se había vuelto resbaladizo de nuevo, y ahora sus espadas se les hacían inasibles entre sus manos. 
De pronto, Pellio apareció en escena, esparciendo polvos antiflujos delante de sus pies; y tras él venía Aréstel, agarrando a su amigo Saédor para conducirlo a la esquina por la que habían subido a la torre. Pero Grínkel atinó a quitarle a Pellio la bolsita de los polvos y, raudo, los tiró enteros al suelo para hundir en ellos las manos, gesto que imitó Elios a su lado.
Este último alcanzó una de sus ácidas espadas que, con toda su fuerza, clavó en el pecho de Pellio ─quien había vuelto para recuperar la bolsa de polvos mágicos─ y allí la dejó hincada.
Seguidamente, apareció el gran corbrejal de Mayus, que intentó ayudarlo a escapar; pero entonces, Grínkel manifestó su habilidad con la ballesta al disparar una flecha que le atravesó un ala y, por ello, la flecha pudo continuar viajando tras éste, hasta frenarse en el cuello de Saédor, que se había interpuesto en la trayectoria. Mayus, por su parte, le lanzó dos dagas a Grínkel, con acierto; una en cada mano. Así, tendido en el suelo, Grínkel escupía alaridos igual que los cerdos de Mayus, cuando estos iban al matadero.
 

Saédor soltaba borbotones de sangre que Aréstel intentaba detener en vano con sus pulcras manos. Cegado por el miedo a la pérdida de su mejor amigo, no se daba cuenta de que Elios iba a cortarle el pescuezo con su otra espada; pero, sin previo aviso, apareció desde su espalda el corbrejal, arrastrándose como podía. Atrapó con su pico a Elios y con poco esfuerzo se deslizó por el borde de la torre. Sin embargo, Elios cayó a las aguas oscuras de la laguna, sano y salvo. Las esfinges se abalanzaron sobre el corbrejal como un puñado de caimanes hambrientos que no dejarían ni los huesos. Él logró salir del agua y aprovechó que estaban todas juntas para lanzarles las turmas de salamandra de fuego. La explosión de las llamas las envolvió hasta  calcinarlas y robarles su color dorado. Ahora Elios debía subir de nuevo a la torre para arrebatarles el prisma a Aréstel y Mayus; pero justo cuando se disponía a escalarla, ellos acababan de bajar de ella. Mayus se lanzó a su cuello cual lebrel rabioso, intentando estrangularlo con todas sus fuerzas. Elios empezó a ver todo de color azul oscuro y multitud de lucecitas brillantes, pero tanteando como pudo, consiguió quitarle uno de sus cuchillos y clavárselo en el costado. Y Aréstel, que como sabemos era el más listo, se sacó del bolsillo una última turma que había escondido en secreto. Miró con vengativo detenimiento a un Elios medio ahogado, medio herido, sin fuerzas para levantarse.
─Eres en verdad un viejo que ya no sirve ─le dijo con total desprecio, y le tiró encima la turma, que lo prendió en el fuego del castigo más merecido.
Aréstel le robó la ácida espada y, sin perder un minuto, se largó de aquel claro del bosque. Se alejó con la velocidad que sus piernas le permitían, usando la brújula brújuda y el agua de luna como guías. Pero sin previo aviso, algo duro como el granate le cayó encima y le partió el cráneo. Era la rana Baseligas, que no iba a consentir que nadie se llevara el tesoro que por tantos años había ambicionado.


domingo, septiembre 28, 2014

Antonio García Vargas. El amor - Marguerite Durás- .




CRÍTICA DE LIBROS

EL AMOR
Marguerite Durás—

Muchas veces, demasiadas, intentando encontrar algo novedoso sobre esta autora singular, me he topado, casi siempre, con la misma cantinela sobre manidos y presuntos análisis de la obra literaria de Marguerite, con titulares tales como: «La francesa que escribió lo prohibido» y poco más de relieve, como si esta autora se hubiera quedado estancada en «El amante» y en sus agitadas pasiones personales, aparente disipación y demás.

Echo de menos en estos repasos al uso a la obra literaria, y a la vida íntima, cercana, de Marguerite Duras, un librito que para mí es la esencia de ese «decir entrecortado» que ella usaba cuando se le desbocaba el alma y que la llevó a posicionarse para siempre en la categoría de escritora «distinta» y poco convencional. Me refiero a ese minúsculo, emotivo y desconocido libro a corazón abierto llamado «El amor», que incomprensiblemente nadie cita cuando se habla de ella y su obra.

Para mí, «El amor» es una joya que se puede leer mil veces sin que el interés y el pasmo que produce decaiga. Es tan distinto de lo «trillado» que la primera vez que lo leí, hace más de veinte años, la sorpresa y el rechazo instintivo me sobrecogieron por igual. Digamos que me produjo un choque singular que en primera instancia no supe definir pero que me obligó a dejar de leer el libro por un tiempo pero no a dejar de pensar en él. Tiempo después retomé la lectura desde otro ángulo y me encontré, me reconocí y me amé, en sus palabras, murmullos más bien, depositando en el fondo de mi ser el texto hermano de la palabra que se expresa casi sin expresarse en el abismo interior de algo que se nombra sin ser nombrado y de un amor que te penetra con la desgarrante crueldad y aparente desgaire del propio vocablo no pronunciado.
Esta auténtica joya literaria, que al parecer nadie ha apreciado, es para mí talismán desde que hace ya muchos años logré penetrar la aparente coraza externa de tan increíble y tierna criatura literaria. Marguerite ha sido mi musa en muchos escritos donde la cito y en muchísimos otros donde sin citarla es protagonista absoluta de lo que digo aun cuando el texto no lo refleje para el lector, a no ser que este conozca en profundidad la extrema sensibilidad de esta sufriente Eva-Mujer-Amor, que apuró hasta el fondo la copa de la Vida vaciándose, vaciándola, llenándose y llenándola de contenidos.
El pequeño, mágico y atípico librito llamado «El amor», forma parte desde hace décadas de mi reducido grupo de afiches o fetiches imprescindibles. Difícilmente emprendo un largo viaje sin llevarlo en mi «mochila» de artículos de primera necesidad, tal y como se lleva la maquinilla de afeitar, la pasta de dientes o un juego de condones. Y cuando no viajo, es mi inseparable compañero y hasta diría que amante táctil, siempre sobre la mesita de noche, junto a la cabecera de la cama, que es el lugar donde tengo mis libros escogidos, para leer y relajarme después de cada jornada, antes de que me venza el sueño y se pronuncien mis fantasmas.

Antonio García Vargas

Antonio Praena por José Antonio Santano.


_Por José Antonio Santano

YO HE QUERIDO SER GRÚA MUCHAS VECES

Lo primero que uno se pregunta cuando tienes este poemario entre las manos es la causa, el motivo que llevó a su autor a titularlo así: Yo he querido ser grúa muchas veces. ¿Por qué ese deseo de ser grúa? ¿Qué representa la grúa para el dominico y poeta Antonio Praena, qué proceso de selección le llevó a determinar esa máquina, su simbolismo, por qué esa aspiración, ese anhelo? ¿Qué vio en ella, su altitud paradigma de ascensión al cielo, paraíso, edén celestial? ¿Quizá su función de máquina que soporta la carga –¿de los pecados del hombre en la sociedad actual?- y la traslada hasta el lugar más idóneo; tal vez la idea de refugio y nido de las bandadas de pájaros que vuelan la ciudad en sus migraciones? Por separado o unidos todos los motivos caben en el discurso poético contenido en este poemario galardonado con el XXVI Premio Tiflos de Poesía. El planteamiento textual pasa, inexorablemente, por su carácter místico, quizá no tan hondo y apasionado como lo hallamos en Fray Luis de León o Santa Teresa de Jesús. El misticismo en Praena es más reservado y atemperado, sin negarle su esencia. La cruda realidad que observa a su derredor hace que el verso se revista de humano sentir y vuele trascendido a otros lugares.

De ahí la necesidad del vuelo, de la libertad como el más preciado tesoro; en esa simbología del vuelo, la otredad: «No el ser. / No lo uno. / No lo bello. // Lo otro. // Tú.», en este poema perteneciente a la primera parte del libro “Horas de vuelo”, con referencias constantes y continuadas a los pájaros, cuyo vuelo sigue una vez y otra, en la esperanza del encontrar el camino, o crearlo. Mas el hombre como tal ha de pagar un precio alto en la sociedad actual: conocerá de la soledad y la niebla: «cuando en los centros comerciales estoy solo […], cuando el no de los hombres se consuma / y el sí de Dios es carne aniquilada, / no sé muy bien por qué, / me acuerdo de aquel nido», de la vuelta al hogar (nido) primigenio. Igualmente en “Pájaro de providencia”, el poeta viaja hasta el convento de Santo Domingo (Scala-Coeli) en Córdoba para reunirse con Luis de Góngora y Fray Luis de Granada, y sollozar cuando oye los pájaros, sentir el vaciamiento (Kénosis): «salió del gran silencio para darnos / la eterna condición / que sólo a su bondad pertenecía» o vivir en El tiempo de Planck: «Cero coma (45 ceros) / un segundo después del gran silencio», el tiempo del amor. Praena juega con la palabra y en esa búsqueda incesante prevalecen y se repiten, por su simbolismo: vuelo, pájaros, nido; en otros casos son como luminarias de un tiempo oscuro, o cuando menos, gris. Así en el apartado correspondiente a “Pájaro de esperanza”, la palabra es cercana, cotidiana: «Ha estado en el sicólogo. / Le ha dicho que ya es hora de saltar / del nido, que la vida está en el riesgo, / que rompa el cascarón, estrene alas […] Ha estado en el sicólogo. / Buscaba un poco de aire. // Le ha cobrado 100 euros». Con “El amor a los pájaros”, vuelve a incidir en la necesidad del vuelo (libertad), y con versos heptasílabos nos dice: «Poca cosa es un ala. / Por profundas razones / sabemos todos bien / que sin otra no es nada», en clara correspondencia con su sentido humanista: el hombre solo no es nada, no es si no está en el otro, si no vive en el otro. ¿Es su visión religiosa de la vida o su humano sentir que vive en Dios, la única y verdadera respiración (Ruah)? Praena, de una u otra forma, busca conmoverse en las cosas sencillas que la ciudad ofrece, tal vez una simple grúa: «Me conmueven las grúas en invierno. / Parecen estar vivas y cumplir / su vértigo llenándose de grajos / que bordan en su acero un pentagrama. La esencia de las grúas son las aves / de paso. / Las cruces de este siglo / donde todo se mueve, son las grúas: / inmóviles, calladas, imposibles. […] Las grúas son amigas de los pájaros». Y el recuerdo persiste en salir a la calle, tomar el aire y expandirse desnudo y libre, como así sucede en el poema Tu vientre, que dedica a su madre: ¿Recuerdas la alameda de los pájaros, de los corzos, de Las Vargas, de los años, de tu madre? Conviene señalar de la parte denominada “Stripper” unos versos que nos devuelven al poeta humanista: «aquí soy vuestro hombre porque un hombre / que es pájaro y que es canto y aire mismo / de voces muchas otras y otras alas / concurro a vuestro aliento y me desnudo / de todo lo que soy para ser vuestro». “Écfrasis” sea quizá la parte en la que simbología ocupa un lugar más destacado en poemas como Quizá una golondrina, Anunciación del Prado, Pelícano o :Siempre. Concluye el poemario con un “Prólogo” que es epílogo, o viceversa, y en el que el poeta halla la verdad –su verdad-: «Le aguarda al hombre un tiempo y no depende / de la destreza de sus alas: la más honda / verdad está en el viento». Dos voces en una, la del dominico y la del poeta, el misterio y la cruda realidad son un mismo canto. Y yo añado: también en mis brazos de grúa decenas de pájaros descansan y miran al infinito. La simbología y la mística danzan en el aire, vuelan hacia un cielo azul de mar.
Título: Yo he querido ser grúa muchas veces
Autor: Antonio Praena
Edita: Visor (Madrid, 2ª ed. 2014)


jueves, septiembre 25, 2014

Milan Kundera. La fiesta de la insignificancia.

MILAN KUNDERA
“LA FIESTA DE LA INSIGNIFICANCIA”
EDITORIAL TUSQUETS EDICIONES
ISBN: 978-84-8383-928-7



Ha pasado un tiempo de obligada meditación sobre los aspectos que más me han gustado de "La fiesta de la insignificancia" de Milán Kundera.

El libro está dividido en siete partes, cada una con autonomía suficiente como para hacer una lectura independiente de cada capítulo. Te enterarás perfectamente jugando con leerlo de principio a fin como salteando capítulos. De hecho, aconsejo segundas lecturas anárquicas. Sorprende y es grato siempre. No decepciona.


Si tuviera que resumir todo el libro en una frase, emplearía lo que diría el mismo autor haciéndole un guiño a Wiltod Gombrowicz: "Cuanto más inteligente se es, más estúpido es la persona". Habría que preguntarse hasta qué punto es humor o desahogo, grito o desesperanza, una cura psicológica de un pasado que vivió intensamente y que ahora, llegada la madurez no parece que sea tan importante ni tan significativo. "Nacimiento tan lejano y su muerte tan cercana, en palabras del amigo que ya no tiene cáncer


Entresaco algunos textos del propio autor que van resumiendo el desarrollo de la novela-ficción.

Primera parte. Los protagonistas se presentan.

Ramón pasea por el Jardín de Luxembourg. Se exponía la obra de Chagall. Máscaras que reproducían las caras de Balzac, Berilos, Hugo o Dumas. Exposiciones que eran obligadas de ver por lo que se consideraba la élite cultural del momento.

No habrá cáncer. Nacimiento tan lejano y su muerte tan cercana. La inmortalidad representada por las estatuas de las antiguas reinas de Francia, todas ellas esculpidas en mármol blanco, de pie en poses solemnes que le parecieron divertidas, casi alegres.

Ramón visita a Charles. Las memorias de Nikita Jrushchov, la historia de las veinticuatro perdices, Quaquelique.

La lección de Ramón sobre lo brillante y lo insignificante. Incluso sus bromas siempre son moralistas, optimistas, correctas, pero las envuelve en una enrevesada elegancia y las enreda de tal manera que resultan tan difíciles de entender que, aunque llamen la atención, no provocan reacción inmediata alguna.

Quaquelique no es que sea silencioso. Pero, cuando está rodeado de gente, habla siempre con un hilo de voz que silva más que habla, aunque nada de lo que dice llama la atención.

Charles se ríe. No te rías. No es fácil hablar sin llamar la atención. Estar siempre presente gracias a la palabra no obstante permanecer inoído, ¡eso requiere virtuosismo! El sentido de semejante virtuosismo se me escapa. El silencio llama la atención. Puede impresionar. Darte un aire enigmático. O sospechoso. No ha entendido nada, y aún hoy no entiende nada acerca del valor de la insignificancia. La inutilidad de ser brillante. Sí, lo entiendo. Es algo más que inutilidad. La nocividad.


Un narciso no es un orgulloso. El orgulloso desprecia a los demás. Los subestima. El Narciso los sobrestima porque observa su propia imagen en los ojos de los demás y desea embellecerla.

Máscaras. Reto a la enfermedad. La mentira, la risa. Odio a la incultura. Todo ello bajo la broma moralista, optimista, correcta y elegante para que resulten difíciles de entender.

Ella -la mujer en el libro tiene su papel en la figura de la madre, - que le habla hasta después de muerta-, la maga o dama que embellece las fiestas, la que fue poderosa y está omnipresente en las estatuas del parque, la humilde, representada como criada cuyo origen es extranjero pero que habla perfectamente el francés,.. todas las mujeres, la mujer, también se siente obligada a deslumbrar. A no entregarse sin resistencia. Mientras que la insignificancia la libera.


Segunda parte. El teatro de marionetas.


Las veinticuatro perdices. Si me lo hubiera contado el propio Stalin, ¡lo habría aplaudido! Pero ¿de dónde has sacado esa historia? Las memorias de Jrushchov y las perdices de Stalin. A nadie le cupo la menor duda. Porque todos a su alrededor habían olvidado ya qué es una broma. Y, a mi entender, eso anunciaba ya la llegada de un nuevo gran periodo de la Historia.

Charles sueña con una obra para el teatro de marionetas. En mi vocabulario de descreído, una sola palabra es sagrada: la amistad. Un gran apoyo a Stalin, el gran héroe del progreso. El tiempo corre. Gracias a él, primero vivimos, lo cual quiere decir que ya hemos sido acusados y juzgados por la gente. Luego morimos y permanecemos aún unos años entre los que nos han conocido, pero muy pronto se produce otro cambio: los muertos pasan a ser muertos viejos, de los que ya nadie se acuerda y que desaparecen en la nada; tan sólo unos cuantos, muy , muy pocos, imprimen su nombre en la memoria de la gente, pero, ya sin testigos fehacientes, sin un recuerdo real, pasan a ser marionetas. Nadie tiene el derecho de simular la restitución de una existencia humana que ha dejado de ser. Nadie tiene derecho a crear a un hombre a partir de una marioneta.

En otra ocasión, Charles da a sus amigos una charla sobre Kalinin y la capital de Prusia. Un hombre, sin poder real alguno, un pobre e inocente pelele, quien, sin embargo, fue durante mucho tiempo presidente del soviet supremo, o sea, desde el punto de vista del protocolo, el más alto representante del Estado. Pero, cuando Kalinin se encontraba en su reducido círculo de camaradas, a nadie se le ocurría aplaudir su orina. Era demasiado disciplinado para atreverse a molestarlo con sus idas y venidas al baño. (más que risas esto es patético)

Alain descubre la desconocida ternura de Stalin.
La palabra ternura no le pega demasiado a la reputación de Stalin, el Lucifer del siglo, ya lo sé, su vida estuvo repleta de conspiraciones, traiciones, guerras, encarcelamientos, asesinatos, masacres. El afecto por un hombre que sufre. En su vida feroz, ese momento era como un descanso.

¡Catalina la Grande, Pushkin, Chaikowski, Tolstói!

Tercera parte. Alain y Charles piensan con frecuencia en sus madres.

La primera vez que se sintió atraído por el misterio del ombligo fue cuando vio a su madre por última vez. ¿Me estoy repitiendo? ¿Empiezo acaso este capítulo con las mismas palabras que empleé al principio de esta novela?

Cuarta parte. Todos andan buscando el buen humor.


Calibán. Actor que percibe el subsidio del paro. Su última obra fue La tempestad de Chakespeare.
Las chaquetas blancas y la joven portuguesa.
La sirvienta.

La foto colgada de la pared. No tenía fotos en su estudio, salvo ésa: la cara de una mujer joven, su madre. De cómo se pare a un hijo a perdonazos. El odio del hombre y el odio de la mujer en el momento del orgasmo del hombre; el odio del hombre tranquilo y físicamente fuerte acoplado al odio de la mujer valiente y físicamente débil.

Ramón llega al cóctel de muy mal humor. Le gustaba el éxito siempre y cuando no suscitara envidias; le complacía ser admirado, pero rehuía a los admiradores. El ser humano no es sino soledad. Una soledad de soledades –añadió La Franck, tras lo cual engulló el resto, dio media vuelta y se fue a otra parte.

Alain coloca una botella de Armagnac encima del armario. De cuadros del Bosco, de Gauguin ( y de quién sabe qué otros), que delimitaban para él su mundo íntimo. ¿Un poeta? ¿Existirán todavía los poetas? En el que debía hacerse valer no tanto su originalidad, sus ideas o su talento, como su inteligencia, o sea, esa capacidad aritméticamente medible que no se distingue entre distintos individuos sino cuantitativamente- unos más, otros menos, ... La gloria del eximio poeta que, gracias a su humilde veneración de la poesía, había jurado no volver a escribir un solo verso más.

La llamada de Quaquelique al buen humor. Por eso voy cambiando de amiguitas. La has desiniestrado tú- dijo Ramón riendo él también. Ya que se marchaba; los movimientos de su trasero le hacían guiños, le incitaban.

Quinta parte. Una plumita planea bajo el techo.
Pero Charles aún no estaba preparado para afrontar el final; él habría querido aplazar ese final. La imagen de su madre enferma surgió ante él y su corazón se encogió.

El final de una ensoñación. En algún lugar por encima de ellos, planea una amenaza invisible, incorpórea, inexplicable, inasible, impunible, maliciosamente misteriosa.

Lamento de Ramón por el fin de las bromas. Charles y tú habéis inventado la farsa de la lengua pakistaní para divertiros durante los cócteles mundanos en los que no sois más que lacayos de los esnobs. Comprendimos desde hace mucho que ya no era posible subvertir el mundo, ni remodelarlo, ni detener su pobre huida hacia delante. Sólo había una resistencia posible: no tomarlo en serio.
¡El crepúsculo de las bromas!
¡Ah, el buen humor! ¿Nunca has leído a Hegel? Hegel dice que el verdadero humor es impensable sin el infinito buen humor, escúchalo bien, eso es lo que dice literalmente: infinito buen humor. No la burla, no la sátira, no el sarcasmo. Sólo desde lo alto del infinito buen humor puedes observar debajo de ti la eterna estupidez de los hombres, y reírte de ella.
¿Cómo encontrar el buen humor?

Se va La Franck. Con la mano siempre en alto, declamó con voz estentórea (pese al trozo de pastel que tenía en la boca): El cielo me señala que mi vida será aún mejor que antes. ¡La vida es más fuerte que la muerte, porque la vida se alimenta de la muerte!

Se va Ramón. ¿La risa? ¿Le habrá distinguido el buen humor hegeliano por fin desde arriba y habrá decidido acogerlo en su seno? ¿No era una señal para captar esa risa, para guardarla el mayor tiempo posible?

El árbol de Eva. Me gusta todo lo que has contado, me gusta todo lo que inventas, no tengo nada que añadir. Salvo, quizá, lo del ombligo. Para ti el modelo de mujer sin ombligo es un ángel. Para mí, es Eva, la primera mujer. No nació de vientre alguno, y sí de un capricho, de un capricho del creador. De ella, de su vulva, de la vulva de una mujer sin ombligo, es de donde procede el primer condón umbilical. Si creyera en la Biblia, …

Sexta parte. La caída de los ángeles

Adiós a Mariana. Sí. A pesar de mi estúpida fama de marido infiel, ¡siento una insalvable nostalgia de la castidad!

La botella de Armagnac en su orgullosa altura.
El mundo según Schopenhauer. La gran idea de Schopenhauer, camaradas, es la de que el mundo no es más que representación y voluntad.