5 ago. 2016

PUERTA DE PURCHENA. IDEAL 03/08/2016. Pilar Quirosa-Cheyrouze



PUERTA PURCHENA. IDEAL. 3/8/16. Pilar Quirosa-Cheyrouze

40 AÑOS DESPUÉS

Pasan los años. El tiempo se escurre entre los dedos, asfixiado por las manecillas del reloj. Y en muchos órdenes de la vida, hoy como ayer, continúa existiendo el desencanto.
Han pasado los años. Y nosotros, en clave nerudiana, tampoco somos los mismos. No, definitivamente aquellos tiempos son irrepetibles. Como ‘aquellas pequeñas cosas’ a las que cantaba con tanto acierto Joan Manuel Serrat, atrincheradas en un baúl donde se guardaban los tesoros más preciados de la adolescencia, como aquella caja de minerales y conchas recogidas en la playa. Tiempos de insignias, banderines, cromos y fotografías. Tiempos de esperanza.
Un paisaje que hubiéramos querido cambiar, caminando hacia el futuro. Lejos del que tuvimos que vivir en aquellos días, tras la muerte de Javier Verdejo, en la madrugada del 13 al 14 de agosto de 1976 en la playa de San Miguel, un suceso grabado a fuego. Hoy, 40 años después. Pan, trabajo y libertad, pedía Javier. ‘Pan que a todos nos llegue, trabajo que no nos falte, libertad de respirar’, cantaba poco después el grupo Aguaviva, como homenaje. Un deseo truncado por el disparo de un guardia civil. La pintada del amigo quedó escrita, sin terminar, en aquel muro, testigo de sus últimos minutos de vida. PAN´T “Caminas lentamente, muy lentamente. Es de noche. El ruido sordo del mar es tu compañero. Allá en el horizonte todo es negro, Todo. ¿No lo ves? Sí, lo ves. Puedes verlo. Ahora puedes verlo”, aquellos versos que escribí, dedicados a su memoria. Memorial de sombras, aquel paisaje oscuro, la España negra. La visión de una playa que ya nunca fue la misma. Una visión triste, desolada. La muerte a dos pasos, un blanco y negro cruel y desgarrador, oscuro temblor de tristeza.
Recuerdo aquellos días en que soñábamos con un cambio posible y deseable, junto a la bandera que portaban los integrantes de la Joven Guardia Roja. Nos impresionaba y mucho las ilusiones que tenía Javier. Queríamos que el mundo cambiase, que llegase un poco de luz ante las sombras de la carestía, tantas cosas que él reivindicaba para mejorar una sociedad gris. Un lugar donde abrir un espacio renovado. Un futuro, porque entonces sí existía la fe en el mañana. Éramos jóvenes. Jóvenes para vivir, para vislumbrar un camino, aún no contraprogramado por la aparición de otras realidades. Era una vida, una senda en construcción. Un refugio para todo aquel que quería seguir el curso de la transición democrática. La vida de Javier estaba inmersa en la planificación de un horizonte, la memoria llena de atardeceres para alcanzar la igualdad y la libertad. Esa mirada especial, idealizada si se quiere, ese talante constructivo donde perviven los sueños. El azar segó su vida y la terrible realidad nos llegó en forma de llamada telefónica –entonces no había móviles-, a primera hora del día. Tristeza e incredulidad. El paisaje se convirtió en cristal roto tras el disparo. De alguna forma, aquel aciago día algo cambió para siempre. No así la esperanza. Sabíamos que nadie nos la podía arrebatar.