sábado, 12 de noviembre de 2016

DIARIO DE ALMERÍA. MANUEL PEÑALVER


TRIBUNA

MANUEL PEÑALVER
Catedrático de Lengua Española de la Univesidad de Almería

Parque de Nicolás Salmerón

Las fuentes de los Peces, del Remador y de los Delfines son un manantial que, infinito, se convierte en perlas blancas que se elevan más allá de los símbolos
Almería es esa ciudad soñada en la que vivir caligrafía una antología de la existencia de modo que la sintaxis de su luz conforma una oda al día y a la madrugada en las rimas del alba cuando los versos son baladas que leemos con dilección cervantina. Por ello mismo, recordamos aquellos instantes que Borges hizo nuestros en la orilla de vivencias, que rescatan el tiempo en su odisea joyceana. Son las siete de la mañana de estas veinticuatro horas del sábado, con ese olor inconfundible que tiene noviembre a metáforas y sinestesias entre la aurora y el ocaso. En mis manos, un hermoso libro que fue editado por el Instituto de Estudios Almerienses en 2012. El título, sugerente y espléndido, letra por letra: «Poesía del paisaje almeriense: estudio y textos». Su autora, María Isabel Galera Fuentes. 
Del mismo extraigo este mirífico poema titulado «Frente al mar de Almería» del gran poeta que es Paco Domene: 
«Heme aquí con treinta años 
/ menos, mar, meditando, 
/ ofreciendo la vida 
/ a quien quiera tomarla /.
 Y tu agua es, mar, la misma 
/para mis pies distintos /. 
Mar: gaviotas me envuelven con ligeros silencios / 
y traíñas se enredan / 
en los peces más vivos /.
 Una turba hay aquí /
 de estrellas y de pájaros /. 
Los filos de esta noche / 
parece que no cortan /
 ni memoria, ni tiempo, /
 ni palabras siquiera: / 
la verdad eres tú /que siempre permaneces /
 en los mismos azules».
Salgo a la calle a las ocho en punto. A los pocos minutos, ya tengo un ejemplar de este periódico, radiante como el fragmento que mueve a la literatura para ponerla en el irrevocable curso que fluye hacia el río de Heráclito. Han muerto dos Maestros de la creatividad: Leonard Cohen y Francisco Nieva. La lectura del periódico es un ejercicio intelectual que enriquece y engrandece la eternidad de lo que sucede en esta tierra y en el mundo. En Andalucía y España. Con sus páginas dilectas, me acerco a un lugar tan paradisíaco como es el Parque de Nicolás Salmerón. Un vergel centenario, donde cada metro cuadrado es una copla a la hermosura que, esplendorosa, prodiga su lirismo en la memoria que habita el olvido. Comienzo por la parte que se conoce como parque nuevo. 
Armonía, belleza, égloga, soneto garcilasiano en los momentos en los que la poesía se hace universal en la historia de la cultura de este mar legendario y antiguo; hecho verso entre el incierto ayer y el hoy distinto. Entre la métrica inefable de Julio Alfredo Egea y aquella escritura que late bajo la luna como un adjetivo que buscamos hasta encontrarlo. Las fuentes de los Peces, del Remador y de los Delfines son un manantial que, infinito, se convierte en perlas blancas que se elevan más allá de los símbolos, para permanecer en nombre propio con la caligrafía de lo que somos y seremos al fin.
Con el nombre del presidente de la primera República, grabado en el aún que emerge, este verde edén se divide en dos partes, que son endecasílabos antológicos que caligrafían sus sílabas desde la calle de Reina Regente hasta la fuente de los Peces y desde esta hasta la avenida del Mar. Cuarenta ocho clases de árboles míticos, desde la palmera de la reina al cerezo japonés, en la raíz de sus sombras nerudianas, treinta y dos clases de arbustos y vivaces, desde la flor de temporada a la viña del Canadá, y monumentos son el otro río de las generaciones, que aclamamos con las estrofas las cuales leímos alguna vez al iniciar el paseo de la infancia. La fuente de los Peces, diseñada por Jesús de Perceval, es un homenaje que versifica la entrada al casco antiguo por la calle Real. Un remanso de paz que perdura en la lámina clásica de su épico universo con un mensaje que semeja la mirada al espejo de la libertad como una magia entre nosotros mismos. 
Definitiva, como la tarde que regresa para seguir su camino hacia el sur, tan secreto y visible como un hexámetro de Homero. Como la sabiduría que contempla la ciudad, cuando caminamos por la historia universal al alcanzar la cumbre de la Alcazaba en la aventura de su leyenda; sabiendo que la perspectiva es la geometría de una lejanía, grandiosa y viva.
Y, así, como una voz que le da forma a su cadencia, surge este límpido poema de Emilio Barón: 
El mar aguarda en vano tus miradas,
 / en vano ensaya espumas en la arena /.
 No partiremos juntos. 
Alguien / -que no eres tú- lo sabe, /
 lo está diciendo el viento gris, / 
el agua en calma de la tarde /.


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