domingo, enero 29, 2017

ASEDIOS A LO INDECIBLE. Por JOSÉ ANTONIO SANTANO.

SALÓN DE LECTURA _José Antonio Santano


ASEDIOS A LO INDECIBLE
San Juan de la Cruz canta al éxtasis transformante

Vivimos un tiempo extraño, necesitado de luz y alma. Es tanta la mediocridad que nos rodea que cuando uno se encuentra o halla en el camino a personas de la talla de Luce López-Baralt (Puerto Rico, 1950) no se puede por menos que expresar eterno agradecimiento por el conjunto de su obra, de la que destacamos, entre otros, los siguientes libros: “San Juan de la Cruz y el Islam”, “Huellas del Islam en la literatura española. De Juan Ruiz a Juan Goytisolo”, “A zaga de tu huella”. La enseñanza de las lenguas semíticas en Salamanca en tiempos de san Juan de la Cruz, “Moradas de los corazones de Abu-l-Hasan al-Nuri de Bagdad” o “Poemas de la vía mística de Seyyed Hoseein Nasr”. Esa luz y alma de la que hablaba al principio nos la reportan los textos de la catedrática de Literatura española y comparada en la Universidad de Puerto Rico, Luce López-Baralt. Sus estudios sobre literatura mística son un referente en cualquier trabajo que se pretenda afrontar. Sus trabajos anteriores y este que traemos a nuestro particular “Salón de lectura” titulado “Asedios a lo indecible. San Juan de la Cruz canta al éxtasis transformante”, son de tal altura que uno se adentra en ellos seguro de descubrir un mundo tan desconocido como apasionante, donde el misterio se revela en la palabra como una deslumbradora luz, alma toda de una forma de entender la vida que nos traspasa y perturba, agotándonos en la esencialidad y pureza de ese sentir la espiritualidad que denominaremos mística. Precisamente esta dedicación a la investigación y estudio crítico de la literatura le ha valido reciente y muy merecidamente el Premio Internacional de Ensayo Pedro Henríquez Ureña 2016 que concede la Academia Mexicana de la Lengua y dirigido a escritores en castellano que hayan destacado en el género del ensayo, como también fue reconocida con el Premio Nacional de Investigación y Crítica de Puerto Rico por su libro “El cántico místico de Ernesto Cardenal, publicado por la editorial Trotta en el año 2012. En 2016 se llevaba a cabo la 2ª edición del libro que hoy comentamos: “Asedios a lo indecible”, un texto fundamental que analiza profundamente la poesía de san Juan de la Cruz, el más grande místico de la historia de la literatura. Análisis que López-Baralt concreta en tres partes esencialmente: la primera, “El «Cántico espiritual» del Simurg que descubre que era lo mismo que cantaba”, que abre con una clarificadora cita de Alfred Lord Tennyson: «La lección (de la experiencia mística) implica una seguridad esencial: el Reino está dentro de uno mismo». Para Luce «San Juan es, en efecto, un maestro del “des-decirse”: se trata de una de sus más eficaces técnicas literarias para abordar lo Innombrable». En “Cántico espiritual” hallamos la culminación de la poesía mística de San Juan de la Cruz, y así lo escribe la autora de este libro: «Una vez más, los versos, de una hondura abismal, nos entregarán secretos portentosos de la vivencia infinita de su autor, tan difícil de explicitar porque se encuentra completamente al margen de la lengua y de la razón humana. Para encaminarnos de alguna manera a la tesitura sobrenatural de esta experiencia, lo primero que hace el agudísimo poeta con este conjunto de liras desconcertantes es poner sordina a nuestras capacidades racionales». 


La segunda parte, “A oscuras y en celada: la fusión nocturna en el Amor Indecible, nos adentra otra de las obras fundamentales del carmelita Juan de la Cruz, “La noche oscura”. En el análisis de esta obra López-Baralt nos dice que «las coincidencias entre san Juan y los místicos de Oriente resultan muy estrechas […] Los sufíes del Irán elaboraron pormenorizadamente el símbolo de la noche oscura del alma a lo largo de la Edad Media, y lo hicieron tanto en lengua persa como en lengua árabe». Resumen el estudio de Luce López-Baralt estas palabras: «La alusión velada pero indiscutible que hace a su vez en la “Noche oscura” al eterno dilema del eros y el tánatos –vivir el amor es morir a uno mismo para vivir en el amado- hunde el poema en un mundo de significaciones mucho más complejas de las que tendría un simple poema de amor erótico que se limitase al estricto plano carnal», y añade, para concluir:«La “Noche oscura” constituye un verdadero prodigio literario». La tercera y última del estudio la titula “Ya por aquí no hay camino: la combustión transformante final de la “Llama de amor viva”. Escribe López-Baralt: «En el poema de la “Llama de amor viva”, en que celebra los límites de su unión transformante, el príncipe de los místicos españoles acude al antiguo símbolo de la llama abrasadora para explicitar de alguna manera estos grados últimos de su combustión espiritual». Concluyo, “Asedios a lo indecible” es un libro imprescindible para poetas e investigadores y su autora, Luce López-Baralt, garante y luz que alumbra la literatura mística de todos los tiempos.

Título: Asedios a la indecible. San Juan de la Cruz canta al éxtasis transformante
Autor: Luce López-Baralt
Edita: Trotta (2ª ed. Madrid, 2016)


viernes, enero 27, 2017

ABIGAEL BOHÓRQUEZ. LLANTO POR LA MUERTE DE UN PERRO

ABIGAEL BOHÓRQUEZ
Abigael bohórquez
Abigael Bohórquez

Abigael Bohórquez fue un poeta y dramaturgo mexicano. En su obra poética sobresalen los motivos homoeróticos, la autocompasión del yo lírico, y las reflexiones metapoéticas. Wikipedia

Fecha de nacimiento: 1936, Heroica Caborca, México
Fecha de la muerte: 28 de noviembre de 1995, Hermosillo, México
Educación: Instituto Nacional de Bellas Artes
Libros: Poesida, Más
Otras personas también buscan:Françoise Roy, Claudia Barreda Gaxiola,Dionicio Morales


Llanto por la Muerte de un Perro

Hoy me llegó la carta de mi madre
y me dice, entre otras cosas: —besos y palabras—
que alguien mató a mi perro.

“Ladrándole a la muerte,
como antes a la luna y al silencio,
el perro abandonó la casa de su cuerpo,
—me cuenta—,
y se fue tras de su alma
con su paso extraviado y generoso
el miércoles pasado.
No supimos la causa de su sangre,
llegó chorreando angustia,
tambaleándose,
arrastrándose casi con su aullido,
como si desde su paisaje desgarrado
hubiera
querido despedirse de nosotros;
tristemente tendido quedó
—blanco y quebrado—,
a los pies de la que antes fue tu cama de fierro.
Lo hemos llorado mucho…”

Y, ¿por qué no?
yo también lo he llorado;
la muerte de mi perro sin palabras
me duele más que la del perro que habla,
y engaña, y ríe, y asesina.
Mi perro siendo perro no mordía.
Mi perro no envidiaba ni mordía.
No engañaba ni mordía.
Como los que no siendo perros descuartizan,
destazan,
muerden
en las magistraturas,
en las fábricas,
en los ingenios,
en las fundiciones,
al obrero,
al empleado,
el mecanógrafo,
a la costurera,
hombre, mujer,
adolescente o vieja.

Mi perro era corriente,
humilde ciudadano del ladrido-carrera,
mi perro no tenía argolla en el pescuezo,
ni listón ni sonaja,
pero era bullanguero, enamorado y fiero.
A los siete años tuve escarlatina,
y por aquello del llanto y el capricho
de estar pidiendo dinero a cada rato,
me trajeron al perro de muy lejos
en una caja de zapatos. Era
minúsculo y sencillo como el trigo;
luego fue creciendo admirado y displicente
al par que mis tobillos y mi sexo;
supo de mi primera lágrima:
la novia que partía,
la novia de las trenzas de racimo y de la voz de lirio;
supo de mi primer poema balbuceante
cuando murió la abuela;
al perro fue en su tiempo de ladridos
mi amigo más amigo.

“Ladrándole a la muerte,
como antes a la luna y al silencio,
el perro abandonó la casa de su cuerpo
—dice mi madre—
y se fue tras de su alma —los perros tienen alma:
una mojadita como un trino—
con su paso extraviado y generoso
el miércoles pasado…”
Ay, en esta triste tristeza en que me hundo,
la muerte de mi perro sin palabras
me duele más que la del perro
que habla,
y extorsiona,
y discrimina,
y burla;
mi perro era corriente,
pero dejaba un corazón por huella;
no tenía argolla ni sonaja,
pero sus ojos eran dos panderos;
no tenía listón en el pescuezo,
pero tenía un girasol por cola
y era la paz de sus orejas largas
dos lenguas
de diamantes.

AHORA, CALLAD UN POCO. P. PAN

Autor: P. Pan ... red.retevision.es
Fecha: 31/07/2000 17:07


Ahora, callad un poco
permitidme un último monólogo
pues me encuentro lejano
desde hace mucho tiempo.

No parece importaros convivir
con el homo sapiens non sapiente
que atraviesa las calles siempre a solas
con tal de que, al final,
repose en vuestras casas.

Me apagaréis de golpe
cualquier brillo
que destelle en mis ojos apagados.

Y encenderé la luz,
siempre a las doce,
para que mi serpiente
no se os anide cerca.

Ahora callad un poco
reteneros la furia y la pedrada
hasta que esté tan lejos
que mi figura sea
sólo un punto de luz


publicado en elmundolibro.com


miércoles, enero 25, 2017

NADA. VICTOR OLAYA FERRERO



 

Autor: VICTOR OLAYA FERRERO
Villaviciosa de Odón (Madrid), España

Publicado el miércoles 26 de julio de 2000 en el grupo FANTASIA@eListas.net

el libro DIETARIO  DE COARTADAS 


NADA


Todo este tiempo he vagado de jungla en jungla,

de muerte en muerte.

He ido de un lador a otro

eyaculando en el lodo dulce y cariñoso de las ciénagas

 mi justa

porción de existencia,

para luego exudar gotas de alma carcomida.

He escupido pesadillas tras masticar sueños blandos y pegajosos,

he vomitado el profundo amor intestinal eternamente ignorado.

Embriagado de un repugnante amor infantil,

en ocasiones

he deshojado margaritas de plástico

mientras el Mundo se suicidaba por enésima vez:


me quiere,

  no me quiere,

me quiere,

no me quiere, no me quiere, no me quiere, no me quiere. . .

Y esta mañana,

como colofón místico y tenebroso,

he aparecido en los diarios de páginas inflamables

pidiendo socorro:

"Pretendido poeta de diecisiete años, etc.,etc. . . "

(lo que viene

después no lo pongo por vergüenza).

Y ahora, ¿qué soy?

Acumulo en mí desechos de peligrosa naturaleza,

caricias etereas que un día creí sentir sobre mis manos de yeso.

Amordazado el adivino,

no me queda esperanza puesta en el futuro

y vuelvo a regurgitar dudosos instantes de un pasado

ya desgastado.

(¿Por qué vuelvo al mismo punto

si ya he escrito y leido esta página cientos de veces?)

Con una aséptica fantasía esparciendo dolor por mi mente,

pienso con estúpido orgullo que yo un día tuve una de esas

sonrisas de complicidad,

y mientras tanto,

desde los diarios de páginas inflamables,

pido socorro.

Yo, expeliendo decapitados poemas,

pido socorro.
 

martes, enero 10, 2017

ANTONIO SÁNCHEZ TRIGUEROS. LA POÉTICA DEL SILENCIO.

LA POÉTICA DEL SILENCIO
(Universidad de Granada)


"Esta revaluación del silencio -en la epistemología de
Wittgenstein, en la estética de Weber y de Cage, en la
poética de Beckett- es uno de los actos más originales
y característicos del espíritu moderno".
George Steiner, Lenguaje y silencio.

Una leyenda malagueña del último cuarto del siglo XIX cuenta que en el Teatro Principal, en una de sus largas veladas teatrales, habituales entonces, en la que se programaba concierto musical, obras cortas de autores de la tierra, dramón de Echegaray y un monólogo de la primera actriz, en cuyo beneficio se organizaba la sesión, un conocido autor, actor y empresario local anunciaba como aportación al evento su última obrita titulada LM agonfa del cabo. Llegado el momento de representación de la pieza, se alzó el telón y el Shakespeare malagueño, que aparecía sentado tras una mesa de camilla, sólo ocupada por una palmatoria que sostenía una punta de vela de sebo, después de unos largos minutos de espera, se levantó lentamente, encendió más lentamente el pabilo de la vela y aún más lentamente comenzó a andar hacia su derecha hasta desaparecer del escenario.

Siguieron pasando los minutos y mucho más que minutos y el cilindro se fue consumiendo sin prisa ante la extrañeza primero, el desconcierto después y la sorpresa definitiva de un público, que esperaba quizás un melodrama sobre las guerras pasadas o presentes. Por fin el cabo de vela, después de lo que pareció una excesiva agonía, se apagó y no menos lentamente volvió a caer el telón de boca al son de una triste melodía de flauta municipal y travesera. Se cuenta que el suceso no trascendió del ámbito local, porque, aunque hubo protestas, silbidos y pateo, el escándalo, que ni reprodujo los enfrentamientos del Hernani ni preconizó los del Ubu, se diluyó rápidamente "entre las cenizas de los hechos más efímeros": el buen público pequeñoburgués y provinciano no presentó fisuras ni estaba preparado para entender o disentir de la provocación, el dramón de Echegaray tranquilizó a la platea y el autor, que se sepa, no tuvo valor para insistir en el sutil experimento. ¿Será éste el verdadero comienzo de la vanguardia teatral en Occidente? ¿Acaso contamos con un claro precedente de dada, de Beckett y del mismísimo Bob Wilson? Prometo investigar la cuestión durante el próximo lustro.

Hace unos tres años, en el III Simposio de la Asociación Española de Semiótica presenté una comunicación sobre "Retórica del blanco tipográfico", en la que al plantear el tema escribía: "Se trata, pues, de afirmar la importancia de un vacío, el blanco tipográfico, que a veces, incluso, asienta su protagonismo, como ocurre, ya en otros terrenos, en el célebre cuadro suprematista de Malevitch o en el silencio escénico, que en ciertas poéticas teatrales contemporáneas lo llena todo a través de una vacío verbal que apunta claramente hacia la liberación de la tiranía secular de la palabra, de la que habló Antonin Artaud" (SÁNCHEZ TRIGUEROS, 1990: II, 383).



Desde el conocimiento de la práctica escénica contemporánea se puede constatar el interés sistemático de algunos proyectos por construir un tipo de espectáculo en el que la palabra resulta totalmente o en buena parte ausente, o claramente sometida y disuelta en beneficio de otro tipo de signos escénicos: acción corporal, empleo de la luminotecnia, escenografía arquitectónica y no pictórica, música, sonidos no verbales, etc. Por lo que conozco, creo que la investigación teatral, incluida la semiótica, o sencillamente ignora estas prácticas por considerarlas no teatrales o no ha dado aún respuestas satisfactorias a la explicación del hecho, que en general sigue provocando todavía el asombro, cuando no desinterés o rechazo, de los estudiosos que se aferran al texto dramático como componente esencial de lo que se llama el texto espectacular. La cuestión se inserta en la ya larga polémica entre los que siguen defendiendo la posición
logocéntrica, de raigambre aristotélica, frente a la propia evolución del arte teatral hacia una inversión copernicana de la escena, entendida como "organizador supremo del sentido de la representación" (PAVIS, 1980: 505-506). Veamos unas cuantas muestras significativas de la incomprensión de eso que se ha entendido como "la desverbalización del teatro" (QUADRI, 1977) y que yo, por sus orígenes y su función, prefiero llamar más expresivamente el "silencio escénico". En un volumen temprano sobre Semiología del teatro, de 1975, Jorge Urrutia publicaba "De la posible imposibilidad de la crítica teatral o de la reivindicación del texto literario", en el que, a la par que se adscribía a la concepción de que el teatro se define por una pluralidad de códigos, defendía también con toda valentía y sin tapujos ni disimulos (lo que es de agradecer), que la palabra es en él un elemento imprescindible, que el texto asegura la repetibilidad y que su ausencia lleva al teatro a su desaparición, a su destrucción como tal teatro, confudiéndose con lo efímero de la vida (URRUTIA, 1975). La conclusión apocalíptica de Urrutia coincidía exactamente con lo que la vanguardia teatral venía proponiendo insistentemente desde los sesenta (el Living Theatre, por ejemplo) y que contaba con precedentes cercanos en las acciones de John Cage y lejanos, pero no olvidados, en las veladas dadaístas del Cabaret Voltaire de Zurich: desteatralización de la escena, identificación del teatro con la vida y defensa del azar y del carácter efímero del espectáculo (DE MARINIS, 1988). 
 
En el mismo volumen Cesare Segre, en un trabajo, por otra parte extraordinario, en el que analizaba el texto exclusivamente didascálico de Acte sansparoles, de Samuel Beckett, partía de que con respecto a su ejecución el texto escrito contiene una reserva de significados y de sentido, que precisan valores significativos con respecto a la representación; o sea, corresponde al texto el control del éxito de la ejecución (SEGRE, 1975). 
 
Otro ejemplo muy representativo, Lire le théátre de Anne Ubersfeld, parte de parecidos presupuestos a los anteriores, degrada olímpicamente a los defensores del rechazo del texto {ferrorisme scénique) en pro de la búsqueda de un equilibrio con los que lo sacralizan a ultranza {terrorisme textuel), difiende con decisión que "la materialité du théátre est aussi dans le langage (phoné)" y coloca las tesis de Artaud en la marginacíón de la situación límite írrelevante, siguiendo a Derrida (UBERSFELD, 1977: 8-9, 18).

Pero el ejemplo siguiente es más importante por lo que tiene de compilación de la investigación semiótica sobre el teatro y por aludir directamente al tema. Me estoy refiriendo al Diccionario de Patrice Pavis, que, si bien es cierto que incluye una entrada dedicada al SILENCIO, la verdad es que el texto presenta muchos problemas, pues su autor no se plantea el silencio sino como pausa, intencional o no, o a lo sumo como ausencia de palabras entendida como recurso de contraste en un teatro de componente verbal; ello le lleva a distinguir varios tipos de silencio siempre referidos al campo del teatro decididamente verbal, aunque constate, sin explicarlo demasiado, que desde finales del siglo XIX el silencio se ha convertido en "el elemento central de la composición" dentro del teatro naturalista, en cierto teatro francés de los años veinte o en los personajes de Beckett, estableciendo una tipología muy discutible que no traspasa los límites de un teatro de la textualidad dramática: silencio descifrable (el de Antón Chejov), silencio de la alienación (el del teatro de lo cotidiano), silencio metafísico (en Samuel Beckett) y silencio chismoso (en el melodrama) (PAVIS, 1980: 453-455).

Carmen Bobes, en unas páginas donde recoge, comenta y ejemplifica las distintas posiciones sobre el ser y los caracteres del texto dramático (texto literario y texto espectacular), y que se sitúan nítidamente en la propuesta de superar la oposición histórica entre texto y representación, acaba así: "No se concibe un teatro sin palabra interior o exterior, no se concibe una representación dramática sin texto (sería otro espectáculo) y tampoco se concibe un texto dramático sin representación, real o virtual, porque si no sería otro género literario" (BOBES, 1987: 76). Según esto el silencio verbal sería sólo una apariencia, ya que en realidad recubriría una palabra oculta. La palabra, pues, como primera en el tiempo y determinante en última instancia de la teatralidad del espectáculo.

Una última muestra reciente. Teoría del drama de Kurt Spang, se instala en estas mismas posiciones al considerar defínitivamente el silencio como simple aumento cuantitativo de la pausa, aunque en sus puntos de partida quiere situarse en el lugar del texto y la representación, por encima de la actitud esquizofrénica que ha querido mantener su separación (SPANG, 1991: 24, 295). Contrasta no poco con estos planteamientos un trabajo de Umberto Eco, seleccionado también en aquel volumen español (en realidad era el texto de su intervención en la mesa redonda Para una semiótica del teatro, celebrada en Venecia en 1972), en el que, después de confesar su escasa dedicación a esta forma de comunicación, afirma con tanta naturalidad como contundencia que "el elemento primario de una representación teatral (más allá de la colaboración de otros signos como los verbales, escenográficos, musicales) está dado por un cuerpo humano que se ostenta y se mueve" (ECO, 1975: 96). 

A veces da la sensación de que la afirmación de Eco (quien, por cierto, hacía un análisis muy interesante del ejemplo del borracho ofrecido por Peirce) pasó casi desapercibida. Parece, pues, que la investigación teatral, semiótica o no, sigue moviéndose mayoritariamente en la concepción, fuertemente arraigada, del texto literario como componente ineludible del espectáculo teatral; y André Helbo (1987) alude constante aunque veladamente a ese peligro. Y la cuestión es más sorprendente por cuanto que el tipo de prácticas a las que nos referimos se nos revelan como avanzadas prácticas semióticas (dentro de lo que es una riquísima actividad semiótica del teatro), que, dadas las circunstancias, tienen que sostener muy en solitario una poética entre cuyos enemigos se encuentran aquellos que estarían en mejor disposición de defenderla con eficacia y a los que estos espectáculos están poniendo continuamente a prueba como un auténtico reto. Y la cuestión es más sorprendente por cuanto que no faltan estímulos lanzados desde la misma semiótica. El mismo Helbo insistía hace unos años en esta cuestión: "Debemos enfatizar que los juegos teatrales son, en muchos aspectos, fecundos para el análisis semiótico" (HELBO, 1987: 23). Carmen Bobes, generalizando la propuesta, lo expresa aún mejor: "El teatro es fundamentalmente una práctica semiótica que convierte en signo todo lo que pone en escena (...): todo lo que está en el escenario, y por el hecho de estar allí, y todo lo que se realiza en escena y
por el hecho de realizarlo allí, pasa a tener un significado integrándose en un signo global" (BOBES, 1987: 79); y Umberto Eco, en el trabajo recién citado, animaba una actitud de apertura en el investigador hacia la experimentación escénica: "(el teatro) descubre los propios principios por sí mismo y gracias a una natural y espontánea inventiva, y tanto mejor para el semiólogo si después tiene ocasión para reflexionar sobre ello" (ECO, 1975: 101). Existe, pues, un cierto empecinamiento en no querer plantearse la cuestión, y la razón creo que está en que nuestros críticos siguen cerradamente situados en lo que se ha llamado la civilización del texto frente a la civilización de la escena; no en vano pertenecemos a las culturas del Libro y la Palabra. Franco Ruíflni ha resumido la cuestión escribiendo que estas dos civilizaciones: "ont vécu (et vivent) avec des durées et des modalités différentes, des démarches paralléles ou divergentes, s'ignorant souvent Tune l'autre. EUes se sont mañees avec d'autres civilisations et parfois, dans des circonstances historiques precises, elles se sont mañees entre elles donant ainsi naissance á des théátres. Parmi la multiplicité de ees contrats de mariage, il y en a un qui, abstraction faite de son importance objective, s'est imposé dans la recherche historiographique: il s'agit du contrat entre le texte répertoñé et la scéne académique (c'est á diré la scéne née dans les Académies et les cours italiennes de la Renaissance) qui dominera en Europe du XVII au XIX siécle environ. Le résultat de ce rapport est l'ensemble assez homogéne que nous pourrions appeler théátres de tradition et que l'Occident considere comme le théátre tout court" (RUFFINI, 1985: 191)

La cita es larga pero por esclarecedora ha merecido la pena recogerla in extenso, porque, siguiendo su razonamiento, podríamos decir que la crítica, incluida la semiótica (donde sigue funcionando la idea de que el texto escrito es la constante y su representación, la variable), apoyaría como mucho el matrimonio de la civilización del texto con la civilización de la escena, pero nunca la desaparición o sustitución de la primera en favor de la segunda, de larga tradición en los países orientales; y la cuestión se desnivela más contra esta concepción cerrada del teatro si consideramos que en ese absurdo apoyo último al logosfrente al bios, el teatro oriental, gran inspirador de las prácticas a las que nos estamos refiriendo, sale ganando por cuanto que su bios participa en realidad del logos. A este propósito recuerda Jerzy Grotowski que en la tradición del actor oriental el cuerpo expresa palabras, frases, discurso, o sea un logos que al conservar los principios del bios, nos lo hace aparecer como vivant a través de una gramática precisa del gesto, como ocurre en el Kathakali de la India (GROTOWSKI, 1985: 126). Sucede entonces que ahí el logos y el bios se han fundido en el cuerpo, mientras que en la tradición occidental, cuya cultura dominante ha sido fuertemente represiva del cuerpo, la voz y la palabra lo han ido ensombreciendo hasta silenciarlo.

Vivimos, pues, en un anclaje pertinaz en la civilización del texto que es justamente lo que con el buen sentido de un loco intentaba desquiciar en sus escritos Antonin Artaud, retorciéndole cruelmente el cuello a ese logos tiránico del teatro occidental, que ha producido un espacio teológico de dominio a través de la palabra monológica. Para dar un cierre defmitivo al problema bastaría con traer a colación lo que el fundador del Odin Teatret, Eugenio Barba, ha recordado repetidas veces: "Le mot texte, avant de signifier texte parlé ou écrit, imprimé ou manuscrit, signifiait tissage. En ce sens, il n'y a pas de spectacle sans texte" (RUFFINI, 1985: 193). Y no habrá semiótico que se precie, que pueda estar en desacuerdo con estas palabras del creador de toda una antropología teatral que hunde sus raíces en las formas del teatro oriental. Creo, pues, que la semiótica teatral, si bien no ha dado la respuesta pertinente y suficiente a esa presencia real del silencio verbal en la escena contemporánea, es el camino crítico más adecuado para encararlo desde el momento en que logre desembarazarse de los prejuicios derivados de su concepción todavía sacralizadora del texto literario y proyecte su idea de texto espectacular con neutralidad hacia esos espectáculos que, si desplazan de su lugar central a la palabra o se atreven a eliminarla, lo hacen para evidenciar otro tipo de signos: se trata de una omisión para la revelación, una omisión que significa, un vacío que atrae la atención hacia sí mismo y produce la expansión de otros signos escénicos, convirtiéndose en decisivo agente de su gran movilidad actual, la movilidad del signo teatral de la que ya hablaba Jindrich Honzl (1940). Es, pues, el silencio verbal un signo dentro de un sistema cuyo funcionamiento y productividad hay que estudiar; y no ha sido sino esa mirada semiótica aplicada al arte teatral la que ha dirigido mis sentidos hacia ese espacio mudo pero elocuente, que desde otras ópticas no semióticas se interpreta con toda su lógica como simple negación, puro vacío, irrelevante y rechazable sin más por no constituirse en lenguaje. A esta posición se acerca Arnold Hauser, que al referirse sólo al silencio en poesía o narrativa lo imagina, por su imposibilidad expresiva, como algo no literario: "En y de por sí, el silencio es una forma del disconformismo y, en cuanto tal, un gesto social y no artístico"; esto es, el silencio de Rimbaud (HAUSER, 1975: 538).

Mientras llegan esas necesarias aportaciones quizás pueda ayudar a la investigación reconstruir la génesis histórica de este no-lenguaje verbal, lo que sin duda iluminará su significado y su función, a la vez que afirmará su legitimidad, en el espacio teatral contemporáneo.

Para empezar pienso que habría que situar el fenómeno dentro de la crisis que desde la segunda mitad del siglo XIX afecta a los lenguajes artísticos tradicionales (que inician un largo camino en busca de sus especificidades), cuyo definitivo punto de partida histórico-social tendría su momento culminante, después de los claros avisos de 1848, en los sucesos sangrientos de la Comuna de París: cuando definitivamente se evidencia al rojo vivo más cruel el enfrentamiento de clases que se había ido conformando desde la progresiva victoria ideológica, económica y política de la burguesía.

El dramaturgo romántico estaba convencido de que la poesía completa de su teatro era la expresión libre del reencuentro del hombre consigo mismo, de la recuperación de la unidad, acrisolada ahora en el concepto de pueblo; el hombre, en suma, como esencia explicativa y sujeto de la historia ("el romanticismo es el liberalismo en literatura", decía Víctor Hugo), a ello correspondía un lenguaje natural y antirretórico, descriptivo y analítico, antítesis de la cascara del convencionalismo lingüístico academicista; un nuevo lenguaje que pretendía traducir sensible y libremente la verdad interior del hombre.

Pero desde el momento en que la burguesía asume el poder económico y el poder político, en el mismo conjunto social se produce una nueva escisión que convierte en un fantasma ideológico aquella unidad supuestamente recuperada. La nueva clase, que sólo falsamente puede reconocerse en ella, pone en evidencia con su lucha y sus conflictos la voz unitaria del lenguaje literario, que de esta manera se quiebra, desembocando bien en el compromiso con una de las clases enfrentadas, bien en la voluntad anárquica de dislocar las estructuras del lenguaje comunicativo, bien en el lugar de la superación de la división, que es el lugar del arte más puro; el arte que tratará de bucear, más allá del lenguaje romántico y de la significación lingüística comunicativa, en las más íntimas profundidades de lo humano en busca de aquella unidad de cuya existencia no se duda; lo que a su vez determina la búsqueda de la especificidad del arte en general y de cada una de las artes en particular, como excelsos caminos del espíritu para la recuperación de la unidad perdida y aún no encontrada.

Nietzsche diagnosticó la crisis y el estado de desafección hacia el lenguaje: "Por fin, y precisamente ahora, los hombres empiezan a darse cuenta del enorme error que han propagado con su fe en el lenguaje". Mallarmé trataba de encontrar una palabra nueva, "étranger á la langue"; de ahí, por ejemplo, su encuentro con la música, con la danza ("poema liberado de todas las herramientas del escriba", "la forma teatral, por excelencia, de la poesía") y con el silencio del mimo, cuya gestualidad articulada y vicaria años más tarde Artaud desecharía, al tiempo que, avanzando en esa línea, define el teatro como "poésie de Tespace indépendant du langage articulé". Y Valery, en el mismo sentido, considera el arte de la danza como el arte esencial e ideal: "una poesía general de la acción de los seres vivos". Y, volviendo al lenguaje, Beckett, más cercano a nosotros, insistirá en que es "un velo que ha de rasgarse, para descubrir las cosas -o la nada- oculta tras él". Y lonesco en su Diario será tajante: "No hay palabras para las experiencias profundas". En relación con esta amplia problemática Juan Carlos Rodríguez ha hablado del "drama de la inefabilidad", ilustrándolo con el Moisés y Aarón, la ópera de Schonberg, en la que el primero es incapaz de comunicar el mensaje divino recibido, mientras que el segundo se atreve a interpretarlo, lo comunica, pero lo traiciona: "lo empírico traiciona la hondura de la verdad trascendental" (RODRÍGUEZ, 1984: 198).

Pues bien, inmediatemente relacionados con el estallido de la crisis, frente a los que siguen reproduciendo el mismo lenguaje, convencidos de que la historia en todos sus aspectos había llegado a su fm con la supuesta liberación del hombre, están los que, avanzando en ese mismo lenguaje, se refugian en el más puro individualismo (de ahí se sitúan desde la voluntad cientifista de introspección psicológica de un Stanislavski hasta el intimismo del llamado théátre du silence posterior: Vildrac, Bernard, Lenormand) o se aprestan a transfomarlo segün los principios del socialismo científico (Piscator, Brecht). Junto a ellos se han ido colocando los que, recelando del lenguaje, señalan su fracaso social, su superficialidad comunicativa para representar la complejidad de las relaciones humanas, su esencial carácter alienante, su ausencia de valor, su ineficacia, su logicidad que se vuelve insuficiente para explicar la ilogicidad del mundo, las nuevas crueldades sociales. Esta respuesta anti-lingüística desarrolla a partir de aquel momento dos caminos, que continuamente se entrecruzan: el de los que piensan que aquel lenguaje ya no sirve y que hay que buscar otro menos o nada lingüístico y más auténtico y profundo (del teatro soñado por los simbolistas al Tanztheater alemán, pasando por la mirada fascinadora hacia Oriente, el Teatro Pobre de Grotowski y los que dan primacía a un teatro entendido como acción vivida: cabaret dada, happening, Living Theatre) y el de los que se plantean que, puesto que el lenguaje ya no sirve, hay que hacerlo desaparecer, silenciarlo sin más, o revelar a lo vivo sus mecanismos opresivos y represivos, o descoyuntarlo y someterlo a una permanente ceremonia de agresión (de la emblemática "merde", y lo que le sigue, del Ubu de Jarry a La cantante calva de lonesco; de los manifiestos de Artaud al Acto sin palabras o Aliento de Beckett; de los recitativos neutros de Meyerjold al Pupilo o el Gaspar de Peter Handke; de la arquitectura elocuente de Gordon Craig al actor-escenografía- viva del May B, de Maguy Marin; de los "espacios rítmicos" de Appia y los silencios escénicos de Hojm Cage a La mirada del sordo de Bob Wilson).

Y ahí justamente es donde aparecerá por todas las esquinas el silencio verbal, que va a ser unos de los puntos de encuentro entre los dos caminos, pues el silencio verbal es destrucción de uno de los elementos de nuestra tradición teatral, y destrucción total, pero aniquilación que produce y genera la búsqueda y hallazgos de nuevos lenguajes para el teatro, los cuales, al faltar la palabra ordenadora y directora, se ven obligados a entenderse, apoyarse y potenciarse entre sí en un sistema totalmente abierto, abocado a una reestructuración continua de los elementos que lo componen. Sirvan de ejemplos, entre otros, el lenguaje del cuerpo, que acentúa la presencia física del actor más allá del contorno de la boca y del círculo del rostro propios del actor tradicional de occidente; el lenguaje de la escenografía, que puede hacer hablar al mismo espacio escénico, como ya anticipaba Gordon Graig con su proyecto visionario The steps, una propuesta de drama del silencio frente al habitual drama del lenguaje; el lenguaje de la música, que ocupa casi en su totalidad el lugar del sonido, subrayando situaciones y movimientos, e inspira un tipo de arte escénico que a su imagen y semejanza pueda conseguir la reproducción de los ritmos más ocultos de la naturaleza,suprema aspiración del simbolismo: el teatro-danza; el lenguaje de las luces, que recorta, confiere relieves y contrastes a los volúmenes corporales y escenográficos, o relativiza y difumina la acción escénica. Etc. En una entrevista concedida en Venecia a mediados de los setenta, Meredith Monk, la genial discípula de Merce Cunningham y creadora, con Bob Wilson, "del clima total que sirve de estímulo a la génesis del teatro-danza" (BENTIVOGLIO, 1990: 56), habla de su retorno a las raíces, del teatro como ceremonial y ritual, de su relación con la música, con los ritmos vitales y con el movimiento ("nella storia dell'umanitá suoni e danza vengono prima della parola"), de su trabajo con los sonidos abstractos, partiendo del silencio completo, del lugar de la palabra en sus espectáculos: "le parole che pronuncio non raggiungono un livello di comunicazione cosi alto come quando muovo le mani. Le parole dovrebbero venir úsate se chi la usa é padrone oltre che dalla parola anche della vec" (BARTOLUCCI, 1978: 45, 47).

Y la crítica francesa Marcelle Michel escribió hace ya algunos años que "después de la agonía del teatro hablado, empujado hasta su último grito por Beckett, Pina Bausch propone una alternativa interesante en la que el len^aje del cuerpo toma el relevo del diálogo decadente y empobrecido" (COLOME, 1989: 84). Esta interpretación del trabajo escénico de la maestra alemana me da pie para citar aquí uno de los grandes espectáculos del silencio verbal, que recorrió toda Europa y que tuvimos la suerte de programarlo para que, emblemáticamente, abriera el que fue I Festival Internacional de Teatro de Granada en el espacio arquitectónico del Palacio de Carlos V. Me refiero a May B, del Ballet-Théátre del Arche, una realización de la hispano-francesa Maguy Marín, plenamente teatral e inspirada en imágenes escénicas de Beckett, al que supera en beckettianismo por su gestualidad descoyuntada, por su violencia coreográfica, por su más que angustiosa narratividad; inolvidables son aquellas imágenes de cabalgata trágica de muertos vivientes, escenografía viva ellos mismos con su inquietante maquillaje-máscara de arcilla que, al irse desprendiendo poco a poco de sus rostros a lo largo del insólito espectáculo, los iba metamorfoseando ante el sufrimiento fascinado del espectador.

Ahora se puede entender mejor el lugar que ocupa, en el proceso que hemos descrito, el teatro-danza (del que apenas o nada se habla en trabajos académicos, Pavis incluido entre los últimos), entendido como un territorio en la que confluyen dos artes escénicas que huyen de sus respectivos academicismos y sujeciones lingüísticas y narrativas para crear un nuevo tipo de espectáculo que, más cercano al libre enhebrado de fragmentos narrativos y evocaciones poéticas y lejos de la danza abstracta norteamericana, se fiínda en el movimiento de los cuerpos, en los impulsos oníricos, en la observación de la vida cotidiana y en el silencio y la contención verbal. En sus ensayos Pina Bausch incita a bailarines y actores con variedad de preguntas como éstas: qué recuerdan de la Navidad, en qué momento se han sentido hombre o mujer por primera vez, cómo cae un animal en una trampa, qué partes del cuerpo mueven más a j^sto; o con frases del tipo: "pensar en una frase muy sencilla y expresarla sin palabras", "querer decir algo pero mantener la boca cerrada para que nadie pueda entenderlo". ¿Estamos ante "la palabra interior" a la que, en alusión de Carmen Bobes, remitirían los signos escénicos? Pienso que no. Se trata sin más de estímulos que, al buscar respuestas no verbales, presionan las posibilidades expresivas de los cuerpos y provocan las primeras unidades cinésicas que, una vez seleccionadas, se enlazan con otras, crecen, evolucionan, se transforman en el proceso de producción y que se constituyen en el auténtico origen del espectáculo. La genial artista de Wuppertal lo ha dicho con sencillez: "Es curioso que las cosas bellas tengan siempre algo que ver con el movimiento" (HOGUE, 1*989: 117).

Tiene todo el sentido del mundo volver ahora a aquellas palabras de Eco citadas más arriba: "el elemento primario de una representación teatral (más allá de la colaboración de otros signos como los verbales, escenográficos, musicales) está dado por un cuerpo humano que se ostenta y se mueve". Al hilo de estas reflexiones me viene a la memoria aquel espectáculo (WATERPROOF, 1987) de Daniel Larrieu, discípulo aventajado de Carolyn Carlson, en que una piscina era propuesta como espacio escénico y el agua como tapiz de danza. El coreógrafo francés lo presentaba así: "Una aventura en la encrucijada del deporte, de la danza contemporánea, de las artes plásticas, de la industria, de la moda, de la arquitectura, de la música y de las imágenes televisivas". Las bellísimas imágenes de aquellos relatos poéticos del agua-madre y el hombre, cuyos movimientos subacuáticos eran además proyectados en directo en grandes pantallas, me parecieron la mejor representación de la génesis silenciosa de la vida. Sin embargo no se debe olvidar que también en el mismo centro de esas prácticas del silencio el lenguaje verbal vuelve a aparecer una y otra vez, aunque ya la palabra no es la misma; de ese viaje hacia la nada vuelve convertida en un elemento más, un signo no privilegiado y sometido al conjunto de los signos escénicos. Es, por ejemplo, el caso de Bob Wilson, que, después de clausurar su primer estilo (el de La mirada del sordo, que Aragón llamó ópera muda) con Jhe Knee Plays, adapta el Alcestes de Eurípides, un texto clásico que al contacto con su estética la transforma tanto como se transforma él mismo: "La palabra llega a su teatro pero no como un elemento superpuesto y ajeno, sino integrado a las formas tradicionales de Bob Wilson" (BERENGUER, 1991: 232). 

O el caso también del coreógrafo neoyorkino William Forsythe, afmcado en Alemania, que consigue un tipo de espectáculo del movimiento concebido a partir de la arquitectura, de la geometría, del dibujo, de las luces, de la música, de la danza, donde el texto hablado que se emplea, enriquecido en la representación por las colisiones con otros signos, no ha sido elegido precisamente por sus valores referenciales; a propósito de su espectáculo de 1984 decía: "Artifact es una especie de poesía semiológica", y añade: "Tengo a menudo la sensación de que la palabra es un acompañamiento igualmente bueno para la danza como para la música. La palabra posee ritmo, timbre, color" (FISCHER, 1990: 65). Parece que nos seguimos moviendo básicamente en el complejo mundo de las propuestas de Graig y de Artaud, propuestas que se han ido cumpliendo más allá de sus visiones, de sus sueños y de sus fracasos. De todas maneras, entendidas estas prácticas del silencio como testigo mudo de una cuenta pendiente no pagada y como permanente alternativa dialéctica al texto dramático literario, se comprende el terror de los que, inválidos sin palabra, se sienten amenazados por ellas en sus intereses, cualesquiera que sean; un terror sólo comparable al de Pascal ante el silencio cósmico.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

BARTOLUCCI, Giuseppe (1978): // segno teatrale. Milano, Electa.
BENTIVOGLIO, Leonetta (1990): "Teatro-danza: descripción de un paisaje". El Público,Madrid, núm. 76, enero-febrero, pp. 50-61.
BERENGUER, Ángel (1991): Teoría y crítica del teatro. Alcalá de Henares, Universidad.
BOBES NAVES, M» del Carmen (1987): Semiología de la obra dramática. Madrid, Taurus.
COLOMÉ, Desfín, (1989): El indiscreto encanto de la danza. Madrid, Tumer.
DE MARINIS, Marco (1988): El nuevo teatro (1947-1970). Barcelona, Paidós.
ECO, Umberto (1975): "Elementos preteatrales de una semiótica del teatro". En: AA.VV.: Semiología del teatro. Barcelona, Planeta, pp. 93-102. Con el título de "El signo teatral" en: ECO, Umberto: De los espejos y otros ensayos. Barcelona, Lumen, 1988, pp. 42- 49.
FISCHER, Eva Elisabeth (1990): "William Forsythe". El Público, Madrid, núm. 76, enero-febrero, pp. 62-67.
GROTOWSKY, Jerzy (1985): "L'ISTA et le théatre des sources". En: BARBA, Eugenio, y SAVARESE, Nicola: Anatomie de l'acteur. Un dictionnaire d'anthropologie théátrale. Cazilhac, Bouffonneries Contrastes, pp. 124- 126.
HAUSER, Arnold (1975): Sociología del arte. Madrid, Guadarrama, vol. II. HELBO, André (1989): Teoría del espectáculo, el paradigma espectacular. Buenos Aires, Galerna/Lemcke.
HOGUE, Raimund (1989): Pina Bausch. Barcelona, Ultramar.
HONZL, Jindrich [1940]: "La mobilité du signe théátral". Travail théátral, 4, 1971, pp. 5-20.
PAVIS, Patrice (1984): Diccionario del Teatro. Dramaturgia, estética, semiología. Barcelona, Paidós.
QUADRl, Franco (1977): "La deverbalizzazione del teatro". Lotus Internacional, 17, diciembre.
RODRÍGUEZ, Juan Carlos (1984): "Maldoror, Zaratustra, Igitur (Algunas precisiones sobre ideología poética: la música y el silencio)". En: La norma literaria. Granada, Diputación Provincial de Granada, pp. 195-214.
RUFFINI, Franco (1985): "Texte et scéne". En: BARBA, Eugenio y SAVARESE, Nicola: Anatomie de l'acteur. Un dictionnaire d'anthropologie théátrale. Cazilhac, Bouffonneries Contrastes, pp. 190-195.
SÁNCHEZ TRIGUEROS, Antonio (1990): "Retórica del blanco tipográfico". En: Investigaciones Semióticas III. Actas del III Simposio Internacional de la Asociación Española de Semiótica. Madrid, UNED, vol. II, pp. 383-388.
SEGRE, Cesare (1975): "La función del lenguaje en el Acte sans paroles de Samuel Beckett". En: AA.VV.: Semiología del teatro. Barcelona, Planeta, pp. 193-216.
SPANG, Kurt (1991): Teoría del drama. Lectura y análisis de la obra teatral. Pamplona, Universidad de Navarra.
UBERSFELD, Anne (1977): Lire le Théátre. Paris, Editions Sociales. Hay trad. esp.: Semiótica teatral.Madrid, Cátedra/Universidad de Murcia, 1989.
URRUTIA, Jorge (1975): "De la posible imposibilidad de la crítica teatral y de la reivindicación del texto literario". En: AA. VV.: Semiología del teatro. Barcelona, Planeta, pp. 269-291

lunes, enero 09, 2017

Autores y la imposibilidad de coger la luna.

De camino al trabajo he contemplado un diámetro de luna como hacía más de treinta años. Ella dirá que ni le va ni le viene, máxime cuando aburrida, nadie le dice nada durante días, salvo hoy. 

He selecionado una serie de escritos, relatos, poemas, que he ido encontrando en la red y los he recopilado.  Pertenecen a distintos autores, unos más conocidos que otros, pero que han aportado un bello escrito sobre la luna.
   


LA LUNA DE HOY





Secretario Acifa
 MUJER INCANSABLE

Toda mujer tiene que descansar,
Todo el día no para de trabajar,
El agobio de las faenas diarias,
Tiene en su cabeza molestias.

Cada día se levanta aturdida,
Hace su cama y la de los niños,
Luego prepara la comida,
Y luego friega los suelos.

Más tarde descansa en el sofá,
Y con el rayo del solecito,
Se queda toda relajá,
Tumbada se queda augustito.

Al terminar la jornada,
Hace una cena con hermosura,
Y quedándose relajada,
Se va a dormir a la luz de la luna.




Luna de cristal


Una luna blanca brillante y blanda que vive en el agua, posada en un ancla, sal del agua luna del mar, que el tesoro te esperará.
Tu corona de oro, tu collar de plata, pero sobre todo tu corazón de cristal, la luna del mar se mira en el agua con su brillo y su sombra de ojos.
Tú... luna del mar me sorprendes con tu blancura y tu hermosura.
Tú... luna bella con ojos azules, azules del mar.
Mira la arena, luna de cristal,  parece que llegará algo de verdad.
Mira la sirena que llega, ya que con su viento te irás al cielo;
este es el día en que te marcharas;  este es el día en que te despedirás; adiós luna hermosa;  adiós luna del mar;  que tu hermosura nunca acabar... 



  Esta poesía de Jaime Sabines de la luna, desencadena cascadas de bellas emociones.


La luna se puede tomar a cucharadas
o como una cápsula cada dos horas.
Es buena como hipnótico y sedante
y también alivia
a los que se han intoxicado de filosofía.
Un pedazo de luna en el bolsillo
es mejor amuleto que la pata de conejo:
sirve para encontrar a quien se ama,
para ser rico sin que lo sepa nadie
y para alejar a los médicos y las clínicas.
Se puede dar de postre a los niños
cuando no se han dormido,
y unas gotas de luna en los ojos de los ancianos
ayudan a bien morir.

Pon una hoja tierna de la luna
debajo de tu almohada
y mirarás lo que quieras ver.
Lleva siempre un frasquito del aire de la luna
para cuando te ahogues,
y dale la llave de la luna
a los presos y a los desencantados.
Para los condenados a muerte
y para los condenados a vida
no hay mejor estimulante que la luna
en dosis precisas y controladas.


Jaime Sabines


Este es un poema bellìsimo que 

Mariano Estrada, dedicó a Federico Garcia Lorca



LA LUNA


Ya nadie mira a la luna,
la luna ya no es de nadie;
ya no la cubren de besos,
ya no la bañan con sangre.

Ni ya le escriben poemas,
ni ya le clavan puñales;
ya no hay tragedias de amores,
ya no hay amor, no hay amantes.

Ya pasa sola la luna,
ya pasa sola, sin nadie;
ya no amontona secretos
ni alumbra sueños, como antes.

¿Adónde fuisteis, poetas,
adónde fuisteis, amantes,
que la dejásteis sin versos,
que sin amor la dejásteis?

Ya no es de nadie, ni es luna,
la luna que ahora nos sale;
porque es un círculo sólo,
y sólo un círculo errante.

Sólo un castillo arrumbado,
sólo un recuerdo distante;
sólo una historia en un libro,
sólo una estatua en un parque.

La luna no será luna
sin corazones que amen;
sin pensamientos que vuelen
y sin poetas que canten.

Y es esa luna, lunero,
la misma luna, no obstante,
que tú metiste en los versos
porque era tuya una parte

Pero los hombres son otros
y otras las cosas que valen;
y otros los ojos que miran
y otras las formas de amarse.

La luna no será luna,
porque la luna es mirarse:
asesinar con los ojos
hasta el dolor de la sangre.



Mariano Estrada

Del libro El cielo se hizo de amor.


M. R. ESPINOSA


 

 Esta es un preciosa poesía acerca de la Luna, como todas las que escribe la poetisa 
Morus Gómez


Cuenta una leyenda que, cuando el Sol y la Luna fueron creados, se amaban con una pasión y profundidad inconmensurables, sin medida, intensamente. Eran dos amantes libres, el ardiente fuego dorado de uno sobre la fría calidez plateada del otro…
Cuando el Gran Dios decidió que habían de separarse, el Sol para iluminar el cielo de día, la Luna para alumbrarlo suavemente de noche, sus corazones, sus almas, parecieron partirse en dos. Estaban condenados a permanecer separados por siempre, tratando de alcanzarse y nunca lográndolo, en una danza infinita, dolorosa.
El Sol trató de ser fuerte, de fingir estar bien, y lo consiguió, destellando fuerte, muy fuerte, en el firmamento.
La Luna, sin embargo, no podía soportar la tristeza de estar sin su amado, y melancólicamente brillaba en el cielo.
El Gran Dios, compadeciéndose de ella, le obsequió con millones de estrellas, pequeños pedazos de luz que trataban de acompañarla, de consolarla. Pero la Luna añoraba el fulgor ardiente del Sol, su piel cálida y dorada, y la fría palidez de las estrellas la afligía aún más.
Se sabía sola, condenada a permanecer eternamente buscando a su amor, sin poder alcanzarlo jamás, apenas vislumbrándolo en la distancia.
El Gran Dios volvió a compadecerse de aquellos a los que había separado, y decidió concederles unos instantes de felicidad, con los que habrían de sobrevivir por siempre: los eclipses. Entonces, cuando la Luna desaparece, escondida, cuando el Sol se cubre de su nívea piel, pueden vivir de nuevo, libres, amados, felices, por unos gloriosos momentos, hasta volver a separarse, a romperse, dolorosamente, en dos de nuevo. Esperando, anhelando el momento en que puedan volver a ser uno, juntos, libres, amados.....




Algunos relatos, poemas, frases, que hablan de la luna. Comparto.

  1. Dios me creó para que yo lo imitara de noche. Él es el Sol, yo soy la Luna. Mi luz flota sobre todo lo que es fútil o ha terminado, fuego fatuo, márgenes de río, pantanos y sombras. Fernando Pessoa.
  2. Cuando un dedo apunta a la luna, el necio mira el dedo.-Proverbio chino.
  3. El lenguaje ejerce un poder oculto, como la luna sobre las mareas.-Rita Mae Brown.
  4. La luna es hermosa sólo cuando la mente está buscando la belleza y el corazón esta amando.-Debasish Mridha.
  5. La luna es el reflejo de tu corazón y la luz de la luna es el brillo de tu amor.-Debasish Mridha.
  6. La luna vive en el revestimiento de tu piel.-Pablo Neruda.
  7. Vi la luna sola, incapaz de compartir su fría belleza con nadie.-Haruki Murakami.
  8. La sabiduría de la Luna es mayor que la sabiduría de la Tierra, porque la Luna ve el universo más cerca que la Tierra.-Mehmet Murat.
  9. En el majestuoso conjunto de la creacion, nada hay que me conmueva tan hondamente, que acaricie mi espiritu y dé vuelo desusado a mi fantasia como la luz apacible y desmayada de la luna.-Gustavo Adolfo Bécquer.
  10. La luna es el regalo más preciado para la vista de la humanidad.
  11. Para los condenados a muerte y para los condenados a vida, no hay mejor estimulante que la luna en dosis precisas y controladas.-Jaime Sabines.
  12. Con excepción del sol, ningún otro cuerpo celeste ha despertado tanto nuestra imaginación y fantasía como la luna.
  13. Todo es culpa de la luna, cuando se acerca demasiado a la tierra todos se vuelven locos.-William Shakespeare.
  14. Lo más querido sería para mí amar la tierra tal como la luna la ama, y sólo con los ojos palpar su belleza.-Nietzsche.
  15. En el majestuoso conjunto de la creacion, nada hay que me conmueva tan hondamente, que acaricie mi espiritu y dé vuelo desusado a mi fantasia como la luz apacible y desmayada de la luna.-Gustavo Adolfo Bécquer.

 


Alejandro Jodorowsky
 
  Érase una vez un joven muchacho que quería ser el mejor arquero del mundo.
 
   Se dirigió un día al que se consideraba el mejor maestro arquero de su país, y le expresó su deseo: 

Maestro, quisiera ser el mejor arquero del mundo, ¿qué podría hacer? – preguntó el joven.


Si quieres ser el mejor arquero del mundo, debes alcanzar con una de tus flechas a la Luna. Hasta ahora nadie lo ha conseguido. Tú serías el primero si lo lograras, y al hacerlo, nadie cuestionaría que eres el mejor – respondió el maestro.

   De este modo, el muchacho decidió seguir el consejo que le había sido dado. Preparó su arco y sus flechas, y cada noche disparaba a la Luna que salía tras el horizonte del mar. Cada noche, perseverante, sin faltar ninguna vez a su cita, fuera la Luna llena, menguante, creciente, incluso cuando era nueva y apenas se adivinaba su leve luz.

   Los vecinos y amigos se burlaban de él. “El loco de la Luna”, le llamaban. Pero él, ignorando los insultos, provocaciones y ofensas, seguía cada noche en su empeño.

   El caso es que nadie sabe si en alguna ocasión alcanzó la Luna, pero su empeño y los millones de disparos de flechas que realizó en su intento por alcanzarla tuvieron un premio secundario: se convirtió, sin duda, en el mejor arquero del mundo. Era imbatible, de noche, y por supuesto, a plena luz del día.



La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira mira.
El niño la está mirando.

En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.

Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.

Niño déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.

Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
Niño déjame, no pises,
mi blancor almidonado.

El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño,
tiene los ojos cerrados.

Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.

¡Cómo canta la zumaya,
ay como canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con el niño de la mano.

Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
el aire la está velando. 



 
HERMANOS GRIMM

La luna


En tiempos muy lejanos hubo un país en que por la noche estaba siempre oscuro, y el cielo se extendía como una sábana negra, pues jamás salía la luna ni brillaban estrellas en el firmamento.
De aquel país salieron un día cuatro mozos a correr mundo, y llegaron a unas tierras en que al anochecer, en cuanto el sol se ocultaba detrás de las montañas, aparecía sobre un roble una esfera luminosa que esparcía a gran distancia una luz clara y suave; aun cuando no era brillante como la del sol, permitía ver y distinguir muy bien los objetos. Los forasteros se detuvieron a contemplarla y preguntaron a un campesino, que acertaba a pasar por allí en su carro, qué clase de luz era aquella.
- Es la luna -, respondió el hombre -. Nuestro alcalde la compró por tres escudos y la sujetó en la copa del roble. Hay que ponerle aceite todos los días y mantenerla limpia para que arda claramente. Para ello le pagamos un escudo a la semana.
Cuando el campesino se hubo marchado, dijo uno de los mozos:
- Esta lámpara nos prestaría un gran servicio; en nuestra tierra tenemos un roble tan alto como éste; podríamos colgarla de él. ¡Qué ventaja, no tener que andar a tientas por la noche!
- ¿Sabéis qué? - dijo el segundo -. Iremos a buscar un carro y un caballo, y nos llevaremos la luna. Aquí podrán comprar otra.
- Yo sé subirme a los árboles - intervino el tercero -. Subiré a descolgarla.
El cuarto fue a buscar el carro y el caballo, y el tercero trepó a la copa del roble, abrió un agujero en la luna, pasó una cuerda a su través y la bajó.
Cuando ya tuvieron en el carro la brillante bola, la cubrieron con una manta para que nadie se diese cuenta del robo, y de este modo la transportaron, sin contratiempo, a su tierra, donde la colgaron de un alto roble. Viejos y jóvenes sintieron gran contento cuando vieron la nueva luminaria esparcir su luz por los campos y llenar sus habitaciones y aposentos. Los enanos salieron de sus cuevas, y los duendecillos, en su rojas chaquetitas, bailaron en corro por los prados.
Los cuatro se encargaron de poner aceite en la luna y de mantener limpio el pabilo, y por ello les pagaban un escudo semanal. Pero envejecieron, y cuando uno de ellos enfermó y previó la proximidad de la muerte, dispuso que depositasen en su tumba, al enterrarlo, la cuarta parte de la luna, de la que era propietario. Cuando hubo muerto, subió el alcalde al roble y, con las tijeras de jardinero, cortó un cuadrante, que fue colocado en el féretro. La luz del astro quedó debilitada, aunque poco. Pero a la muerte del segundo hubo de cortar otro cuarto, con la consiguiente mengua de la luz. Más tenue quedó aún después del fallecimiento del tercero, que se llevó también su parte; y cuando llegó la última hora del cuarto, las tinieblas volvieron a reinar en el país. La gente que salía por la noche sin linterna, se daba de cabezadas, y todo eran choques y trompazos.
Pero al unirse, en el mundo subterráneo, los cuatro cuadrantes de la luna e iluminar el reino de las eternas tinieblas, los muertos comenzaron a agitarse y a despertar del último sueño. Extrañáronse al sentir que veían de nuevo: la luz de la luna les bastaba, pues sus ojos se habían debilitado tanto que no habrían podido resistir el resplandor del sol. Levantáronse de sus tumbas y, alegres, reanudaron su antiguo modo de vida: los unos se fueron al juego o al baile; los otros corrieron a las tabernas, donde se emborracharon, alborotaron y riñeron, acabando por sacar las estacas y zurrarse de lo lindo mutuamente. El ruido era cada vez más estruendoso, y acabó dejándose oír en el cielo.
San Pedro, celador de la puerta del Paraíso, creyó que el mundo de abajo se había sublevado, y corrió a concentrar a las celestiales huestes para rechazar al enemigo, caso de que el demonio, al frente de los suyos, intentara invadir la mansión de los justos. Pero viendo que no llegaban, montó en su caballo y se dirigió al mundo subterráneo. Allí aquietó a los muertos y los hizo volver a sus sepulturas: luego se llevó la luna y la colgó en lo alto del firmamento.


Marea....

En una noche de luna llena, cuando sube el marea Las olas rompen en el vació, de la desierta arena Mientras el aire acaricia las palmeras…
A mi me nace el deseo de tenerte, cerca…muy cerca. Bajo mi piel los deseos se ondulan, por una caricia tuya Los suspiros se escapan, se detiene el latido
Brota la gota de rocío, esperando tus labios junto a los míos En la travesía de pensarte, vuelo a tu cuerpo Bajo el fuego de tu aliento, se derrite el hielo
Nacen nuevas caricias, habitas mi cuerpo Me inundas me humedeces, como el mar a la arena. Un castillo que construyo, sentada en la playa cubierta de arena Con el ansia en los ojos, con el deseo ondulando Esperando que tu oleaje me bañe…bajo la luz de la luna llena
mORU*S



Quien te pudiera coger
Luna que tanto brillas
Para poderte tener
Hacer con tu luz maravillas
Y ofrecer las a los que no te ven


Esteban Ojeda
Caminando me perdí
Por esos montes de Dios
Caminando me perdí
Y con la luz de la luna
A Beires vine a salir
A Beires vine a salir

Ya no me arrimo a la reja
Que me solía asomar
Ya no me arrimo a la reja
Que me asomo a la ventana
Para ver la luna brillar
Ya no me arrimo a la reja