martes, marzo 06, 2018

Ángel Simón Collado,

¡Esta luz ausente, sumida en el tumulto!
¡Esta sombra muda hablando sin descanso! ¡Esta quietud!
¡Sí, esta quietud incesante deambulando los espacios angostos de mi dormitorio sin límites!
Y este olor nocturno a no sé qué espantos, como un sumidero algo lejano,
como una sentina cegada -¡oh, mi sombra de luz!- a la cabecera de la cama.
Y al hablar, entonces: un texto borroso hay, y una página en blanco,
y un silencio tumultuoso, y un amontonamiento sin nombres, y una convulsión inútil,
y un remolino, de ansias derrocadas y de lujurias marchitas.
Sobre mis días, sobre mis horas, una calima innumerable,
un polvo monótono y tenaz de muebles antiguos,
y también, quizás, un aire enmohecido de salones muertos,
de alcobas ya desalojadas por los hombres hace ya tiempo,
me acompaña, y la tierra áspera que estrujo entre mis manos,
¡oh, tiempo!
en mañanas que no quiero despertarme,
en tardes de relojes monótonos y campanas inútiles,
en noches abrumadas ¡ay! sin peso, número y medida,
como una espera solitaria en el centro de la celda,
un presidio, un desierto, abandonado,
cuando ya no hago preguntas
y no espero respuestas.

Pero, de pronto, en verdad: un impulso mortal, un viento impetuoso
me arrebata, y una brisa cierta y un aire celeste y un vuelo de águila;
un derrumbe hay y un olvido sin nombre y una entrega confusa