domingo, mayo 27, 2018

MANUMISIÓN DE JOSÉ CABRERA POR JOSÉ ANTONIO SANTANO

JOSÉ ANTONIO SANTANO
SALÓN DE LECTURA DIARIO DE ALMERÍA POR JOSÉ ANTONIO SANTANO

MANUMISIÓN DE JOSÉ CABRERA

Nada mejor que la oscuridad y el silencio para buscarse a sí mismo y al otro. Abismarse en las profundas y procelosas aguas de la nada para descubrir –intentarlo al menos- la razón primera, el origen, tal vez la verdad –nuestra verdad-, esa que pueda sustentar la esperanza, la creencia en un horizonte, en una luz capaz de deslumbrar y deslumbrarnos, como un gran faro en la oscura inmensidad de la noche y el mar. Enfrentarse al vacío, desnudar el alma lentamente, hundirse en el silencio absoluto, y mirarse en el espejo, frontal a tu propio rostro; bucear en el interior, en esa dulce calma del pensamiento y dejarse arrastrar sin más, hacia no se sabe dónde. Levitar si así se quiere, ingrávido como una pluma o pavesa, y recorrer el mundo, el nuestro y el ajeno. Olvidar por un instante que el tiempo existe, que somos materia. Esa simple reflexión, seguramente, hará que el hombre sea algo más que sujeto. En esa búsqueda por encontrar (se) la razón última de la existencia el poeta es principal actor. Su mundo es tan amplio como limitado, la realidad (materia) por una parte y la abstracción o ficción (substancia-alma) por otra, actúan y se interrelacionan hasta crear un nuevo universo. Esto mismo adquiere matices significativos cuando se trata de la poesía, de la mirada poética, como sucede con el libro “Manumisión”, de José Cabrera Martos (Jaén, 1977), una apuesta conceptual, producto de una seria y continuada reflexión sobre la vida con un punto de inflexión que se concreta en la otredad, en el “otro”, para construir un discurso en el cual, desde la vital cotidianidad crea un universo propio, donde preocupa más el fondo que la forma. “Manumisión” es un libro complejo, donde el lenguaje toma reiteradamente forma simbólica y conceptual, y la ética es la llama inagotable, prendida siempre. Esa misma complejidad estructural y lingüística, y los recursos utilizados nos proporcionan las claves, que bien podrían resumirse en una: “el mañana”, que tanto preocupa al poeta, lo que lo acerca a una clara “poesía de la incertidumbre”, más que a una poética de la resistencia. Ese continuo estado de recelo o escepticismo, si se quiere, lleva a Cabrera a crear un universo que parte de un presente yermo y árido, inhumano en ocasiones, que expresa en un “mañana”, como así nos lo muestra de forma insistente: «Hasta mañana –les decimos-, / sin saber si habrá mañana […] Mañana o nunca abriremos, les respondías, / para volver a pintaros mañana […] Ven, siempre ven, pero dime mañana».  MANUMISIÓN DE JOSÉ CABRERALo que está por suceder, ese futuro desconocido pero que indaga el poeta en su deseo de conocimiento, de saber para renovar o cambiar el mundo, o cuando menos mejorarlo. Una nueva esclavitud parece florecer, de ahí que Cabrera Martos tomara este vocablo “manumisión” en ese empeño por liberar al hombre de sus cadenas, las que hoy sutilmente imponen los poderes políticos y económicos. Emerson, Urbano, Wittgenstein, Auden, Pavese, Blanchot, Tagore, García Lorca, San Juan de la Cruz, Eliseo Diego, Plath, Kundera, Agustín de Hipona o Nietzsche son algunas de las referencias intelectuales con las que Cabrera ha construido un discurso tan complejo como interesante desde el punto de visto poético, en un creciente juego intertextual y metafísico que no cesa de dialogar con la realidad y la ficción. En ese conceptismo y esa simbología hallamos a Cabrera Martos, en la duda que golpea continuamente: «No sé si habrá mañana / falsas perlas, cerradura / o bastante negro y blanco en este mundo / para amarnos diferentes». Cabrera necesita respirar la luz y se adentra por ello en la palabra, conceptual y simbólica, en esa búsqueda de la verdad –su verdad-, de la solidaridad –su otro yo-, la libertad –la de todos- y la belleza –en cada uno-, configurando así su particular universo: «¿Quién va, Belleza, a dudarme de ti? / ¿Dime, tú, quiénes fuimos? ¿Recuerdas? Domésticos de / una Verdad tan elástica como una venda ideal de Justicia […] Frágil es la belleza, su dureza / pervive en las espinas y en el nácar al naufragio / que el erizo y la concha proporcionan. Tú , que has sentido el peso de lo intacto, / cúmplase que te amaron». El poeta ha de buscar en su interior que es donde habita la verdad, que así dijera Agustín de Hipona, de tal manera que la voz ha de convertirse en grito y en reproche que defiende la libertad y la solidaridad entre seres humanos: «Ni he muerto, ni han vencido. / El tiempo para decir Basta / ha comenzado. Ahora el mundo / se sumerge donde los cielos son / y nos amamos. Puedes / cerrar los ojos, / olvidar la tierra». Pero si hay un poema llave en este libro no puede ser sino “Perito Moreno”, que viene a resumir todo lo dicho hasta ahora, concretado más si cabe, en estos versos: «Perito Moreno nunca es como tú o como yo, / ni es una ciudad, ni un parque: / Es un corazón que se hunde en el mar. / Es el llanto de un glaciar derritiéndose». Este es el mundo creado y la voz alarma de un poeta: José Cabrera Martos.
JOSÉ CABRERA MARTOS
Título: Manumisión
Autor: José Cabrera Martos
Editorial: Valparaíso (Granada, 2018)

sábado, mayo 26, 2018

Luz de tus ojos



El tiempo
Luz 
De tus ojos
Pasa
Gota a gota
Se deposita
Haciendo costra
Grano a grano
Desierto perpetuo
Se extiende
Palmo a palmo
Piel inerte
De tus versos
Besos
Mi presente 
Silencio
Escribe
En tu mano
Líneas futuras
De tu pasado

viernes, mayo 25, 2018

José Ramón Cantalejo Testa.

EL RAPTO DE PROSERPINA
Grabado de M. Navarro de Vera para la Exposición de Bellas Artes de Almería. Agosto 1900

ALMERÍA: Pliegos Bibliofílicos

NOTA SOBRE FRANCISCO DE FARÍA Y EL IMPRESOR DE LA SEGUNDA EDICIÓN DE:

“ RAPTO DE PROSERPINA” Por José Ramón CANTALEJO TESTA.

El admirado editor y polígrafo almeriense Juan Grima Cervantes en un interesante opúsculo que transcribe el pregón que leyó en los Aljibes Árabes de Almería el día 27 de marzo de 2003 ,con ocasión de la inauguración de la XXI Feria del libro antiguo y de ocasión de Almería, editado por Luis Alcaide en el ámbito de “ALOA”, nos ilustra sobre los libros mas antiguos que podemos considerar Almeriensistas.

Entre las diversas obras y autores que tan acertadamente se nos presentan aparece el Doctor Don Francisco de Faría (Granada 1526), primer autor que destaca desde Almería, de la que fue doctoral.

En su trabajo , el profesor Grima nos da a conocer, como novedad bibliográfica almeriensista, su descubrimiento de una desconocida obra menor sobre derechos eclesiásticos, sin lugar de impresión ni data titulada:

“...Sobre el canonicato de la … Iglesia de Málaga, con el maestro Antonio López Negral y el cabildo de la dicha santa Iglesia”.

Según nos dice el Padre Tapia en su magna obra “Almería Hombre a Hombre”, Francisco de Faría falleció en 1616 en Almería , siendo ensalzado en su tiempo por Miguel de Cervantes y Lope de Vega.

La obra mas conocida de Faría es la traducción y adaptación de la obra “Rapto de Proserpina”, de Cayo Lucio Claudiano, impresa en Madrid en 1608 por Alonso Martín a expensas de Juan Berrillo, mercader de libros.

Desde 1608 la obra no volvió a ver la luz hasta que se reeditó en 1806.

Sirva la presente nota para confrontar la noticia que nos ofrece Juan Grima sobre el impresor de la segunda edición de la que nos dice :

“De este libro conocemos algunas ediciones posteriores del siglo XIX, como la del año 1806 (Madrid, Imprenta Sancha)”.

Disponemos de una edición de dicho año (1806) , en octavo , encuadernado en pasta española con tejuelo en el que figura como impresor:

“Madrid. Por REPULLÉS, frente a la Merced. 1806” .

Cabe la posibilidad de que existan dos ediciones impresas en el mismo año (1806), lo que no dejaría de ser una curiosidad bibliofílica tras doscientos años de olvido (1608-1808).

El discreto encanto de la lluvia torrencial.

autor: Joseph Einbund

Yo aguardaba al bus que me llevara a mi trabajo a la zona de carga y descarga donde debía poner a prueba cada día mi musculatura transportando heladeras pianos y otras chucherías cuando vi que se abría la puerta trasera de un bus que no me servía y salía despedido igual que una basura el cuerpo medio desnudo de una mujer como si eso fuera nada más que una rutina aprecié rápidamente la calidad del artículo y las condiciones en que se hallaba la puerta se volvió a cerrar y el bus continuó su furioso camino seguro que a cumplir su servicio de descargar gente con aún mayor celeridad y eficiencia si cabía no había más nadie a la vista así que corrí a prestarle mi ayuda lo primero que pude apreciar fue su culo y segundo que ese culo o estaba pidiendo guerra o si no me equivocaba había acabado de ganar una batalla ya que estaba todo humedecido por una sustancia que yo conocía muy bien pero que no era la mía tomando en cuenta previamente todas esas consideraciones comprendí que la calle era un lugar peligroso para andar inspeccionando artefactos culinarios por mas útiles que sean así que la ayudé a levantarse y pude apreciar inspeccionando con el tacto cosas que me llamaron poderosamente la atención que si bien se había escrachado el trasero por supuesto que yo tengo mis preferencias todavía estaba en buenas condiciones de uso y debió agarrarse como pudo de mis bolas debido a que sus piernas aun estaban flojas mientras yo la arrastraba como podía por el sobaco y las tremendas tetas hasta el banco era deplorable el estado en que había quedado la cremallera reventada y el culo también con la caída como dije no había mas nadie así que únicamente yo pude apreciar ese tremendo culo refrescándose como yegua que levanta la cola por supuesto para ayudarla debía alzarla por el sobaco pero debido a su precario desorden de vestimenta desplazada por la caída estaba medio desnuda así que al incierto equilibrio de su andar se unió ese golpe que me impedía agarrarla por el sobaco y lo único que encontré fue su teta como ubre de vaca que encontré suficientemente firme y que podía servir al caso en vez de quejarse me lo agradeció y entonces se puso a llover torrencialmente no era aquí pues momento para no compartir y al verla temblando comprendí que había llegado la hora con tan mala suerte que me sentí en la obligación de cubrirle el trasero subiéndole la cremallera, pero ella se había roto(la cremallera) y su culo debió continuar en flor observando la lluvia caer a todo esto ya mi polla había cruzado los cuarenta y cinco grados longitud sur o las nueve y cuarenta y cinco del meridiano de Greenwich con lo que únicamente buscaba hacerse útil reclamando una acción inmediata que le permitiera cumplir con su deber la lluvia arreciaba cada vez más y yo también con lo que considerando la idea la hora el día y la oportunidad dado el caso de la escasa visibilidad el escaso transito y la improbabilidad de que la lluvia cesara con lo cual la mujer de este relato estaba mojándose inútilmente su ropa y su trasero era una picardía que no se la levantara lo suficiente como para que mi cada vez mas quejosa polla no tuviera mas libertad de acción y así mientras yo me preocupaba de su falda ella lo hacía de mi pantalón por el motivo de que esta era la peor hora para preocuparse de perder el autobús de las cuatro ya que difícilmente vendría ante este difícil dilema las cosas se resolvieron satisfactoriamente sin embargo ya que al liberarse mi polla de su encierro causo una profunda y apreciativa admiración con lo cual se dió orden inmediata de despejar la zona aledaña que pudiera perturbar el paso de la polla en el cumplimiento de su misión y así la polla y el coño bendito terminaron de lo mas amigos y los dueños de ellas las besaron y babosearon abundantemente ante la felicidad del público que se congrego para ver el espectáculo pues la lluvia había cesado hace rato y cuando el bus se detuvo agarre mis pantalones corrí con el mar de gente y tuve suerte de entrar en cambio la mujer del culo se cruzó con la puerta cerrada en el momento oportuno con lo que se comprobó que no había leído su horóscopo de hoy no debía intentar de subir a un bus así que se descalabro repetitivamente hasta que pude comprobar apenas desde mi esforzada curiosidad que había derribado a un par de piernas fornidas de un alma caritativa que seguramente conocía este relato y le tocaba continuarlo..


jueves, mayo 24, 2018

La partera. Pablo A. Bugallo

La réplica de los best-sellers de sopa de ajo a que nos tienen acostumbrados las editoriales





Los ojos, cerrados casi del todo por el peso del tiempo, lo escrutaron con presteza y profesionalidad en busca de deformidades. El llanto claro y estridente era un buen presagio, pero siempre convenía cerciorarse: más comadres habían muerto en la hoguera, por brujas y hechiceras, que por cualquier otra causa, incluidas las plagas que regularmente diezmaban las poblaciones de los reinos de Europa.



La vieja partera luego posó a la criatura en el suelo, entre sus piernas, sobre un lecho de paja seca cubierto con su mejor paño, tres codos de un tejido suave como el melocotón en cuyo rojo carmesí parecía ahora flotar el cuerpecito indefenso. Se lo quedó mirando como quien ve una aparición. Durante unos segundos, aquel llanto impregnado de rojo, el color de la sangre, le desgarró el alma en mil jirones. Los ojos, antaño manantiales generosos, le dolían como si unas manos invisibles se los estuvieran estrujando.


Le asaltaron la memoria, mezclados con un torbellino de recuerdos atropellados, otros gritos mucho más desgarradores: el que profirió su madre instantes antes de morir asfixiada, cuando las llamas empezaron a lamerle los pies con sus obscenas lenguas de fuego, y el llanto inconsolable del pequeñín de la enorme mancha en la frente que sostenía entre los brazos, cruzados y atados a la espalda. La chiquilla que entonces era lo había presenciado todo desde lejos, encaramada en lo alto de un carro de heno que algún labriego había abandonado para asistir a la ejecución. La ramera que la había acusado, la más conspicua pecadora cuyo parto ella y su madre habían asistido, encabezaba aquella manifestación de odio y miedo, en primera fila, ora escupiendo ora vociferendo, sin freno, como una verdadera posesa, azuzando a la muchedumbre enloquecida, convertida ella misma en llama purificadora; la turba, en inmensa hoguera donde ardían su madre y el pequeño diablo.


La curiosidad que la había impulsado a dejar la seguridad del bosque cercano, de donde no debía salir hasta que su madre fuera a por ella, había ido dando paso, poco a poco, a medida que iban caldeándose más y más los ánimos, al miedo más cerval, ese miedo que en situaciones extremas o bien te deja paralizado o bien te abre los ojos. La primera reacción de la niña fue ponerse a desgranar cuanta letanía su madre le había enseñado, implorando al cielo que apagara aquel infierno, esperando que de un momento a otro, en respuesta a sus súplicas, el cielo se abriera de cuajo y salieran de él ángeles, y los ángeles anunciaran con voz poderosa que aquella mujer no era una bruja, sino una piadosa sierva del Señor. En esto estaba -sus ojos dudando hacia dónde mirar, si hacia el cielo o el infierno- cuando recordó que su madre decía que era un grave pecado de soberbia pedirle al Señor que se manifestara. Tuvo que apretar los labios con fuerza para ahogar sus súplicas y, con el corazón en un puño, temerosa y a la vez esperanzada, alzó por última vez la vista para mirar el cielo: ni un rasguño que mancillara el azul impoluto, sólo alguna nubecilla aislada pastando con parsimoniosa mansedumbre.


Completamente desvalida, traspasada de miedo y odio, se arrebujó en la oquedad que instintivamente había ido abriendo en el heno y se quedó dormida. Y soñó que las nubecillas del cielo daban a luz miles de nubecillas y que estas nubecillas nacían preñadas y que éstas parían otras tantas nubecillas y que, luego de cubrir el cielo todo, las nubecillas se convertían en nubarrones y que el día era noche y que Dios lanzaba todos sus meteoros sobre aquellos impíos y que se desataba una tormenta como nunca había habido antes y que arreciaba la lluvia y que un viento huracanado hacía volar todo por los aires y que el trueno y el relámpago eran la voz y la luz de Dios... Mientras soñaba, sus ojos quisieron ser tormenta y lloraron todo cuanto tenían reservado para una larga vida, y su sangre, viendo que los ojos se secaban por apagar aquel fuego, pidió a su cuerpo que la dejara fluir hasta que no quedara una sola gota. Así, cuando despertó, la niña creyó que el sueño no había sido sueño, pues sus lágrimas se habían mezclado con su sangre empapando completamente el lecho. No supo lo que realmente había pasado hasta que reunió el valor para asomar la cabecita por encima de la carga de heno. Bastó con que buscara el origen de los hilillos de humo que ascendían dibujando filigranas en el aire para que el horror de lo que había sucedido la golpeara con todas sus fuerzas y le arrancara del pecho la palabra que la ahogaba: "¡Mamáaa...!"


El instinto de supervivencia, débil hasta el día en que su madre la llevó al bosque, contrarrestó el lacerante dolor y, agarrándola con fuerza por pies y manos, la obligó a agazaparse antes de que le diera tiempo siquiera a tener un pensamiento. Estos los tuvo después, atropellados y a cual más terrorífico. Encogida sobre sí, aterido el cuerpo por el frío intenso que le producía el miedo, volvió a ver el rostro familiar de la mujer con que había cruzado una mirada. Estaba allí mismo; ahora sí que sentía su presencia: apoyada en el carro, respirando con dificultad. Había denunciado a su madre y ahora la delataría a ella. Quiso levantarse, saltar sobre ella, sacarle los ojos, echarle mil maldiciones, pero el miedo que la tenía paralizada no era de los que sueltan fácilmente una presa, de suerte que no consiguió sino sumar una nueva humillación a la derrota; se le soltó el vientre y se le abrieron las entrañas, convirtiendo el lecho de paja en una cloaca cuya pestilencia rivalizaba con el hedor de los vómitos de los borrachos y los efluvios mefíticos de la carne humana abrasada. No podía quitarse de la cabeza lo que el puñado de campesinos que había visto en la plaza podrían llegar a hacerle si descubrieran su presencia; peor aún que la hoguera. Había oído historias. Su mente infantil, a punto ya de saltar en mil pedazos, se lanzó a forjar lo que habría de ser la definitiva oleada de terror.


Los hombres, que ya no eran hombres, aullaban enloquecidos a su alrededor. Unos pocos, a quienes los otros parecían tener miedo, habían hincado las rodillas en el heno, entre la mierda y la sangre, y le llenaban el cuerpecito desnudo de regueros de babas. A los más débiles, o a los más borrachos, los oía luchar entre ellos por encaramarse a alguna de las paredes. Uno que tenía los ojos en blanco y que babeaba más que los otros y que se había bajado los pantalones hasta los tobillos trastabilló y se cayó desde lo alto del carro, rompiéndose al parecer el cuello. La niña aprovechó el desconcierto para abrir los ojos y buscar a su mamá entre las estrellas del cielo. No le dio tiempo a encontrarla; pronto tuvo otra vez ante sí las fauces podridas de las bestias que la rodeaban. Aquello las había enfurecido. Cerró los ojos y, de repente, cuando ya sentía cómo se abalanzaban sobre ella, una voz salida de ninguna parte la arrancó de aquella angustiosa pesadilla. "Niña," dijo la voz, "no temas, nadie va a hacerte más daño." Al principio, pensó que había muerto y que era un ángel quien le hablaba; después, con un estremecimiento, se acordó de la mujer que la había delatado. "Lo siento, pequeña," siguió la mujer con una voz que de temblorosa se convirtió en abierto sollozo, "la vida ajena vale menos que la propia." La mujer, luego, lanzó una bolsa de monedas, que fue a caer tintineando junto a su cabecita, y desapareció de su vida para siempre. Entonces, como ahora, quiso llorar y los ojos también le dolieron como si unas manos invisibles se los estuvieran estrujando.



Dos lágrimas diminutas, dos ínfimas gotitas de rocío, asomaron despacio y se le quedaron allí prendidas, como dos luceros, hasta que se dio cuenta de que algo marchaba mal, es decir durante el tiempo que dura un parpadeo. Y se olvidó de la niña que había sido y hasta de ella misma. En el rostro abotargado de la dama asomaba todavía un rictus de dolor que debiera haber desaparecido tras el parto; aquello era un mal presagio: si, como temía, la niña le había desgarrado el vientre, el dolor y el cansancio la matarían en pocas horas, las que tardase en perder todos los fluidos corporales. Poco podía hacerse en casos así, aparte, naturalmente, de taponar la salida con un emplasto de harina de linaza mezclada con hierbas medicinales, de rezar una oración a Santa Gema y de esperar a que uno u otro remedio, o incluso la combinación de ambos, surtiera efecto, por este riguroso orden. Vio desfilar y esfumarse ante sí la marmita que humeaba en la cocina y el haz de leña que uno de los criados le había preparado y la moneda de plata con que esperaba que el señor recompensara sus desvelos. Los nobles, normalmente generosos cuando las cosas iban bien, se volvían terriblemente violentos y avaros al menor percance. Por suerte, además de todo lo necesario, llevaba siempre consigo una astilla de la cruz donde Nuestro Señor había sido crucificado. Sentir el lujoso relicario sobre la piel, debajo de varias capas de tela basta, le infundió nuevas esperanzas, las cuales se materializaron en un pensamiento de tan breve existencia que ni tiempo le dio a percatarse de que lo había pensado; no podía haberla salvado de la tortura y de la hoguera para dejarla morir ahora de hambre y de frío.



Instintivamente, sacó un mortero grande de una bolsa que llevaba colgada en bandolera y se puso a preparar la mezcla, ora machacando esto, ora añadiendo agua tibia de un caldero, ora espolvoreando aquello. Para cuando hubo terminado, un aluvión de nuevos recuerdos, algunos extremadamente gratos, como el viaje a Tierra Santa en que había acompañado a su esposo, un judío converso con quien se ensañaría luego la Inquisición, le habían anegado la mente de tal modo que no había espacio en ella para nada más, ni tan siquiera para el berrinche que la niña había cogido al palmearle el trasero. Aún así, el ensimismamiento no le impidió seguir con lo elaboración del mejunje salvador, ni afectó tampoco a la economía de movimientos que da la práctica prolongada de una disciplina. Ya casi había acabado de levantar el muro entre las piernas de la mujer cuando se le vino encima con gran aparatosidad y se encontró inopinadamente con otra criatura entre las manos, dentro del cuenco de madera que usaba a modo de mortero, flotando entre los restos de lo que parecía un naufragio. Por un momento, antes de que el susto barriera las últimas brumas que le nublaban el entendimiento, pensó que la primera niña, que ahora lloriqueaba si cabe con más fuerza, se le había vuelto a meter en un descuido dentro del cuerpo de la madre.

Con ésta fueron necesarias varias palmaditas, alguna de ellas en la espalda, para que el dolor que uno siente al nacer le saliera todo para afuera. Al oírla por primera vez, su hermanita pareció enmudecer un momento, para lanzarse enseguida a reclamar su sitio en el mundo con nuevos bríos, como temiendo que la recién llegada pretendiera arrebatárselo; y ésta tampoco le iba a la zaga, sobre todo después de que la partera la sumergiera en el barreño para limpiarla. Y para cuando el eco de la llantina, que había ido pasando poco a poco de una estancia a otra, resonó en toda la mansión, la madre había recuperado parcialmente la belleza y la compostura habituales en ella; el resuello, no tanto.



Aliviada por el milagroso desenlace, la anciana se llevó una mano al pecho, a la altura del relicario -la otra la tenía ocupada sujetando al bebé por los pies, justo encima del caldero de agua, como escurriéndolo- y elevó al cielo una apresurada plegaria de agradecimiento. Después, confiada totalmente del poder y magnanimidad del Señor, se saltó el rutinario trámite de la inspección ocular y la posó junto a la otra, como para que fueran acostumbrándose a las estrecheces a que lleva la rivalidad. Al verlas pegadas por el costado, no pudo por menos de admirarse de lo igualitas que eran y preguntarse si también lo serían sus vidas. Aún no había advertido la mancha negruzca que le cubría la rodillita. Cuando por fin cayó en la cuenta -al principio la había tomado por la sombra de un pliegue de su faldón-, el sobresalto fue mayúsculo; el respingo, tan brusco y violento que a punto estuvo de caerse de espaldas contra el suelo. Miró a la condesa y vio que dormía plácidamente, ajena a la desgracia que por salvarla a ella ahora se cernía sobre todos ellos. "Entiendo, Señor," dijo para sí. "La hija a cambio de la madre." Tuvo una revelación: el Señor, complacido de la abnegación de su sierva y apiadado de las dudas que le habían remordido la conciencia hasta más allá de lo que podía recordar, había realizado aquel prodigio para que supiera, ahora que la hora definitiva estaba próxima, que había obrado con rectitud. La perspectiva de la hoguera no la hubiera espoleado tanto como la certeza que ahora tenía de que Dios mismo había guiado siempre su brazo.



Agarró a la pequeña por los pies y, suspendiéndola sobre el barreño de agua donde la había lavado, empezó a recitar las palabras rituales: "La sierva de Dios, María -siempre utilizaba los mismos nombres: María para las niñas y Jesús para los niños-, es bautizada en el nombre...". Y mientras invocaba a cada persona de la Santísima Trinidad, la sumergía en el agua y la sacaba de ella, con tanto fervor que no reparó en que la condesa se había despertado cuando iba por el "Hijo", probablemente a causa de los alaridos que daba la pequeña cada vez que salía del agua. Medio adormilada todavía, la condesa no supo lo que estaba sucediendo hasta que no vio que la anciana -después de un beso en la cabecita y un "lo siento, pequeña"- la metía en el caldero una cuarta vez y no la sacaba. Intentó levantarse para detenerla y cayó al suelo, donde, sacando fuerzas de flaquezas, se puso a llamar al conde a voz en grito.



Sin soltar al bebé, la partera, que sabía que el conde había salido de caza y que los criados no se atreverían a entrar en la alcoba de su señora en momentos así, trató de calmarla hablándole con suavidad y explicándole lo sucedido. La impresión había sido muy fuerte y le costaría más que de costumbre, pero no perdió la calma: su experiencia le decía que todas, nobles y plebeyas, acababan finalmente aviniéndose a razones. Y así probablemente habría sido también en esta ocasión si el conde, siguiendo las costumbres de la época, no hubiera abandonado la partida de caza precipitadamente al saber, por boca de un mozo de cuadras enviado por su esposa, que los dolores del parto habían comenzado. Pero es que, además, quiso el destino que llegara en el momento justo en que su esposa lo llamaba y que él la oyera y que supiera descifrar el sentido verdadero que se escondía tras la acuciante llamada: "¡¡Adolfo!!" Una jauría de lobos no le hubiera espoleado tanto; en un santiamén subió las escaleras e irrumpió en la alcoba, cuya puerta hubo de derribar con la ayuda de los criados que se arremolinaban delante. Se plantó luego en medio de la sala, con la espada desenfundada y mirando en derredor suyo, bastante confuso por el silencio sepulcral que de repente se hizo, sólo roto esporádicamente por el bisbiseo con que la partera se encomendaba al Señor. Vio a la esposa tendida en el suelo, con el rostro desencajado, gritándole palabras que no acaban de salirle de la garganta; vio también a la partera, con las manos cruzadas sobre el pecho, hablando para sí sin apenas despegar los labios; vio, entre las piernas de la vieja, un bebé que parecía la viva imagen de su esposa; vio el barreño en que los criados le traían el agua para asearse; vio que estaba lleno; vio un cuerpecito azulado flotando... Se fue hacia ella y le hundió la espada en el corazón: "¡Muere... Bruja!"



.- publicado en la revista "La voz de la cometa. Tu voz en Internet"

Almas gemelas de una misma mesa

Se ha sentado con mucho estilo. Hay que tener estilo para sentarse. No arrastra la silla. Ni la golpea contra el suelo, ni la separa demasiado de la mesa. Su mesa de casa día. Ella ha pedido una sopa caliente. Sopa de cilantro. Come despacio. Mira a su alrededor sin pararse en nadie especial. Se concentra en su móvil el tiempo justo. Vuelve a mirar. Con gesto mecánico retira su pelo rizado de la cara. Se levanta. Paga su cuenta. Se va.

A los quince minutos, llega una señora. Se ha sentado con rapidez. Retira la silla. Golpea el suelo. Acelerada, levanta los brazos, pide carne asada con guarnición de fritada. Le sirven. Come. Se levanta. Va a la barra. Paga su cuenta. Se va.


Son almas de una misma mesa.


maribel cerezuela

Un día de abril buscaba algo concreto que no he encontrado. Visité todas y cada una de las tiendas que hay de confección. Cansados y hambrientos, sobre las dos de la tarde, nos pedimos un menú - riquísimo por cierto, y no llevamos comisión,- en un mesón de Al Campo.

En el tiempo de nuestro almuerzo, en una mesa concreta, se sentaron a comer distintas personas, pero de una en una. Me llamó la atención. Era un día de diario. Posiblemente el texto que he escrito ya lo hayan escrito otros autores y lo tendré guardado en mi memoria,  pero así fue como pasó.


lunes, mayo 21, 2018

LA CASA DE LA ALMEDINA


SALÓN DE LECTURA ________________________ José Antonio Santano

LA CASA DE LA ALMEDINA

LA CASA DE LA ALMEDINA
Ocurre con frecuencia que cuanto más cerca tenemos las cosas menos las valoramos. Es inexplicable, o tal vez no, que todo se trate de esa enfermedad tan española de despreciar lo nuestro, de ser incapaces de reconocer la valía de las cosas materiales y de las personas que nos rodean, consecuencia de ese defecto tan español también que es la envidia, amén de otro que campea a sus anchas como es la falta de curiosidad, que deviene en ignorancia supina. Y claro, cuando todo esto lo mezclamos en la coctelera de la vida el resultado es una bomba de relojería que en cualquier momento nos puede estallar sin más. El abandono del pensamiento y las ideas, desentenderse de lo que es natural y nos afecta a todos como seres humanos no puede traer sino terribles consecuencias. Por ello un simple libro puede ser a veces nuestra salvación, si no definitiva, sí temporal, devolviéndonos así de nuevo la esperanza en la capacidad del hombre para transformar el mundo. Y exactamente eso ocurre cuando cae en nuestras manos un libro como “La casa de la Almedina”, de Alfonso Berlanga Reyes. Un poemario que aúna estética y ética, que bebe de la más grande tradición poética universal para expresar con un estilo inconfundible en la voz de Berlanga tanto la cotidianidad como la profunda reflexión que va de la metafísica a la filosofía, incluso de la mística cristiana a la sufí. Estética y ética, porque la poesía es belleza en sí misma, «conocimiento en tanto percepción de emociones vivida de modo particular», como así dijera Carlos Bousoño; también ética como actitud ante la vida y los comportamientos humanos, discernimiento entre los conceptos antagónicos del bien y el mal. “La casa de la Almedina” corrobora una vez más (Berlanga ya lo hizo en su anterior poemario “Son aymara”) la fuerza de la palabra como único sostén de la poesía, sin olvidar que su máxima expresión se complementa con su preocupación por lo social, por todo cuanto toca la vida del hombre en la tierra. Berlanga es un poeta grande, de largo recorrido, que usa un léxico portentoso y diamantino, y su poesía, por tanto, extraordinariamente bella y lumínica, como el barrio de la Almedina representado en este poemario. 

ALFONSO BERLANGA


Con la sabiduría que le caracteriza Berlanga ha construido un discurso de belleza indiscutible, con multitud de imágenes, rítmico, con métrica de versos de arte mayor en los poemas más destacables y un estilo propio que lo diferencia y distancia, afortunadamente, de las corrientes estéticas actuales. “La casa de la Almedina” está compuesto de tres partes o bloques y una adenda. En la primera parte, “Almedina de luz” (dedicada a la memoria de Jesús Bustos, que fuera maestro y amigo del autor), el poeta fija su mirada en el propio barrio de la Almedina: sus calles, sus gitanos, su Alcazaba, su luz y sus realidades (pateros, refugiados, prostitución), su Almedina ya, como así lo expresa en estos versos:«Yo, Almedina, estirpe de canción y morería, / profundo relicario de amor y desventura, / reguero de silencios en dormidas terrazas, / mástil de mil conquistas y tules de Damasco, / esotérica imagen de tantas otredades, / desnutrido silencio que escapa sinuoso, / maldigo a quien se mofa de mi impúdica cara / y a quien sueña en mi nombre su esperpéntica risa». Pero si hay un poema determinante y contundente en verso alejandrino es, sin lugar a duda alguna, el que titula “Se fue por el camino de la noche”, que dedica a su maestro Jesús Bustos, in memoriam. Es tal el dolor del poeta que, no puede sino crear en su máxima expresión, los versos más bellos y sabios, también los más amargos: «¡Cuánto dolor tu ausencia, tus ojos luminosos, / tu estar tranquilo y dócil a pesar de los años, / tu magnánima sombra cobijando mis sueños! // No podré ya contigo compartir mis fracasos / ni los dulces paseos de palmeras y espumas, / torceré mis silencios en un mundo de absurdos / y me uniré contigo por la noche infinita». De la segunda parte “La casa de la Almedina” destacaría el poema “Zaguán”, en él Berlanga nos muestra ese otro rostro de la casa en su abisal soledad, las sombras que la habitan en el transcurrir del tiempo: «Aterido en su soledad queda el zaguán / como la casa herida y soterrada / soñando despertares de azucenas / y trinos lucernarios que de otra voz expiran». De la “Almedina de ausencias”, tercera parte del libro, fluye el amor a borbotones, vivir la ausencia de la amada y la espera de su regreso originan en el poeta una continua desazón, creciente desaliento, como el que expresa así: «Sin tu presencia vencida está la casa, / turbia de pensamientos / y de rostros ateridos, / de palabra sin esencias, / de la luz que se escapa por la altura / y del amor que, ausente tú, no existe». Pero no es verdad que no exista el amor, todo lo contrario, pervive en el poeta y el hombre y así lo declara abiertamente: «Te quiero en la totalidad de mi existencia oscura, / en todo lo que vive en mi mundo encallado, / en la fragilidad perenne que en tu ausencia es olvido». En la Adenda, dos personajes, Paco (el tapicero) y Lola (la gatuna) resumen la vida de los habitantes de la Almedina. Como conclusión y en palabras del Peñalver: «Alfonso Berlanga ha conseguido la perfección por no creer en la perfección… ha logrado ser un grandioso poeta por creer en la poesía». Irrefutable aserto.

LA CASA DE LA ALMEDINA





Título:La casa de la Almedina
Autor: Alonso Berlanga Reyes
Editorial: Alhulia (Granada, 2018)


lunes, mayo 14, 2018

El destino

Tomé una noche la decisión oportuna
y con las ventajas que tienen los pensamientos,
adquirí el viaje de un sueño.
Claro, le dije hablándole tras la puerta,
serás nuestro compañero de viaje,
pero no tú o él, seremos tres.
Soy la esclava perseguida
por el deseo de aventuras inconfesables,
pero él me repitió que todo estaba escrito,
que la inventiva ocupaba poco lugar,
por mucho que soñara con soñar
y traducirlo al mundo de los sueños..
Billetes en mano, el avión partió hacia París.
Sería nuestro primer destino,
por algo la habitaron los desterrados
los que pintaron palabras de autores que las escribieron
los que soñaron amores imposibles que otros tuvieron
Y yo estaba enamorada de mi viaje improvisado,
con mis dos amigos a la ciudad mágica, que
una vez se levantó distinta y tuvo su mayo
histórico, para que las españolas tuviéramos
sueños de señoras libres, de fajas y cuchillas de afeitar,
que duró como el tiempo de una gota de agua
que posa junto al mar.
Nuestro siguiente destino, cómo no, Roma
la que soñaba con tenerlo todo
amamantando una loba a dos locos
que no se ponían de acuerdo.
Por último, la ciudad que nadie sabe dónde se ubica
la que Ulises amó para sí mismo,
pero que abandonó para conquistar otra mejor,
porque los sueños,
sueños son.


                 

DESTINATION



One night I made the right decision,

And with the advantages of thoughts,
I bought the trip of a dream, for three.
Of course, I said, speaking to him behind the door,
You will be our traveling companion,
But not you or him, we will be three.
I am the persecuted slave
For the desire of unspeakable adventures,
But he repeated to me that everything was written,
That inventiveness occupied little place,
As much as I dream about dreaming
And translate it into the world of dreams ..
Tickets in hand, the plane left for Paris.
It would be our first destination,
For something was inhabited by the exiles
Those who painted words of authors who wrote them
Those who dreamed impossible loves that others had
And I was in love with my improvised trip,
With my two friends to the magic city, who
Once he got up differently and had his May
Historical, so that the Spanish women had
Dreams of free ladies, girdles and razor blades,
Which lasted as the time of a drop of water
Which lies by the sea.
Our next destination, of course, Rome
The one who dreamed of having everything
Suckling a wolf at two crazy
Which did not agree.
Finally, the city that nobody knows where it is located
The one that Ulysses loved for himself,
But abandoned to conquer another better,
Because the dreams,
Dreams are


22/07/2017

Maribel Cerezuela

ANTE EL MAR, CALLÉ

SALÓN DE LECTURA _________________________________ José Antonio Santano
EL OLIVAR DE LA LUNA
ANTE EL MAR, CALLÉ
Aparece una y otra vez, en multitud de ocasiones viene siendo así. El mar, la mar es motivo de expresión artística, trasunto del pensamiento humano. El hombre y el mar, la mar, frente a frente, desnudos uno y otro, sin disfraces. Bravos y serenos ambos. Inmenso el uno y desvalido el otro. Vida y muerte. Goce y tristeza, melancolía de la pérdida. Y así en todos los ámbitos de la vida, también en la literatura, en la poesía y su gran universo, más allá incluso de la ficción, del sueño. El mar, los mares y océanos que bañan la tierra, ese cosmos del azul perpetuándose en la infinitud del misterio y la magia. El mar como puente entre continentes y civilizaciones, mito y leyenda. En el poema “El mar” de Jorge Luis Borges podemos leer: «Antes que el sueño (o el terror) tejiera / mitologías y cosmogonías, / antes que el tiempo se acuñara en días, / el mar, el siempre mar, ya estaba y era. / ¿Quién es el mar? ¿Quién es aquel violento / y antiguo ser que roe los pilares / de la tierra y es uno y muchos mares / y abismo y resplandor y azar y aviento?». Quizá sea todo eso y más, un ser en muchos, quizá pongo por caso, silencio solo, un atronador silencio. Un canto inextinguible, como el que hallamos en el poemario “Ante el mar, callé”, edición bilingüe español-portugués, con traducción de Eduardo Aroso, de Alfredo Pérez Alencart (Puerto Maldonado, Perú, 1962), poeta y ensayista, profesor de la Universidad de Salamanca y coordinador de los Encuentros de Poetas Iberoamericanos que vienen celebrándose en Salamanca desde 1998. Responde el poemario de Alencart a ese silencio del que hablaba en líneas anteriores. El poeta no puede sino callar ante la infinitud añil de las aguas del Atlántico, al que vuelve para saldar una deuda ancestral y cantar así al Amor y su grandeza. Alencart sabe bien de los éxodos y los encuentros, del goce y las tristezas, ama la vida en sí misma, con sus adversidades y dichas, su patrimonio es la naturaleza y la hermandad del género humano, el Amor, de nuevo, entre iguales. En esta mirada al mar Atlántico desde Figueira da Foz, el poeta siente la llamada de sus ancestros; el eco poético de Pessoa, Torga o Unamuno, y así la vida que regresa a la entraña misma de la luz, del poeta incansable que busca a cada instante el asombro que produce siempre la vida, incluso en los momentos más adversos. Pérez Alencart ha sabido conformar un libro lúcido y reflexivo, como viene siendo habitual en él, con una frescura envidiable, desde el abismo oceánico del verso inagotable.
ANTE EL MAR, CALLÉ
ANTE EL MAR, CALLÉ
 El poeta es heredero del azul, ese que remonta el cielo o el que cubre la tierra con sus aguas: «Heredo lo azaul. / Mi voz elije su hospedaje y siembra en primavera y se desoculta / desde altísima ventana. / A cada instante un sueño o una ola. / A cada día un nuevo bautizo. / A cada estremecimiento / la abolición de los desdenes. / Inútil tratar de huir de aquí». No hay escapatoria. El poeta se ha fundido a la mar, son ya, mar y poeta, un mismo cuerpo. Portugal es para el poeta un país amigo, hermano mejor, con el que mantiene estrechos lazos a través de sus poetas y escritores, como se puede comprobar en el poema IV, particular homenaje a Pessoa: «Libélula impaciente, desde el 35, / sea Álvaro / o Bernardo, sea Ricardo o Alberto, / sea Alexander o Antonio al vaivén del repliegue en sí mismo, / absorto en otras existencias que apresan su insaciedad / y le marcan como hierros lejos de su cuerpo. / Su huella está en la cumbre, hecha brasa»; también su recuerdo inolvidable al escritor y poeta portugués Miguel Torga, a quien dedica estos veros: «Por Buarcos pasea, sin más lujos que su antigua mirada montañosa. / Interrumpe la consulta, deja de ver lánguidas peceras, / y sale a capturar la fuerza que concentra el mar». Y cómo no, en la esencia cultural lusitana, el fado, ese desgarrado canto que nos colma de nostalgia en el tiempo y en la voz de Amália Rodrigues: «Tiemblan las hojas ante la voz soberana de Amalia. Mientras, ella ahora duerme en su otra Odisea, en su otro misterio, / renaciendo en la espesura de esta noche de vigilia / cuando suena su voz alrededor mío. El fado me comparte su memoria, su íntima palabra que traduzco / con el alma de Amalia por testigo». Portugal y, en su nombre, Figueira da Foz se alza sobre el cielo: «¡Figueira, tu costumbre empieza junto al mar que te visita! ¡Figueira, interrógame desde el fondo de tus edades, / desde tu orfandad que se confiesa al cielo, desde tu propio destino!». El mar, la mar en sus olas y espuma de ida y vuelta, encuentro siempre, que no olvida a Salamanca y el magisterio humano de Unamuno: «He de volver a la playa para saludar al viejoven Rector». En el poema final del libro, Pérez Alencar salda su deuda con su pasado, el Atlántico en Figueira y Salamanca, y escribe: «Soy espejo: soy paisaje interior: soy memoria: soy borde azul / en el centro aún terrestre: soy alto en el camino: soy asombro…». La mar y sus silencios en la destacada voz del poeta peruano- español Alfredo Pérez Alencart.
ALFREDO PÉREZ ALENCART
Título: Ante la mar, callé
Autor: Alfredo Pérez Alencart
Editorial: Labirinto (Portugal, 2017)

miércoles, mayo 09, 2018

AGENDA CULTURAL.


           
AGENDA CULTURAL – SEMANA DEL 14 DE MAYO AL 20 DE MAYO




            PROGRAMACIÓN EN ARCHIVO ADJUNTO.



AGENDA CULTURAL – EVENTOS PERMANENTES


5 de junio de 2017 a 7 de junio de 2021

                Museo de Arte Doña Pakyta”. Exposiciones.
            Museo de Arte Doña Pakyta.
            Horario de invierno:
- Lunes cerrado
- Martes a domingo de 10:00 a 13:00 h; viernes y sábado de 17:00 a 20:00 h.
Horario de verano (del 1 de junio al 30 de septiembre):
- Lunes cerrado
- Martes a domingo de 10:30 a 13:30 h; viernes y sábado de 18:00 a 21:00 h.
Entrada libre

lunes, mayo 07, 2018

BARMINÁN. LAS HOGUERAS DEL INQUISIDOR LUCERO



SALÓN DE LECTURA por  José Antonio Santano


No es de extrañar, y ocurre con frecuencia, que las obras que obtienen los primeros premios son menos valiosas que aquellas que quedan finalistas de esos mismos premios. También sucede con las óperas primas, la primera obra de un autor siempre está abocada al silencio, por razones múltiples que no podemos enumerar aquí. Tanto en un caso como en otro comprobamos, con sorpresa, que no siempre es así. Hay ciertos libros que están destinados a las minorías: lectores de sólida formación literaria y, en algunos casos a críticos insobornables, honestos e intachables, minoría de minorías al fin y al cabo. El caso que nos ocupa es una “ópera prima”, la primera obra narrativa de Juan Naveros Sánchez (Castillo de Tajarja, Granada, 1952), de título “Barminán. Las hogueras del inquisidor Lucero”. Ya desde el título imaginamos su temática, histórica sin duda y sobre un hecho y una institución, que horrorizó no solo a la sociedad de aquella época (siglos XV-XVI), sino a las posteriores también. Hablamos de la expulsión de los judíos sefardíes y de su persecución, tortura y ejecución por herejes de los que quedaron en España y se sometieron al cristianismo (conversos). A simple vista podríamos decir que se trata de una novela histórica más, con los aditamentos y recursos propios de tal género. 

Pero no, eso sería menospreciar la capacidad de creación de su autor y su madurez literaria, aunque sea esta su primera novela. Naveros aporta a esta narración no solo conocimiento (rigurosa documentación histórica), sino solidez discursiva, uso de lenguaje, capacidad de ambientación, acertadísima descripción de personajes y situaciones, de tal manera, que el lector tiene la sensación de estar viviéndolas al mismo tiempo. Naveros ha sabido transmitirnos con un estilo encomiable una historia que, a pesar de contener páginas y páginas de verdadera crueldad, es todavía verosímil y de una coherencia literaria indiscutible. Partiendo del hecho histórico del Auto de Fe llevado a cabo el 22 de diciembre de 1504, en el que fueron quemadas en Córdoba ciento cuatro personas por mandato del inquisidor Lucero, entre ellas el protagonista de la novela Juan de Córdoba Membreque, Naveros edifica un corpus narrativo extraordinario, sostenido en su brillante ejecución por el conocimiento de la más grande tradición literaria española. Tanto en su estructura como en los recursos empleados, pongamos por caso el de la N.M (Nota Manuscrita) que nos dibuja más exactamente el estilo de su autor y el pensamiento más profundo, hasta el manejo de los personajes protagonistas como los muchos secundarios, la recreación de los diferentes ambientes (calles, hogares, cárcel, Tribunal de la Inquisición, interrogatorios, etc) y exactitud en la utilización del tiempo narrativo y el espacio, hacen de Naveros un narrador con y de futuro. Pero entre tanto terror, de antes y de ahora, porque no podemos olvidar los actuales de las guerras fratricidas y los éxodos hacia ninguna parte y las muertes, siempre nace una esperanza, esa que brilla en los labios de los amantes, la que aviva el cuerpo y el alma, así en el umbral de la muerte de Juan Sara piensa: «Y mientras le besaba los ojos tratando de reducir su fiebre, seguía desgranando pensamientos deslavazados y agotados: -¡Si pudiera, destruiría el mundo en este instante! –Breve silencio en el que le acarició dulcemente la cara-. Solo en un momento como este se llega a entender que los que se aman, incluso muertos, no mueren nunca. –Y fuera de sí gritó a la oscuridad que empezaba a disiparse-: ¡Las voces de vuestras víctimas clamarán justicia contra vosotros desde el mismo seno de la tierra! –Y con una sonrisa irónica y lobuna, sentenció para mitigar su dolor-: ¡Nadie me podrá arrebatar el sabor de la ternura que bebí con su saliva! Con todo, si tuviésemos que resumir en pocas palabras esta admirable novela, bien vendrían las que el propio protagonista, Juan de Córdoba Membreque, deja manuscritas en una de sus muchas notas. Así escribe: «¿Cuál será el hombre del futuro? ¿El manso o el violento? Solo Dios, que no se deja encandilar con los boatos de ninguna religión, lo sabe. 

Pero quisiera creer que el hombre, por evolución natural, aunque no por los dictados de su avara inteligencia, aprenderá de tantos horrores y lamentos, guerras y amarguras y se transformará en manso y noble. Elaborará leyes que inspiren la virtud, el esfuerzo y la solidaridad universal con menosprecio de razas, apellidos y creencias. Tal y como aprendió a dar vida a un tosco mármol, aprenderá de sus propios monstruos, apaciguará la historia y hará más habitable la tierra». La historia contada en estas páginas, aunque sea terrible, tiene la virtud de que su autor ha sabido conjugar todas las circunstancias históricas, sociales y culturales de la época para crear un discurso narrativo sólido e ingenioso, donde el particular estilo, además de un preciso léxico y una continuada reflexión sobre lo humano y lo divino, alumbrarán al lector en esta sugestiva aventura. Ojalá nunca más se oiga esta exclamación hebrea: Barminán, que no quiere decir sino ¡Que la Providencia nos proteja!, señal de que el horror haya sido sepultado definitivamente bajo la tierra. Una novela singular y un autor para no perder de vista.


Título:Barminán.
 Las hogueras del inquisidor Lucero
Autor: Juan Naveros Sánchez
Editorial: Nazarí (Granada, 2017)


viernes, mayo 04, 2018

MADRE DE LECHE Y MIEL

de       NAJAT EL HACHMI

Editorial Destino 2018
Por María Ángeles Lonardi


MADRE DE LECHE Y MIEL


Es una novela feminista, que reivindica el lugar y la voz de las mujeres y dice la autora “Me apetece mucho hacer literatura sobre todas las mujeres que he conocido porque están totalmente olvidadas” Najat El Hachmi

Y ¿quién es Najat El Hachmi?
La autora nació en Beni Sidel Marruecos en 1979. A los ocho años se trasladó a Vic, ciudad donde se crió. Estudió Filología Árabe en la Universidad de Barcelona y ha sido mediadora cultural en Vic y técnica de acogida en Granollers.
En 2004 publicó su primer libro, Jo tamé sóc catalana (Yo también soy catalana). Le siguieron el último patriarca (2008, premio Ramón LLull, Prix Ulysse y finalista del Prix Mediterranée étranger), traducida a diez idiomas; La cazadora de cuerpos (2011), publicada en castellano, inglés  e italiano y La hija extranjera (2015, premio BBVA Sant Joan y premio Ciutat de Barcelona). Colabora habitualmente con el Periódico de Catalunya.

Madre de leche y miel narra en primera persona las peripecias de Fátima, madre de Sara, que deja el rif, al norte de Marruecos, el lugar donde nació, para ir en busca de una nueva vida en Barcelona con su hija pequeña.
La novela comienza cuando la protagonista regresa a su pueblo natal y narra oralmente a sus hermanas casi todo lo ocurrido y las vivencias soportadas para lograrlo. Como Sherezade narraba en “Las mil y una noches”, con todos los detalles. Les contará lo que quieren oír, dejándose llevar poseída por una ancestral virtud, muy destacada del pueblo marroquí, los “cuentacuentos” que se pueden encontrar en la plaza de Marruecos.

Se guarda detalles escabrosos, pero sabe ahondar en lo más importante. Y además, el libro contiene al final un glosario de terminología y significado para que el lector no se pierda ningún detalle y conozca, con más exactitud, los términos y giros costumbristas de la región. Esto enriquece el vocabulario de cualquiera  y genera una amplitud de miras que se agradece y mucho.

Los personajes están muy bien traídos y van dando forma a la novela y la enriquecen. Fátima es muy creíble, Sara y los demás personajes también. Sus perfiles son defendibles y emocionalmente tan normales como cualquiera de nosotros. Asumen las dificultades y las enfrentan como cualquiera lo hace y eso los humaniza.

El mensaje cobra sentido. Se trata de reivindicar el lugar de la mujer en la sociedad. Revalorizar la mujer que se atreve a salir adelante a pesar de las adversidades. Destaca la capacidad de lucha, de convertirse en el “hombre” -como dice Fátima en una parte del texto- “Seré el hombre, me aguantaré el hambre” para que no le falte el pan a mi hija, “seré el padre de mi hija” y se sobrepone a todo, se fortalece y se empodera.
 
MARÍA ÁNGELES LONARDI
NAJAT EL HACHMI y MARÍA ÁNGELES LONARDI
Es una novela muy bien narrada, dividida en dos partes con diecisiete capítulos la primera parte y dieciocho capítulos la segunda y un Epilogo, muy original, que es una carta sonora de una madre clamando porque regrese su hija.
Excelente dominio del lenguaje, testimonial en algunos casos, de vivencias transmitidas de madres a hijas o de abuelas a madres, que revelan un muy cercano y esclarecedor conocimiento de los temas abordados.
Una característica más que quiero subrayar, es que hace referencia a los años lunares y no al año calendario gregoriano, para ir marcando la edad de los protagonistas.
Propicia los saltos temporales del narrador; así se materializa una anacronía muy interesante. Este recurso consiste en que dos líneas temporales se van entrelazando a lo largo del relato. Como podemos observar hay datos del pasado en el Pozo de Higueras y del momento de la vida en Barcelona. Esos son lugares físicos donde se localiza la narración. Najat va haciendo un recorrido vital en paralelo entre el momento del regreso a Marruecos y la vida en Barcelona y a posteriori.

Se destaca la profunda escisión de los dos mundos y las vivencias muy diferentes, dependiendo de dónde se produzca este fenómeno migratorio y lo que ello conlleva. Es un retrato realista y convincente del conflicto emocional, de la compleja realidad cultural, social y personal que acarrea la condición de madre inmigrante. Muestra la realidad del mundo rural rifeño y de lo que supone dejar ese mundo atrás y ser mujer hoy en día, en un lugar completamente distinto.

Y ensalza a las mujeres y les da un lugar preponderante en el núcleo familiar y social, en cuanto ellas son las encargadas de transmitir la tradición ancestral, por ejemplo cuando narra los cuentos de su niñez  y el deseo de que su niña conozca también a la Nunya, personaje similar a Rapunzel de la que le hablaba su abuela.

Es muy valioso mantener las tradiciones heredadas ancestralmente que hacen a la esencia de nuestros pueblos, que nos enriquecen culturalmente y como sociedad.

Reconozco en estas páginas una historia de superación personal, de lucha interna, de esfuerzo para derribar barreras, de sacar fuerzas para salir adelante. Mujeres ejemplo de lucha y abnegación, de heroísmo cotidiano y silencioso.

Como escritora celebro que Najat haya escrito esta novela, que está muy bien lograda. Es un valioso testimonio de una historia que puede ser biográfica, aunque intuyo que no en su totalidad, donde la realidad y la ficción se unen en una línea imperceptible.

Y como mujer, agradezco que Najat haya escrito este libro por todas las mujeres que no pueden contar su vida, que no tienen voz y por las que, están totalmente olvidadas y abandonadas a su suerte; condenadas al silencio, a la soledad, al ostracismo…

Saber de esta historia, nos hará ser más comprensivos con estas mujeres, nos ayudará a empatizar aún más con ellas, y por qué no,  le puede servir de ejemplo a tantas mujeres que creen que están solas, que creen que todo es imposible y que no hay salida. No es así, Fátima es una prueba de ello. Najat, como escritora joven y mujer moderna que es, es una prueba de que la mujer tiene un lugar muy importante en esta sociedad; nazca donde  nazca, venga de donde venga, tenga el color de piel que tenga y crea en lo que crea, porque todos somos iguales y porque las mujeres, como los hombres, tenemos mucho que contar, somos parte imprescindible y basamento, pilar fundamental de las familias y de cada sociedad.
NAJAT EL HACHMI

Como dijo la autora en la presentación de su novela en la Feria del libro de Almería: “casi todas las madres dan leche, pero no todas pueden dar miel”

Descubrir el verdadero valor de esta mujer, MADRE DE LECHE Y MIEL es el reto. Dar visibilidad a aquellas que se atreven a enfrentar hasta sus propios miedos y contarnos de forma impecable esta historia entrañable de una mujer del rif, fue el reto de Najat. Ella ha cumplido, y con creces,  ahora nos toca a nosotros.                                             


Almería, 3 de mayo de 2018.