jueves, mayo 30, 2013

EL ORO DE LAS TUMBAS.


EL ORO DE LAS TUMBAS
ENTREVISTA AL ESCRITOR ALMERIENSE

ÁNGEL DE UTRERA TRAS LA APARICIÓN DE SU ULTIMA NOVELA PUBLICADA: 

“ EL ORO DE LAS TUMBAS”    Augusto Fuentes conversa con el escritor.




AUGUSTO FUENTES.-  Nuestra primera pregunta es: ¿Qué nos dice respecto al título del libro?


ÁNGEL DE UTRERA.-   Schliemann descubrió oro en las tumbas reales de Mecenas; de ahí se infiere…


A.F.   ¿Qué es eso de eminente doctrinario de la Universidad de Arkham (Miskatonic), que es lo primero con que tropezamos en la solapa del libro, donde suele presentarse al autor?


A.U.   Se trata de una broma literaria y al mismo tiempo un homenaje a la memoria de H.P. Lovecraft y conjuntamente de E. A. Poe, que con su obra socavaron los falaces cimientos de la democracia americana, coartada del país más agresivo y violento de la historia. Respecto a lo de “doctrinario”, podemos decir que en el caos social en el que vivimos urge hacer afirmaciones de carácter apodíctico cuando nos referimos a las cosas de orden espiritual. Por otra parte, los textos están ahí y un legítimo interés puede conducir a ellos a los que, sinceramente, buscan y se buscan a sí mismos en medio de esta magna empresa de distracción que es la sociedad moderna. Podemos convenir hablando en términos teológicos que la distracción es el pecado contra el Espíritu Santo, aquel que no se perdona. Porque esta escrito: “¡Velad!”


A.F.  Pero esos textos a los que aludes, ¿qué son?; ¿de qué tratan?


A.U.  Son textos de carácter espiritual. No olvidemos que la literatura, propiamente hablando, es una degradación de los textos litúrgicos. El Quijote, por ejemplo, en aspectos muy puntuales, es una parodia del Evangelio, más que de los supuestos libros de caballería; aunque se trata de una parodia de la que el mismo Cervantes, que era una persona extremadamente religiosa, no fuera plenamente consciente. España ha sido secularizada completamente y sus tradiciones deliberadamente destruidas hasta el extremo de que estamos a punto de perder nuestra propia identidad. Esa agresión ideológica secular de ese laicismo que empieza a transformarse en una ideología que se impone por la política, y que se ha convertido en enemigo de la Tradición y del Espíritu, por no hablar de la religión. Son palabras del cardenal Ratzinger, hoy Benedicto XVI.



A.F.  Volviendo a la literatura. ¿Por qué un cuarto libro cuando te hemos oído expresar con frecuencia que todo cuanto puede expresar un hombre de nuestros días cabe en tres?


A.U.  En realidad se trata del tercero de una unidad que iba a ser tetralogía, y que circunstancias adversas han impedido que se escribiera. “Relatos de la existencia y de la vigilia”, título spengleriano, fue un compendio previo de esa tetralogía. Por otra parte, siempre hemos afirmado que se es autor de una sola obra siempre que ésta, en su necesidad y autenticidad, exprese una especie de necesidad orgánica.


A.F.  ¿Tú te sientes expresado en estas obras que te debemos?


A.U.    En ellas no hablo de mí ni de mi vida “personal”, que no niego tener. ¿A quién que no haya perdido el respeto de sí mismo y de su propia decencia le puede interesar la vida personal de nadie? Ya decía Platón que la obra del poeta es el reflejo de los prejuicios e ideales imperantes ... y que no habla a la parte mejor del alma, sino a los instintos y a las pasiones, a las que espolea, y que el poeta incapacita al alma para distinguir lo importante de lo que no lo es, pues representa las cosas según el fin que en cada caso persigue; a causa de esta relatividad la poesía corrompe nuestros juicios estimativos. Sin embargo, poetas en el sentido elevado de esta palabra son Dante y Shakespeare, por ejemplo, y no esa gente para quien los marineros son las alas del amor, etc… y podemos seguir haciendo la misma pregunta que Platón nos dejó formulada en Las Leyes: “Padres,¿consentiréis que vuestros hijos sean educados por los caprichos de un poeta?”.- El propósito que he tenido al escribir mi obra es el de hacer al hombre más humilde y más identificado con su propia esencia. Vivimos, como dijo Heidegger, en la ‘época de la política absoluta’; esto es, de la mentira absoluta, aunque algunos, todavía, somos conscientes de que el mal es la imposibilidad de lo imposible, a pesar de que no dejemos por esto de sufrir sus consecuencias. Pero si le quitamos la humildad al hombre desaparecen todas las virtudes de las que su propio orgullo se glorifica y son quitadas a quien verdaderamente pertenecen.


La literatura “rectamente entendida”, como he dicho antes, no es sino una degradación y una parodia de los textos sagrados; sin embargo, el más grande de todos los escritores, que por su propia grandeza e inspiración constituye una afirmación doctrinal de dichos textos es William Shakespeare, quien, como persona espiritual, no creía en el azar, reconoce la operación de la Providencia en los seres humanos que traslada a sus obras, y sabía, por otra parte, que la limitada razón del hombre carece de poder de “justificas los medios de obrar de Dios”; y en sus obras, como hace decir al Rey Lear, acaba tomando sobre sí el misterios de las cosas, como si fuese un espía de Dios, que, al percibir la justicia de los procedimientos de la Providencia obliga a la justicia poética a coincidir con la Justicia Divina. Pero ¿quién comprende hoy en día nada de esto, cuando se ha consumado la destrucción de la Tradición, de nuestra espiritualidad y de nuestra misma patria (la tierra de nuestros padres)? Ni siquiera es capaz de advertir los dos aspectos esenciales bajo la que se ha realizado: por un lado, bajo el aspecto de una revolución de formas legales que introduce en nuestras leyes el espíritu de la subversión y de la rebelión; y por otro lado, bajo el aspecto llamado “cultural”, en que ese oximorón de la cultura oficial consagra el espíritu subversivo de las más perversas ideologías como cultura, como si la subversión y la conspiración tuvieran exclusivamente un aspecto estético. Y subversión y progreso lo acepta como cultura la propia inconsecuente e ininteligible derecha sin que parezca enterarse de nada una vez que ha perdido de vista sus propios valores que ya hasta parece desconocer por completo. Pues, cuando se escucha en boca de los jefes de partido cursilerías tales como las de “patriotismo constitucional”, o que “Europa no es un club cristiano” …, “la alianza de civilizaciones”, “el derecho a la felicidad” … hay que echarse a reír por no llorar.



A.F.  Sin embargo, hasta ahora, por lo que nosotros sabemos, tus libros – excepto contadas personas de excepción – han pasado completamente desapercibidos.


A.U.  “Quod scripsi, scripsi” Aunque ante el temor de que puedan ser víctimas de un auto de fe por esa invariante castiza española de destruir libros, los he puesto a buen recaudo enviándolos a las principales bibliotecas de Europa, ya que no me importa tanto la conspiración del silencio que padezco, como que en algún momento de un nuevo ciclo, puedan formar parte del germen de algo mejor. Nada hemos de esperar de los tiempos en que vivimos, conocemos perfectamente la recompensa que el paciente mérito recibe del hombre indigno, y no ignoramos tampoco quién mueve los hilos de lo que en su aspecto más ingenuo y vanidoso aparece como el artífice de la subversión bajo el aspecto de progreso. Vemos lo que vemos … pero detrás de todo eso hay algo más que sólo podemos conjeturar …


Respecto a mí mismo, como escritor me honra suficientemente que el nombre de un amigo dilecto vaya estampado junto al mío. El juicio de las generaciones futuras, ante el cual estará nuestra obra desnuda, lo ignoraremos siempre; sin embargo, tendré en alta estima a todo aquel a quien mi obra haya redimido de los falsos principio y lo haya hecho aproximarse al Principio divino. Algún día no lejano, presenciaremos la venganza del Cielo y debemos estar preparados, como dijo Shakespeare, para que el Juicio de los cielos no nos mueva a compasión. Y con esto creo que basta por hoy. Lo demás está escrito.




A. F. Y nosotros te agradecemos que nos haya iluminado con tus conocimientos superiores, tu exquisita cortesía, suprema elegancia y distinción, propia de un aristócrata del espíritu.

Almería, 03/05/2013


EL ORO DE LAS TUMBAS


SOLAPA ( Ángel Simón Collado)

Ángel de Utrera, el escritor que en España. representa la Cultura. Así, con mayúsculas y así de rotundo. La que penetra en el drama esencial del hombre: el ser y la existencia. En él, como en Dante, como en Cervantes, como en Goethe, por citar tres ejemplos ampliamente conocidos, la escritura se convierte en otra variación más del Conocimiento. Un novelista de raza que funde con rara habilidad una prosa auténticamente literaria con un contenido que se dispara continuamente hacia los universales de la inteligencia del ser y el más allá del ser, como esperanza salvífica en un mundo del aquí y ahora a vez más angosto y rastrero de alma y mente.
Artista en el sentido verdadero y pleno del término. Con ello queremos decir, que, poseyendo el completo dominio artesanal de su técnica, en una prosa que alcanza categorías musicales de sinfonía, aspira a injertar sus novelas doloridas en el árbol de una visión totalizadora del mundo creado, en una jerarquía ontológica de los seres. Novela de una textura literaria sorprendente, su lectura constituye un acontecimiento y una iniciación; nos transporta a niveles cada vez más altos del estatus que ocupábamos como criatura cuando abrimos sus páginas.
        Un escritor de raza en busca de un lector de raza.


PRÓLOGO (Ángel Simón Collado)

        Escribir el prólogo a una obra de Ángel Utrera, a cualquier obra de este escritor sin precedentes, supone escribir en el vacío de una ausencia de tradición. Empresa complicada, a afrontar sin el auxilio de unas cotas de referencia en un país donde la literatura se complace con demasiada insistencia en los arrabales del pensamiento y las pedanías del alma; sin un mínimo temblor intelectual frente al misterio agónico de la existencia; y un perenne tufillo a hojitas parroquiales de agrupación política de distrito. Cortos alcances en la Inteligencia, negligente en la Razón y cerril en la Sabiduría. ¿Dónde extraer el caudal de nociones para enfrentarnos a la novela de una aventura interior, de un personaje cuya vida particular siente como una angustia y un enigma a resolver en lo transcendente?
        El Oro de las Tumbas. Obra elaborada según esquemas ajenos a nuestra literatura, pues habría que rastrear esos territorios comunes a las especulaciones metafísicas, teológicas y místicas para descubrir el armazón interno que la sostiene. Alcanzar el oro de las tumbas atravesando los umbrales velados por un sutil tejido narrativo cuya trama consiste en la aprehensión del instante como desvelamiento de una inmanencia presentida pero nunca experimentada; y su urdimbre, la evocación de un estado primigenio en que se concedió al protagonista una creación significativa, un lugar donde se anudaba, para el espíritu alerta, lo efímero con lo intemporal.
        Evocar la infancia es evocar la casa del Padre. Rememorar una herencia levantada in illo tempore por los antepasados con un sentido y un significado, cuando la descomposición de éstos se ha completado en un entorno entregado a la satisfacción de lo inmediato. Indagación en el recuerdo de aquel lugar y tiempo para comprender que la soledad y el destierro de ahora son las consecuencias de una expulsión voluntaria, de una renuncia consciente al vender un noble patrimonio, a sabiendas que encerraba un cuidadoso componente espiritual, para adquirir la primogenitura de un estado mundano y circunstancial. Ni error ni fracaso, sino Pecado y Caída.
        Sin posibilidades de retorno a aquella mansión propiciatoria, desmantelada y profanada por mercaderes; desaparecidos ya sus últimos señores traicionados; ¿dónde encontrar el hilo de Ariadna que restituya, a través del laberinto de la vida y el mundo, con el fardo de la Culpa, un camino hacia el tesoro dilapidado y enterrado, cuando ya no se reconoce ni las señales de las tumbas? Para Adrián solo queda el delicado y difícil de la Belleza. Delicado y difícil porque la belleza de las creaciones humanas apela al gusto y conocimiento cultivados; la de la naturaleza, al sentimiento; pero la de la carne golpea en las raíces del hombre entero, en no se sabe qué centros vitales, para conmocionarlo por completo. Belleza convulsiva, mas triste y melancólica, la de la carne, al remover nostalgias imposibles de inmensas lejanías; y porque, sin saberlo, despierta apetencias de Absoluto. La Belleza es el esplendor de la Verdad. ¿Acaso no es el adolescente Balder, su hierofante según el orden de Melquisedec (sin padre, sin madre, sin genealogía, sin origen...), el que advierte a Adrián de las consecuencias que supondría para él la enajenación de la casa familiar? ¿No se señala (él mismo) como una senda peligrosa, al transitar por ella el deseo que ansía su cumplimiento, el placer apremiante e imperioso en que la materia viva ha depositado, también, la perpetuación de la especie? Pedagogía erótica del Amor: vía siempre resbaladiza, discurriendo entre abismos. Y para el discípulo generoso a la búsqueda de una verdadera patria, no son los vericuetos fisiológicos del sexo el auténtico peligro, sino la aspiración a un paraíso en el tiempo profano bajo la forma de una patria mortal; la aspiración legítima a un cobijo humano, pero, ¡ay!, demasiado humano.
        El Oro de las Tumbas; extrañamente seductora e insólita. Construida sobre terrenos vírgenes en la literatura española, se alza, solitaria y atrayente, en desiertos casi despoblados de nuestro panorama artístico. Sepamos que Ángel Utrera concibe sus novelas al modo en que se levanta un arte sacro: con esa intencionalidad que aúna los sensibles con los inteligibles, los sentimientos con la emoción, lo humano con lo transcendente; en definitiva, como signo que quiere para sí la categoría de símbolo. Más allá de la materialidad de estos signos, advirtamos, como fue advertido el protagonista, que consideremos la realidad espiritual a la que apuntan y manifiestan. ¿Quién nos librará de este cuerpo de muerte para atisbar por un sólo instante alguna de las muchas moradas en la casa del Padre? Usted y yo, lector, hechos a Su imagen y semejanza, pensemos en nosotros mismos esa imagen y semejanza, esa brizna de oro. Brizna de oro en que está todo el oro, y su tumba, por todas partes: ex quo pars et in hoc pectus mortale defluxit.
Vale.