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miércoles, noviembre 26, 2014

Antonio García Vargas. El hombre celular.

EL HOMBRE CELULAR
de Antonio García Vargas

Reconozco que me da un puntito de envidia, no lo puedo remediar. Veo en la tele imágenes de los atletas de élite, jugadores de fútbol sobre todo, haciendo ejercicios de mantenimiento y de forma para estar a punto en sus distintas competiciones. ¡Qué gimnasios, Dios mío! ¡Qué maquinaria! Una ingente cantidad de ordenadores a su disposición, una maraña de cables que terminan en graciosas ventosas aplicadas a distintas partes de sus cuerpos, midiendo impulsos, controlando constantes, analizando cada una de las pautas segundo a segundo, poniendo y quitando aquí y allá, optimizando la temperatura, incorporando datos sobre alimentación conveniente, esfuerzo físico y psíquico, a tono siempre con los resultados que se pretenden…

Ante tanto cable, medidores de impulsos y agujas protectoras recopilando información sobre necesidades, tolerancia y prestaciones, cabe preguntarse si los chavales son humanos que parecen máquinas o máquinas que parecen humanos.

Está claro que el colosal negocio montado en torno al deporte de competición se ha disparado hasta el infinito. El deporte propiamente dicho ha dejado de serlo para convertirse en santo y seña de “otras cosas”. El despliegue de propaganda en todo tipo de medios ha conseguido resucitar formas de competición a las que no se hacía caso y no es extraño ver cómo se analiza con ojo crítico todo aquello que pueda proporcionar dinero para a continuación darlo a comer hasta en la sopa al radiotelevidente para convertirlo en su prioridad del día a día…

Asistimos a comedietas tales como nombrar conde a entrenadores de fútbol, destinar partidas de dinero importantes para subvencionar al sector privado, divinizar al jugador de turno, a su abuela y a su hámster si eso suma audiencia, a destinar embajadas de personas ilustres, a veces reyes o presidentes de gobierno para acompañar a los cruzados y caballeros de la Patria deportiva que representan y salvaguardan la dignidad nacional en efímeros torneos que mueven ingentes masas de dinero que van a parar siempre —qué casualidad— a los bolsillos de los mismos; de los de siempre.

Me pregunto en qué se diferencia este mundo que gustosamente nos hemos dejado imponer, al que mostraba Huxley hace décadas en su revolucionario y atrevido libro. Lo más curioso es que nos esquilman, modelan y lobotomizan sin el menor atisbo de violencia visible. Somos ovejas que siguen al ovejo líder que se despeña por el barranco; simple masa que se mueve sin necesidad de un silbato; zombis que se tiran por el balcón si pierde su equipo; humanhormigas que al sumarse conforman un monstruo colectivo, destruyen su inteligencia individual para acoplarla a una sed destructora sin precedentes y llegan o pueden llegar hasta lo más bajo y profundo de la especie animal en ese momento de extraordinaria metamorfosis despersonalizadora. Quizás, soy consciente de ello, esta energía generada por un acontecimiento deportivo, tiene momentos o consecuencias positivas en que aflora un sentimiento multitudinario maravilloso que nos reconcilia con nosotros mismos y nos eleva hasta límites insospechados. No puedo, no obstante, pararme a pensar en que esto está bien estudiado por los que mueven los hilos y viene a ser como la zanahoria en la punta del palo; una leve compensación ante tanta incongruencia; una bolsa de caramelos que el tirano concede al marido cornudo tras haber hecho uso del derecho de pernada…

En fin, que yo no quería hablar de tiranos ni de zombis sino de la suerte ¿? que tienen los deportistas de élite al estar tan bien cuidados y controlados para que puedan rendir al máximo. Y pienso qué sería de la literatura por ejemplo si se cuidara a sus “atletas” de forma parecida; hasta dónde podría llegar el creativo nato si estuviese asistido por máquinas que analizaran e intentaran realzar su talento natural; midieran sus posibilidades; alimentaran, mimaran y masajearan convenientemente sus neuronas; penetraran en la célula íntima del creativo y facilitaran aún más la labor oxidativa de las mitocondrias, ayudándolas a producir más energía creadora, separándolas de los restos de procariotas migratorias primigenias que nos atan en parte a la animalidad heredada…

Pienso que del mismo modo que se ha manipulado en parte nuestra herencia a favor de ciertos intereses, bien se podría ahondar en las posibilidades de los creativos en las distintas artes partiendo de la base de que son eminentemente asociativas en lo fundamental, al tiempo que cooperativas y simbióticas en grado sumo. Si en ese gimnasio cultural-mental-espiritual se asistiera al poeta, pongamos por caso, ayudando a buscar, encontrar y mantener una estrecha y equilibrada relación entre cada una de las partes, rescatando centriolos desperdigados y analizando nuestros ADN y ARN para borrar impurezas, se podría establecer un control celular casi completo dando lugar a asociaciones internas y enriquecedoras de todo tipo, regulando sus balances y manteniendo una relación simbiótica tal como la que muestra el rizobio con las raíces de las leguminosas…

Estamos ocupados o poseídos según los científicos (desde que apenas éramos una insignificante célula) por inquilinos estables que no son “nosotros” propiamente dicho sino seres individuales con su propia genética independiente, que nos invadieron y viven en nuestras células regulando su adaptación y particularidades desde el inicio de los tiempos en tanto que nos mantienen como una unidad funcional. Sin ellos —mitocondrias, centriolos, cuerpos basales y probablemente otros pequeños elementos—, no existiríamos y de existir seríamos incapaces de mover un músculo o pensar. Son tan esenciales para nuestra vida como lo es el pulgón en un hormiguero, sin que esto nos llegue tampoco a comer el coco pensando si son ellos o nosotros quienes pasean con nuestra pareja a la luz de la luna o escriben nuestro libro. Si nos sirve de consuelo esto no solo nos ocurre a los humanos, las plantas están en el mismo aprieto, no serían plantas, ni siquiera verdes, sin los cloroplastos que elaboran la fotosíntesis y fabrican oxígeno para nosotros pues los cloroplastos son también invasores, seres ajenos a las plantas, con su propia genética y particularidades…

Volviendo al punto de partida y centrándome en las posibilidades que ofrece el estudio, mantenimiento y control de las energías creativas individuales, y ya que está demostrado, dicen, que nuestra inteligencia intrínseca nada tiene que ver con la inteligencia asociativa de las abejas o las hormigas, debería cuidarse muy mucho la creatividad y tratar de aglutinarla en los que tienen la suerte de poseerla en alto grado, tal y como se hace con la élite deportiva. Es preciso dejar de lado la competitividad tal y como está establecida y pensar que es esencial mantener a punto el conocimiento en general y la capacidad creativa en particular. El conocimiento, porque sin él no habrá progreso, al menos no todo el que sería posible y aconsejable. La creatividad, porque es la vía de salida hacia soluciones distintas que abren un esperanzador abanico de posibilidades al humano en su lucha por superar ciertos límites culturales que dificultan su visión del porqué se nos ha asignado el papel de animal dominante en la Historia. Si al creativo nato se le da el tratamiento y cuidados que recibe el deportista de élite y se llega hasta el fondo en el estudio celular, tanto a nivel individual como asociativo con mentes brillantes en cada materia, alimentando todos los elementos que intervienen en el proceso creativo interno para rescatar cuanta información o capacidades pueda haber en ellos, es posible que la Humanidad dé un salto de gigante hacia adelante en todos los órdenes y disciplinas conocidas y aún por conocer.

No podemos seguir manteniendo a ese monstruo especulativo que nos deglute a diario, mutilando la lógica de la Vida con intereses irrazonables que conducen al desastre cultural e imaginativo en el presente y a la pérdida de identidad a corto plazo. Hay que rescatar a la Humanidad y la humanidad, perdidas en esta absurda actitud que nos degrada en lo íntimo al tiempo que nos aleja de la razón que nos es propia. Si seguimos dejando que unos pocos nos conviertan en hormigas terminarán convirtiéndonos a la larga y no será posible en el futuro que nuestra deficiente composición celular dé vida a un Shakespeare que nos regale un hermoso soneto, a un Mozart que nos deleite los sentidos o a seguir manteniendo intacta la capacidad de mirarnos al espejo y reconocernos desde el libre albedrío.

(Fragmento del ensayo: El hombre celular, de Antonio García Vargas)

En Almería, Andalucía, España, julio de 2011