ALMAS DE UNA MISMA MESA. POR MARIBEL CEREZUELA

Un día de abril  busqué  algo que no he encontrado. 
Visité todas y cada una de las tiendas que hay por la ciudad.
Cansados y hambrientos, sobre las dos de la tarde, 
nos pedimos un menú - riquísimo por cierto,
 y no llevamos comisión,- en El Mesón de Al Campo.
 En el tiempo de nuestro almuerzo, en una mesa concreta,
 se sentaron a comer distintas personas, 
 de una en una. 
Me llamó la atención.
 Era un día de diario. 
Posiblemente este texto ya lo hayan escrito otros autores.
Lo tendré guardado en mi memoria, 
y así fue como pasó.

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Se ha sentado con mucho estilo. Hay que tener estilo para sentarse. No arrastra la silla. Ni la golpea contra el suelo, ni la separa demasiado de la mesa. Su mesa de casa día. Ha pedido una sopa caliente. Sopa de cilantro. Come despacio. Mira a su alrededor sin pararse en nadie especial. Se concentra en su móvil el tiempo justo. Vuelve a mirar. Con gesto mecánico retira su pelo rizado de la cara. Se levanta. Paga su cuenta. Se va.

        A los quince minutos, llega una señora. Se sienta com mucha rapidez. Retira la silla. Golpea el suelo. Acelerada, levanta los brazos, pide carne asada con guarnición de fritada. Le sirven. Come. Se levanta. Va a la barra. Paga su cuenta. Se va.



Son almas de una misma mesa.

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