domingo, enero 26, 2020

POESÍA EN LA DIFERENCIA

IDEAL, 26/01/2020


SALÓN DE LECTURA ___ Por José Antonio Santano



PEDRO RODRÍGUEZ PACHECO
PEDRO RODRÍGUEZ PACHECO
El Unicornio en el Café Libertad

Hora es de llamar a las cosas por su nombre. En la literatura como en tantas otras cuestiones de la vida existe un momento en que hay que decir, ¡basta ya! Hasta ahora la poesía española parece obedecer a un solo canon, o, mejor dicho, a un solo gurú, tan poderoso, que nadie se atreve a oponerse a él, a contradecirlo en lo más mínimo, porque ¡ay de aquél que ose a enfrentársele! El silencio será la condena y ya nunca más podrá vivir de sus migajas. Ocurre ahora lo mismo que con aquella eclosión mercantilista y efímera que allá por los años 60 se llamó Novísimos y que silenció a otro elenco de poetas de gran calidad y diferencia estética notable. En nuestros días, y aún después de un momento que parecía que otra “poesía era posible” con aquella “rebelión de los diferentes”, que luego vino en llamarse poesía “De la Diferencia” y que bien por sus luchas internas o por la hegemonía de la llamada poesía “De la Experiencia”, que aún cuenta con el poder mediático, junto a las grandes editoriales, digo, poco ha cambiado la situación, y sin embargo, a raíz de la publicación de “La otra mirada” y “El unicornio en el Café Libertad”, ambos autoría del también poeta, profesor universitario y ensayista Pedro Rodríguez Pacheco (Sevilla, 1941)), parece que vuelve a estar vigente el argumentario que sostuvo a “La Diferencia” y con el que, posiblemente, muchos poetas actuales estarían de acuerdo. Salvando la distancia del tiempo, en aquella diatriba de “Novísimos” y “Poetas del Lenguaje” o “Promoción del 60” como se la llamó también, en la actualidad, se dan parecidas circunstancias entre seguidores de una “poesía de la Experiencia” (¿acaso puede entenderse la creación poética ajena a la experiencia? y el resto de poetas tan ajenos a este movimiento, como diferentes en su concepción de la poesía. Dicho lo cual, es de una oportunísima aparición “El unicornio en el Café Libertad. 25 años después. Antología”. No es este un libro más, un texto pretencioso y oportunista, todo lo contrario. Tras el paso de los años, con una mirada serena y respetuosa, sabiendo que sólo los argumentos y el análisis son los aliados del investigador o ensayista, también de la justicia poética, se puede vislumbrar el hecho histórico que supuso aquella “rebelión de los diferentes”, poetas todos en el más puro sentido de la palabra, como lo demuestran las diferentes poéticas de cada uno de ellos, pero siempre bajo el paraguas de la Poesía. Si ya en “La otra mirada”, Rodríguez Pacheco expuso ampliamente el devenir “De la Diferencia”, sus orígenes, sus causas y objetivos o metas, con “El unicornio en el Café Libertad”, de una manera resumida aporta su particular visión, al tiempo que analiza pormenorizadamente las poéticas de cada uno de los vates antologados y que fueron artífices de aquella rebelión: Manuel Jurado López, Pedro J. de la Peña, Ricardo Bellveser, Antonio Enrique, María Antonia Ortega, José Lupiáñez, Concha García, Antonio Rodríguez Jiménez y Fernando de Villena. Es, pues, de agradecer que, con absoluta libertad, su autor, Pedro Rodríguez Pacheco, se haya desnudado y presentado, con la honestidad que le caracteriza y el conocimiento experiencial adquirido también por su relación con aquella propuesta “De la Diferencia”, ante el lector, a sabiendas que muchos serán, todavía, sus detractores. Con todo, es de reconocer que pocos son los que se atreven a “enfrentarse” dialécticamente al contrario, siempre desde el respeto. Y todo ello lo demuestra cuando, desde un sentido crítico, analiza la obra de cada uno de estos poetas. Rodríguez Pacheco toma como símbolo al Unicornio y lo hace presente en el Café Libertad donde aquellos poetas se reunieron para rebelarse contra el sistema; el Unicornio: “Un animal fabuloso…, con figura de caballo, que lleva un solo cuerno muy puntiagudo sobre su frente. Es veloz y muy valeroso. Según la leyenda nadie podía cazarlo por la fuerza”. En su recorrido por la poesía de estos autores, Rodríguez Pacheco no ceja en su empeño por demostrar la vitalidad de aquella rebelión en el marco de la poesía española del siglo XX. De Manuel Jurado López, el primero de los poetas seleccionados, Rodríguez Pacheco dice: “Jurado López es un cóndor sobre las altas cimas de la poesía: andaluza hasta la médula ha sabido asumir ese río interior” y dejarse llevar por su corriente hacia otros mares de civilización y plenitudes fraternas”. De Poemas de Ginebra, estos versos: “Soy hombre y mujer al mismo tiempo porque ya estás / en mí igual que la palabra que pronuncio / para que la oigas tú y caiga en mí, muy honda, / como en un pozo.”. Escribe Rodríguez Pacheco sobre el siguiente antologado: “La poesía de Pedro J. de la Peña se mueve entre dos polos que, sin ser antagónicos, distinguen dos poéticas, y aunque con carácter oposicional para que el sistema funcione, el poeta intenta que sus universos, los íntimos y los exteriores, es decir, los de la vida y su experiencia y los de la cultura (los paisajes del sueño y los de deseo) encajen en esa caja china de múltiples registros. De El soplo de los Dioses, estos versos: “Cuando un amor se pierde es asunto sabido / que los débiles buscan desamores livianos / que ayuden a ahuyentarlo.”. El siguiente perfil trata del poeta valenciano Ricardo Bellveser, de quien escribe Rodríguez Pacheco: “La poesía de R. Bellveser se nutre de urgentes afirmaciones y, seguidamente, de sus refutaciones; es una tensión en la que el sujeto poético vive su sinvivir”. De su poesía seleccionamos estos versos: 

“El tiempo tenaz todo lo ha cambiado: 
/ el techo no es tan grande, ni tan alto, 
/ ni tan misterioso, ni me acongoja.
 / La cama, sólo es un campo de plumas 
/ que el tiempo con la muerte ha desolado.”.

 Es un perfil poético de Antonio Enrique, escribe así Rodríguez Pacheco: “Antonio Enrique, como poeta, en su esencialidad como poeta, es un místico humanista…Esa rehumanización que compromete a toda la Naturaleza, es el hallazgo diferencial de Antonio Enrique”. De La palabra muda, estos versos: “No me importa morir / porque he conocido a la mujer / que ha sido mi madre, mi hermana, / mi amante y mi amiga: / El todo mi ser.”. Nos descubre ahora Rodríguez Pacheco el perfil poético de María Antonia Ortega: “En toda su obra se detecta un profundo ardor, un fuego, un magma volcánico que cuando entra en fase eruptiva y se derrama libre por las laderas de su universo, nos deja esas ascuas incandescentes que son sus poemas, sus revelaciones, sus iluminaciones…”. De “El emparrado”, sean estos versos: “Mi alma es antigua / y ya no volverá a reencarnarse; / por eso necesito el desierto / y los días de luz interminables, / igual que antes la proximidad / de los cuerpos”. José Lupiáñez, para Rodríguez Pacheco es ese inmenso poeta proclive “a dos grandes movimientos que vertebraron -y para algunos aún vertebran- el universo de la creación literaria: el Barroco, como tiempo de violenta aceleración temporal y, más acusadamente, el Modernismo”. En su sabiduría, capacidad de creación y emoción confía el antólogo; de su poesía estos versos que la ilustran: 

“Mis manos acarician la piedra 
/ en esta inmensa grita del mundo.
 / Hasta hoy fue el desierto,
 / con su aliento de fuego, azotándonos 
/ sin misericordia, y la arena en los ojos 
/ o los labios cuarteados por la sed”. 

La poeta cordobesa afincada en Barcelona, Concha García es, para nuestro antólogo, otro de los perfiles elegidos y de ella habla así: “Concha García había montado su insurrección heterodoxa ejerciendo una especie de violencia en el lenguaje normativo que era de uso canónico en las hegemonías…”. Aquí una breve muestra de sus versos: 

“…Tú me amas. 
/ La hermosa nada que recupero 
/ me pasea en automóvil”.

 Si hay un poeta que, por su vitalismo, “La Diferencia” irrumpió en el panorama poético español con fuerza inusitada, ese es Antonio Rodríguez Jiménez. “El “yo” poético de Rodríguez Jiménez -nos dice R. Pacheco- lo es blindado por seres mitológicos, intuiciones fantásticas, espectros que se reparten lo benéfico y lo maligno”, y añade: “Rodríguez Jiménez es prototipo del paroxismo visionario, lleno de intuiciones y de frenesíes fantasmales”. De su poema inédito “Escala primera” tomamos estos versos: 

”Las escalas indican el momento vivido, 
 el pasado de humo, el presente 
de plástico y el futuro de goma, 
como un alambre que se derrite  
una y otra vez hasta que chorrea 
como un líquido más ligero que
 el agua”.

 De Fernando de Villena, último poeta antologado, R. Pacheco escribe: “El proyecto poético de Fernando de Villena lo es en constante erupción: todo lo incita, todo lo provoca. Hay, principalmente, cuatro elementos conformadores o incitadores en su poesía: el amor, el tiempo, las creencias y los paisajes del mundo con sus consanguíneos: la alta cultura, sus símbolos y mitos”. Reflejo de su humana condición, sean estos versos pertenecientes al poema “Vacilaciones de la fe”: “No sé si de verdad existes, / pero ahora quisiera / que de verdad existieses / para sanar tanta pena, / para colmar tanta esperanza”. Esta ha sido una pequeña muestra de lo que significó, y creo que convendría decir, lo que aún significa hoy “La Diferencia”, conscientemente silenciada por quienes todavía mantienen la hegemonía poética en España, tan alejada de la calidad que requiere toda creación que se precie.
EL UNICORNIO EN EL CAFÉ LIBERTAD 25 AÑOS DESPUÉS
PEDRO RODRÍGUEZ PACHECO
Título: El unicornio en el Café Libertad. 25 años después

Autor: Pedro Rodríguez Pacheco

Editorial: Carena (Barcelona, 2019)


viernes, enero 24, 2020

ÁNGEL PADILLA

Ángel Padilla
MUNDO AL REVÉS: ORIGEN de ÁNGEL PADILLA 

Marta Domínguez Alonso

 reseña de la novela "Mundo al revés: Origen", de 

Ángel Padilla, publicada por Sportula




"Rebelión en Mundos Libres"

Vivimos tiempos convulsos controlados por la infoxicación que ofrece el mundo digital a través de las redes y los medios de comunicación. Pese a la sobrecarga informativa donde no siempre es sencillo discernir la realidad de la manipulación, hay hechos cuya evidencia no puede negarse, o al menos no debería hacerse: el impacto climático acecha amenazante sobre los seres que habitamos la Tierra y muchas conciencias se están abriendo paso. Frente a las posturas negacionistas auspiciadas desde posiciones mercantilistas y conservadoras, encontramos voces que empiezan a alzarse, algunas muy jóvenes como la de la activista Greta Thunberg, que arenga ante el aplauso de muchos y la mofa de otros.


Pero más allá del activismo mediático, se abren paso otras voces, las del activismo cotidiano y el compromiso individual que clama por convertirse en colectivo. Y en este territorio encontramos a Ángel Padilla quien abre el camino desde la literatura y su postura vital, consciente de que la crisis medioambiental que ocupa como nunca la primera línea de los focos mediáticos se está manejando desde presupuestos antropocéntricos, sin tener en cuenta que no somos los únicos moradores de este planeta y nuestras acciones están haciendo mella en la supervivencia de miles de especies animales. El código moral de la cultura vegana reflexiona sobre la sinrazón supremacista de los humanos creadores de auténticas cámaras de tortura donde miles de seres son desollados o degollados vivos para ser carne de manjar en nuestras mesas. Además plantea el hecho de que el 60% del cambio climático y la contaminación es debida a la industria cárnica que desecha gases, antibióticos y productos hormonales en nuestros ríos y desertiza nuestros bosques por la tala masiva de árboles necesaria para cultivar pastos destinados al ganado.



MUNDO AL REVÉS: ORIGEN
MUNDO AL REVÉS: ORIGEN. ÁNGEL PADILLA
Fotografía de ELISA RAMÓN, fotógrafa profesional



A partir de esta conciencia de base, Ángel Padilla escribe e invita a una meditación profunda. ¿Qué pasaría si los animales iniciasen una revolución que rompiese sus cadenas y los devolviese a Mundo Libre? ¿Qué sentiríamos si en medio de esa revolución se invirtiesen los papeles y los humanos fuésemos su manjar, su ropa, su esclavo o su animal de compañía? Se precisa una reestructuración del pensamiento desde posicionamientos críticos que no son fáciles para la mayoría y que pasan por ser capaces de ponerse en las pezuñas, las alas, las branquias de los demás seres para comprender que no somos centro en esta Casa azul próxima al sol, y que surgirán nuevas especies y nuevas cúspides en un planeta que, a todas luces, nos ha de sobrevivir.
La novela corta que tengo en mis manos está impregnada de lirismo y a su vez de una atmósfera en algunos momentos asfixiante. Si hubiese que definir esta obra, podríamos en efecto señalar que es una novela de atmósferas y ambientes, de interiores la mayor parte de las veces constituidos como locus terribilis, lugares de tortura y salas sangrientas de carnicero, auténticos quirófanos del horror para regocijo de sádicos taxidermistas. Por su parte, los exteriores responden al tópico contrario de lugar ameno locus amoenus, praderas y campos matizados de vivos colores. Los humanos deberán permanecer ahora en esas prisiones donde la luz de la libertad se empieza a sentir como recuerdo borroso, o entra lejana a través de los barrotes. Mientras en el exterior las vacas llevarán prendas construidas con caras humanas y gorritos floreados. Todos escucharán y temerán al gran guerrillero Leodoro, león majestuoso y libertador supremo del mundo animal que ha invertido los papeles de presa y divertimento circense a domador de hombres y mujeres. 



MUNDO AL REVÉS: ORIGEN
ÁNGEL PADILLA. MUNDO AL REVÉS: ORIGEN

Presentación de la novela en la FNAC Valencia.

En medio de los dos bandos la joven humana Carolina y el caballo Paulus protagonizan una curiosa amistad y van en busca de la sabia yegua Asunción Margaritas que no quiere tampoco repetir el patrón erróneo que en su día establecieron los humanos. Ésta es una historia onírica que tiene mucho de pesadillesca pero también de redentora, y nos hace despertar. La novela sella su final con un mensaje preclaro: la verdadera revolución ecologista debe pasar por concebir al ser humano como un eslabón más en la Tierra que ha de convivir con los animales mirándolos como a sus iguales.
www.sportula.es

QUIJOTE QUE LIBERA A ROCINANTE

EL POETA DE LOS ANIMALES
ÁNGEL PADILLA   Poeta de los animales
Ilustración  de  JAVIER PORTALÉS





Reseña de "Mundo al revés: Origen" (Sportula),
 por Maribel Cerezuela

Mundo al revés: Origen, de Ángel Padilla, es un libro que, a un tiempo diríase que es una sucesión de relatos, o cuadros, de enorme intensidad dramática y, a la vez, es una historia con principio, trama y final que en ningún momento, palabra a palabra, te dejará indiferente.

ÁNGEL PADILLA
MUNDO AL REVÉS: ORIGEN de ÁNGEL PADILLA

Su autor escribe transmitiendo sentimientos limítrofes, unas veces terror, otras dicha mediante incluso cuadros de sinestesias, y a veces paseas a la luz deseada de la libertad, "El potro negro Paulus", que te lleva -te retrocede- con su historia particular a la historia particular de cada lector, donde aprendes a jugar con los animales, a quererlos, pero también a comértelos como algo aprendido en sociedad, hábito que asumes como normal (y que después de leer a Padilla uno se cuestiona; al ponerte en la piel de los animales que comemos nos preguntamos si nacimos en el sitio adecuado, en la época en que nos gustaría haber nacido; mismas dudas tiene la otra gran protagonista de la historia, la joven humana Carolina, que a través de conversar y recorrer la tierra distinta que habitan los animales, gobernándola, redescubre una nueva forma de ver el mundo).


La familia, los abuelos, el entorno social que nos va haciendo seres libres tomando decisiones, todo al final es un tipo de cultura, epocal. Y la cultura evoluciona. Independientemente de si "carne sí o no" -como planteamiento residual que queda, uno de tantos, de la lectura de la novela, "Mundo al revés: Origen" me ha llegado. El sentimiento no te abandona, Orgullo y pasión en 123 páginas de amor a la vida libre y a los animales.

No conozco al autor en persona, pero sí por noticias sobre él y escritos suyos en las redes, y siempre me ha causado escalofríos la forma tan humilde en que describe a su obra y a su misma figura. Y me interrogo de cómo un escritor tan bueno como Ángel se considera un "mero obrero de la palabra en combate". Parece un Quijote moderno. Sabedor de que lo van a desterrar, al dedicarse a un tema tan escabroso como el que toca, y lo que sobresale, para mí lo más importante, permítaseme la licencia al describirlo, pero es la pura verdad, es que escribe de puta madre. Ángel Padilla es un poeta y narrador innovador, sorprendentemente genial.

Su figura, su Obra, aumenta su interés queramos o no y a pesar de todo lo que se enfrenta con sus temáticas, porque la emergencia climática cada vez es un asunto a tener en cuenta y a trabajar con urgencia sobre él, asunto que señala Ángel, en sus múltiples entrevistas, como solucionable si detenemos el Holocausto animal (para el poeta, origen de todos los males). Mi hijo se ha hizo vegano a los 30, la juventud cada vez cree más en "la no carne".

Más allá de ese tema relevante, yo me fijo en el intelectual, en el escritor, y me encanta como fluyen las palabras en la novela. Iré a lo directo, cuando me enteré de la existencia del libro lo compré, lo leí y padecí y disfruté con emociones muy diversas. Me sentí transportada, impactada, pensando... Eso es lo que se le pide a un libro, al menos yo.

miércoles, enero 22, 2020

La huella del mármol

Prólogo a La Huella del Mármol

‘El Universo Molina’         Manuel León

Nos llegan estas huellas del mármol de Andrés Molina Franco, dedicadas a Amador Andrés, como fetiches de un tiempo macilento ya pero no borrado de todo; nos llegan estas alegorías de una época a través de letras escritas que forman palabras que forman imágenes, como fotografías de una ciudad turística escondidas en uno de esos souvenir que logras ver cuando acercas la pupila y haces girar el invento. Nos trae de nuevo este profesor, en soniquete, un río de memorias de Macael, su pueblo, que no son solo las memoria de un pueblo sino las de una comarca, las de una provincia, las de un territorio maleable como la arcilla con el que el autor se emplea a fondo, no solo con las manos del recuerdo sino también con las más remotas evocaciones que guarda en su almario.

ANDRÉS MOLINA FRANCO
LA HUELLA DEL MÁRMOL
Están estructuradas estas melancólicas cuartillas filabresas en cuatro cicatrices: la del alma, la del camino, la de la fiesta y la del mármol, que es la argamasa en la que terminan por fundirse todos estos relatos, primos hermanos de aquel ‘Macael, historias cercanas’ que fundió el propio Andrés hace un par de años en la fragua de sus recuerdos.

Diríamos que Andrés es un escritor rural, un rapsoda de la piedra milenaria que, atrincherada en duermevela, espera ser revelada a golpe de mazo y punzón, un narrador convencional de los usos y hábitos del municipio donde nació y creció. Pero no. Andrés, en este libro, hace de otra cosa: hace de delicioso notario costumbrista a golpe de fogonazos fotográficos, pero en vez de con yoduro de plata, con el alfabeto castellano.

El libro está concebido así, como pequeños pildorazos del paso del tiempo, en los que su hacedor habla casi siempre en presente, como si no quisiera que ese mundo que conoció de niño feneciera del todo. Por eso lo atrapa en más de medio centenar de pequeñas semblanzas, sin introducción, nudo o desenlace, en las que nadie habla, en las que solo aparece el fino pincel descriptor de Andrés, a quien uno percibe como un acólito aventajado de la obsesión formalista de Góngora y como un desertor del conceptismo quevediano. La urdimbre de estas historias de Andrés es la propia familia del autor y el cañamazo en el que las teje es la inocencia y la curiosidad ilimitada de los ojos de un niño que todo lo ve, que de todo se empapa como una esponja.

 Todo o casi todo se antoja autobiográfico –porque así debe serlo para que cale como el relente en el parabrisas de un coche- y contribuye a que este ‘Universo Molina’, esta Huella del Mármol, tenga vida propia. Son capítulos que se pueden leer antes o después, empezando por la mitad o por los tres cuartos, por el postre o por el entremés, porque el orden de los factores no altera el producto. Se cuelan en estas páginas los sonidos del afilaor, el apaño que se da el lañaor para restañar heridas en los odres, la ciencia del blanqueaor o el olor a mentol de la farmacia del pueblo. Andrés es detallista hasta la extenuación y uno imagina que caería reventado después de poner el punto y final a este trabajo, después de tanto ejercicio de recreación aleteando en su cabeza de bombilla y sobre su fino bigote de mariscal de campo.

Uno al final es lo que escribe y Andrés es eso, un caudal inagotable de ensoñaciones verosímiles. De pronto se cuela en la lectura una gallina clueca que se ha salido de la talega en un autobús camino de la mina o se hace referencia a los viejos duros del tío sentao para pagar una deuda o se rememoran las notas que salían del acordeón de la Chacha Carmen.

Como buen hijo de fragüero, Andrés moldea sus historias a fuego lento en el yunque, con autenticidad, sin trampa ni cartón. No hay trama ni personajes, hay solo chispas de ingenio rojizas y azuladas que saltan del fuego ante los golpes del martillo que es su pluma. Así emerge el recuerdo de La Golosa, que era el ataúd que se utilizaba en el pueblo para los pobres de solemnidad o el olor a café del bar de Mariquita o la añoranza del abnegado religioso Manuel Rubira o el trajín callejero al despuntar el alba de canteros, cincelistas y carreteros. Macael era entonces un pueblo con una calle Larga donde cantaban los gallos, donde las novias y los novios pelaban la pava, con hitos del camino como La Pisá del Caballo o El Cogoche.

Y en ese escenario proustiano, Andrés nos seduce con la herramienta de su diccionario infinito y nos hace recordar aquel aceite de linaza con el que se le sacaba brillo a casi todo, la trementina o la sosa y nos ayuda a distinguir el yeso moreno del blanco, cómo se cierne un garbillo y cómo, en aquellas casas de nuestros padres y de nuestros abuelos, siempre había un pantocrátor bendiciendo cada rincón.

Todo lo cuenta este Andrés con la minuciosidad de un amanuense franciscano y uno se imagina a este macaelero o macaelense bajo el flexo, cazando recuerdos en su fértil escritorio, como el que caza mariposas con una red. Todo sustantivo en Andrés tiene un adjetivo que lo enriquece, el color, el sabor, el material del que están hechas las cosas antiguas: un cubierto de alpaca, una aceitera de hojalata, una servilleta de hilo escocés. Aparecen personajes que no hablan, porque el autor es un demiurgo que los maneja a su antojo, pero no les concede el don de la palabra.

En el capítulo  de la Huella de camino es el turno del tren del Almanzora a Barcelona, el Catalán, en el que se marcha la hermana a estudiar en un colegio de monjas; del camión de la playa, el mismo que descarga bloques de mármol de La Puntilla hasta la fábrica y que en los días de verano se llena de cestas de mimbre con tortillas, fritadas y sandías, camino de las olas de Garrucha o de Águilas.

Otras escenas nos hacen ver a una madre que va a telégrafos a poner un giro con dinero a su hijo que está haciendo la mili en Granollers, a pesar de que la cantera no ha dado ese mes ningún beneficio. Nos cuenta, como en una película en blanco y negro, la construcción del túnel del Servalico, en Bédar, del que aún quedan restos, y toda la parafernalia de aquella obra: los jornaleros, topógrafos, ingenieros, la almaina, el trinchete, la barrena y la damajuana vestida de esparto, con el vino calentándose en su interior.

El narrador va cambiando de escenario, dislocando al lector, quizá con premeditación y alevosía. Y lo mismo, de pronto, se convierte en un emigrante a Orán que protagoniza un viaje de novios a la Barcelona del tardofranquismo. Otras perlas del ayer de Andrés son, por ejemplo, el capítulo de la Virgen a la que llevan de casa en casa y que, tras echar unos céntimos en la ranura, cada vecino le pone un altar en su casa con una mariposa de aceite; el tallaje de los quintos el día del sorteo; las plateas del Mena con lo macaeleros desternillándose con los actores aficionados; el ambiente canalla de la sala de juegos con el rumor de las bolas del futbolín y de los billares; las tarde de lectura del Capitán Trueno; el mugido remoto de los últimos bueyes que se vieron por el valle acarreando bloques de la Polonia; los bailes de la era en El Marchal por San Marcos y la Virgen del Rosario; o el marranillo que engordaba la gente del pueblo.

Lo mismo estamos en el Macael del 49, que en el 56 o en 68 o que nos retrotraemos a la época de la batalla de Las Alpujarras en el Macael Viejo. Pero es, sobre todo, este libro que ve ahora la luz, un canto a los años 50 y 60 en un pueblo rural con trazas industriales como Macael y a cómo eran esas casas antiguas en las que sonaban coplas de Juanita Reina en los transistores apoyados en el aparador del salón familiar o en el taller de Carmen la Turca o en el de Eduardo el Dote, a cómo olían las casas a jabón Heno de Pravia en ese tiempo en el que a los relojes aún había que darles cuerda.

Hay también reflejos de hitos históricos de esa sierra como el Pleito de las canteras que cambió la vida de tantas familias y el papel ponderado de Juan Rubio del que siempre se recuerda su honestidad en unos tiempos tan recios, como los que acaba de dar a la imprenta Vargas Llosa. Y lo mismo campea Andrés, con este dislate costumbrista, por su mundo infantil pintado con las ceras Pelikan a lomos de una cartera de hebillas heredada de hermano en hermano, que aliña una tierna escena en la que aparece un personaje que acude al taller de mármol a encargar una lápida con búcaro de flores para el padre difunto, que nos pormenoriza la vestimenta del cantero con el pantalón de pana, la camisa blanca, el chaleco, el pañuelo y la boina y herramientas como la escofina, el puntero, el cincel, la piedra pómez con las que amolan morteros, piletas o fregaderos, que nos relata el día de Santa Bárbara, patrona de los artilleros, mineros y barreneros.

No se pierdan, por favor, este librito agreste, este jardín de de las delicias de nuestro ayer, ese ayer que nace de los adentros de su autor y que está complementado primorosamente por un diccionario de términos de la sierra de Macael, un índice toponímico y antroponímico, un índice de música para leer donde suenan discos de pizarra, trombones y bombardinos y un álbum de imágenes antiguas del municipio que parece estar de más, si se tiene en cuenta que con las palabras tan precisas con las que nos encanta el autor –como se encanta a una serpiente con la flauta- ya las imaginamos y hasta las llegamos a ver.


LA HUELLA DEL MÁRMOL, ANDRÉS MOLINA FRANCO
ANDRÉS MOLINA FRANCO


Autoría: Andrés Molina Franco
Edición: 1ª
Edita/n: Diputación de Almería - Área de Cultura y Cine - 

Instituto de Estudios Almerienses
Otras aportaciones:
Descripción física: 206 págs; 16 x 24 cm.
Colección: Etnografía y cultura popular
Deposito legal: AL 2993-2019
ISBN: 978-84-8108-689-8 -
Situación: Existencias
PVP: 12 euros
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sábado, enero 18, 2020

FRANCISCO LUCIO. por JOSÉ ANTONIO SANTANO





SALÓN DE LECTURA  




JOSÉ ANTONIO SANTANO



 José Antonio Santano 


FRANCISCO LUCIO
      

  










 LUCIO RESUCITADO


Como otras veces, me había citado con mis buenos amigos libreros Isidoro y Carlos Salvador (padre e hijo) en la librería Metáfora, que regentan en Roquetas de Mar. Hacía un día claro, con un cielo azul intenso y un sol que ya calentaba como si fuera primavera, cuando sólo habían transcurrido unos días de este recién parido 2020. Enfrascados en nuestra tertulia improvisada, concretamente hablábamos de poesía, Isidoro interrumpe la conversación para avisar de la entrada en la librería de un poeta, diciendo: “¡Sois tantos los poetas!, instante en el que pregunto de qué poeta se trata, a lo que responde; Francisco Lucio, se llama, y rematé yo: “uno de los grandes”. Casi no podía creerlo. Había preguntado por él a conocidos poetas y nadie nunca supo darme noticias suyas. Fue algo grandioso, como una resurrección. Lucio resucitado, Francisco Lucio estaba allí, en carne y hueso, acompañado de su esposa y yo, sin saber qué hacer ni qué decir. Me acerqué a él con el respeto y la admiración que su figura me merece, no de ahora, sino de cuando lo conocí años atrás en la presentación de algún libro o evento poético, acompañando a Julio Alfredo Egea o a Pilar Quirosa, lamentablemente desaparecidos ambos, u otros destacados poetas almerienses de aquellos años. Era tan sublime el momento de aquel reencuentro, tan esperado por creer que no sucedería nunca que, allí estaba junto a él y su esposa, conversando amigablemente de lo humano y lo divino, aunque como es de suponer, mucho más de poesía, claro está. Lucio me había devuelto de nuevo la fe y la esperanza en la poesía, en este irrenunciable oficio de poeta. Francisco Lucio, resucitado por fortuna, y frente a mí. Supe que un maldito ictus fue el causante de su larga ausencia, del incomprensible silencio que nadie supo informarme cuando tantas veces pregunté por su paradero. Hoy, todas esas adversas circunstancias ya son olvido, porque, al fin, Lucio ha regresado y a mí esa vuelta me alegra mucho.
En toda esta historia, lo que espejea con notoria insistencia, es el olvido al que sigue sometido el intelectual y el poeta grande que es Francisco Lucio. Estando en la librería Metáfora Isidoro tuvo la deferencia de obsequiarme con un libro de Lucio, “Tiempo Romance, y yo como reconocimiento a su magisterio poético, tuve a bien, regalarle mi último libro “Marparaíso”, galardonado recientemente con el “XXIV Premio Rosalía de Castro 2019”, en el que rindo homenaje a otro de los grandes poetas olvidados y Nobel de Literatura en 1977, Vicente Aleixandre. Y cosa curiosa, de Vicente Aleixandre habíamos conversado minutos antes de concluir nuestro reencuentro, lo que venía a demostrar nuestra sintonía poética. Nos despedimos con un “hasta luego”, seguro de que volveríamos a vernos. Algo muy adentro de mí me hacía pensar que esto sucedería a no muy tardar. Me prometí entonces restablecer ese inmerecido olvido al hombre y al poeta que viven en Francisco Lucio. No puede ser que a sus 87 años, este Roquetero y poeta insigne sea carne de olvido por parte de los actuales gobernantes del municipio, de las instituciones provinciales y, si me apuran nacionales, y de los propios poetas que habitan estas tierras almerienses. No puede ser que quien tanto ha dado a la cultura y la poesía española, nada reciba cumplidos ya sus lúcidos 87 años de edad. Desde estas páginas quiero hacer público mi convencimiento y mi entrega para que se haga justicia con este roquetero de pro, por nombre Francisco Lucio. Con algunos de sus versos incluidos en “Tiempo Romance”, concretamente de su poema de tono elegíaco “No digo tu nombre en vano” (romance-glosa), en el que nos recuerda a los más grandes poetas de todos los tiempos que cantaron a España: Fernán González, Juan Ruiz, Juan del Encina, Alonso de Ercilla, Miguel de Cervantes, Gabriel Bocángel, José Cadalso, José de Espronceda, Joan Maragall, Jacinto Verdaguer, Miguel de Unamuno, Rubén Darío, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, César Vallejo, Luis Cernuda, Federico García Lorca, León Felipe, Nicolás Guillén, Jorge Guillén, Pablo Neruda, Miguel Hernández, Gabriel Celaya, Blas de Otero o Max Aub, y con el que quiero restituir del olvido a Francisco Lucio: «Porque hay dolor en el mundo, / madre, porque hay gente mala / que roba el trigo a los pobres / y luego siembra cizaña./ Si alguno cierra tus puertas, / otro, más fuerte, las abra …// Era la sangre del pueblo / el oro que t e quedaba…// Era la sangre más pura / la sangre más acendrada, / cayendo desde el camino / al fondo de la barranca…// Dales de beber: su sed / de justicia no se sacia. / Dales de beber; y nunca / se rompa, madre, tu cántara….Hambre tenemos de ti, / hambre que nunca se harta; / de que tu ser y tu nombre / venzan al tiempo y sus taras…// Porque tú, sueño del mundo; / tú, tan abrupta y tan brava, / eres el solo camino, / la larga senda soñada…// Siempre belleza posible, / tal vez sueño, mas cercana; / siempre nueva, viva siempre, / hermosa y trágica España.» Así es y así escribe uno de los grandes poetas olvidados de nuestra tan cacareada patria. Esta es sólo una breve muestra de su magna obra que hoy quiero restituir del olvido. Sirvan estas líneas como testimonio de mi consideración a su admirada Poesía.
Francisco Lucio camina lentamente, asido al brazo de su esposa. Sale de la librería Metáfora, encorvado se aleja. Volverá al santuario de los libros otro sábado, y allí estaré, esperándolo sereno entre el bosque de libros, seguro de reanudar la conversación que dejamos pendiente. Conforme su figura se desvanecía a través de los cristales de la librería me dije: “Qué gran fortuna la mía con este reencuentro. ¡Qué excelso goce: Lucio resucitado!