ÁNGEL SIMÓN COLLADO




MARGINALINA
PREDICAMENTOS.   MARGINALIA. ÁNGEL SIMÓN



Prólogo




Escribo, de forma ocasional, y eso es todo.

El cómo y el porqué muy poco importa.

¿Aturdir las horas con mis versos? No lo sé. Nunca lo supe.

Deciros que escribí de tarde en tarde, muy espaciado, algún que otro renglón.

Y los guardé, improvisados, en hojas polvorientas.

¿Alguna explicación? Nunca lo supe.

Alguna que otra vez. Sin ningún drama.

En las horas más claras de la vida.

Sólo el oficio.

O quizás...

Escribo, de forma ocasional. El cuándo y el porqué muy poco importa.









Se encontraba suspendido en su mundo

dando sus cadencias al mar

a la tierra

al aire.

Dejaba tras de sí sus notas

con un desdén febril, meticuloso,

esperando sin sentir,

sin sentir pero sabiendo,

lo que es nada.

Y allí suspendido sonreía a todo;

amargo el rictus en la mirada

y un veneno oculto entre los labios.

Un vestigio de estrella su ventana

al Mar y al Sol en un solo cuerpo.

Se encontraba dormido en sus aires,

dando sus cadencias al mar,

a la tierra,

al aire,

esperando sin sentir,

sin sentir pero sabiendo,

con frenesí de vida,

lo que es la nada.







Sufrir el tiempo siempre. Lo perdido.

Un presente continuo hacia la nada.

El futuro: un ayer en el mañana.

Y siempre batallar siempre en lo efímero.





Morir es su destino y lo presiente

midiendo a cada instante su distancia.

Un deseo de vivir en la ignorancia

y un irse consumiendo mansamente.

Temblor callado es que se eterniza

en un secreto anhelo de esperanza.

Y todo gozo es gozo que se alcanza

en un sabor a polvo y a ceniza.

Morir es mi destino y mi tormento

y siempre ocultamente (y siempre en vano

escondido en la vida) hay un acento

a quien me ofrecería aquí en mi mano

una luz que aliviara el pensamiento,

de la tierra, del fuego, del gusano.






Ars vivendi, ars scribendi



El centro de mi alma es una ausencia


que no pienso escribir en estos versos.


Es ausencia y temblor que dejo inmersos


en un cordial rincón de mi conciencia.


Territorios visito con frecuencia


ahuyentándome de ojos tan adversos


que, en mirando, desaten los dispersos


manantiales que alumbren mi dolencia.


Me sentaré tranquilo en mis telonios,


bajo un cielo sereno, de mesura,


y no daré de mí más testimonios.


Destierro de por vida la aventura;


pues no he de alimentar yo mis demonios


para hacerlos después literatura.







CRÓNICA




1
¿Hablaré de sobremesas mortecinas, de ingrata dejadez que llamaría
(poeta del hastío, moderno y previsible) abulias y desganas y fastidios?
O puedo simularos (se llevó en círculos y escuelas)
furores, desvaríos, extraños pensamientos y extrañas expresiones,
fingiendo apabullar el Universo con terribles, tremendas boberías.
O, más contemporáneo todavía,
al modo y al estilo de uso en u.s.a. no hace mucho,
vestiría la túnica del caos
(oficiante intencionado de un rito intencionado de ignorancia)
para gritar la confusión confusamente,
las convulsiones del alcohol, el sicotrópico y el sexo,
logomaquias de un imbécil poeta neoyorquino, quizás de San Francisco,
vástago tontuelo e imposible de una tonta libertad de puritanos.
Sí y no.
Hablaré de sobremesas mortecinas en grata dejadez,
serenos decaimientos,
fastidios y desganas deliciosas, abulias placenteras,
Arrellanado en el sillón de todas las ausencias,
complaciente y complacido,
a distancia amable y socarrona del fuego y el fervor de nuestra carne,
no apetezco bregar con la existencia, el inútil bagaje de la vida.
Entonces, con plácida sonrisa,
contemplando mis propias lejanías en la pared de enfrente de la mesa,
me encanta bosquejar tranquilamente inciertos y vagos paraísos,
sin límites,
de humildes perfecciones.
Después, más adelante (aventura extraordinaria)
bogar sin rumbo, a la deriva por una tibia luz de la consciencia,
sin mares y sin costas, sabiendo y no sabiendo mi norte y mi levante,
sin mirar la aguja, sin apuntes en el cuaderno de bitácora.
Y, al fin, sólo un estado.
El ocio señorial del pensamiento.





CRÓNICA




2
Sin embargo, algunas veces, he de admitirlo,
en el trasfondo de aquel suave cansancio suenan ecos de un temblor difuso,
una eclosión informe
removiéndose por ser, llegar a la existencia
buscando a tientas las palabras.
Entonces,
con plácida sonrisa y esfuerzo suave y reposado,
todo entero observándome a mí mismo, redundante, en laxitud convaleciente del espíritu,
me empeño en esbozar algún que otro renglón (lo dije ya una vez, si todo no es un sueño);
partero de los hijos de mi alma,
de ese algo pugnando en las entrañas que no logra alcanzar la luz del día.
Tierna crónica de un tierno fracaso
que aplazo, no obstante, por si acaso,
al azar de mis notas y carpetas.
Y atiendo;
(no es la depresión, no es el cansancio, ni en vela y despierto, en otros modos)
Oigo el tic-tac que en esas tardes acompasa el lento ritmo de las horas.
Atiendo y oigo en mi silencio absorto el fluir, mudo y constante, de la arena;
caer la arena en el reloj del mundo.
Hora es ya de planear in mente el estadillo final de la jornada.
La hora de salir, con tiempo calculado (sin consultar ninguna esfera, os lo aseguro).
Llegarme al ancla, allá en Pescadería, a la hora en que se inicia el declive de la tarde.
Atravieso, inmerso en los colores mansamente derramados por el Sol desde el Poniente,
el Parque junto al Puerto, la Rambla, las orillas del mar, atento solamente a la bahía.
Alcanzo El Palmeral donde contemplo, traspasado, los fastos y apoteosis del Ocaso.
Al término, en meditada lentitud, me alejo siguiendo la estela de los árboles,
un tanto ajeno y aturdido por el don de la reciente maravilla.
Calles. Avenidas. El gris acerado del asfalto.
Y el azul en la bóveda del cielo.










CRÓNICA




3
Busco otra altura de la Rambla y de mi ánimo, con ese azul del cielo vencido por la luz de las
farolas]
Un cielo de ciudad casi nocturno.
Un cielo de ciudad que (¿desde cuándo?) no transparenta las estrellas.
Hora es ya de declarar el destino de tal itinerario:
periplo a una taberna con dos puertas de entrada, cuyo nombre no importa y me lo guardo
(ciertos lectores, a la fecha en que escribo estas nonadas, sonrientes, ya lo habéis adivinado)
Desportillada. Cochambrosa. Un punto infame, a ser sincero.
(Y al oído: con fauna propia ambientando su propio ecosistema)
Pero es la de siempre, aún más por la noche: íntima, amigable, amarillenta ¿Cómo evocárosla?
Algo así al Café de noche de Van Gogh en un tono menor de la tristeza.
Me allego por la puerta de atrás, el callejón oscuro y solitario; comprendedme.
Allí los parroquianos ocupan los sitios de costumbre y se entregan, por costumbre
(yo no intervengo, siempre advenedizo), a una balacera de pullas y de ingenio.
Es taberna, es parroquia y escenario de un entremés improvisado de la vida.
Pago. Saludo apresurado. Me arrojo a callejas humildes, pálidamente iluminadas;
con pasos rápidos, al arrimo de paredes desconchadas,
mirando las aceras por no ver los bloques de ignominia
(¡ah!, no evocar portales y fachadas, pasillos y escaleras de presidio,
paisajes infernales a patios interiores de condena:
sucia invitación a la fealdad, al agobio de vivir, al suicidio vulgar y sin nobleza)
Por último, casi en volandas
(apremio que no es la depresión ni es el cansancio ni es desasosiego: es otra cosa)
ocupado el pensamiento, y ya termino,
en llegar, subir de dos en dos los escalones, abrir, echar las llaves
(encerrando tras la puerta, fuera de casa, el mundo, mi persona, la existencia)
y sin hacer caso de nada ni de nadie
ovillarse en el lecho apetecido.
Cerrar los ojos. Ignorarlo todo.
Más allá de la calma y del sosiego.




Epohè


Dejar pasar el tiempo, indiferente. Con gesto de indolencia
desechar los pensamientos, las caricias.
Oír calladamente el silencio. Mirar sin darles nombre, muy lentamente,
cosa por cosa: un extraño a quien le ocurre la existencia.
O escribir estos versos, por ejemplo.
Momentos de abandonos, de esperas, de verdades.
Porque abrazamos sombras en vez de realidades
y aspiramos con fervor rosas de un día,
guardé siempre conmigo, recogidas,
estas horas de ausencia, de repliegue y de vacío.
El rumor de la lluvia en la ventana.
Y mañana,
otra vuelta de tuerca a mi destino.








CANCIÓN DEL EMPLAZADO




I.
Se están cumpliendo, en su lugar y tiempo, todos los plazos que preví en la infancia.
Los refugios que supe temporales - hombres y cosas, parajes, circunstancias -
cumplieron su ciclo inapelable. Frágil consistencia de la vida: humo, aire y olvido conforman
nuestra patria]
Vivir por vivir, hora por hora, disfrazando los vacíos con vaciedades turbulentas como máscaras.
O habitar en los recuerdos, el recurso falaz de la memoria: baratijas en el osario de las almas.
Y la Muerte.
Trayendo a la existencia a los que emplaza.
¡Qué avenidas de cipreses
abiertas en mi costado,
por donde huyeron sin rumbo
los que amé y los que me amaron,
hasta que un día mi sombra
cierre el cortejo y el paso!
Un duro manto de piedra
se extiende por los terrados
cegando todas las puertas
a los soles de mis patios.
Los mudos golpes de un yunque
retumban sordos de espanto.




CANCIÓN DEL EMPLAZADO




II.
Y quise hacer presente cada término, revestir el corazón de una coraza.
Presente el tiempo de la muerte; el tiempo de mi muerte. Y no me basta.
Pobre heroísmo de opereta que ni llega ni me alcanza
y no satisface lo que ansío: atisbar lo que ignora la Esperanza.
Vano heroísmo de cobarde que no sacramenta y que profana
lo que enseña el Viento y la Palabra:
Arrójate desnudo a los vacíos de los espacios siderales de tu alma.
La vasta Soledad, el territorio. Sólos tu y Él; y tú, nadie y nada.
El Silencio, el aire que respires, y una Sed insaciada en la garganta.
¿Quién se acostumbra a la muerte?
¿Amarrado al duro banco
entre los mares sin costas,
a bogar hasta el naufragio?
¿Quién desatará los nudos
en mi condena de esclavo?
De otras aguas sediento,
frente al abismo me planto:
si hay que saber, sapiencia;
si hay que sentir, milagros;
si acallarse en el silencio,
en el silencio me allano.





CANCIÓN DEL EMPLAZADO




III.
Pero antes,
dejadme confesar a lo que aspira, miserable en la osadía, mi plegaria:
¡Si alguna vez, por un instante, en las almenas altísimas del alma,
sólo una vez, sólo un instante, una brisa en los altos adarves de mi alcázar!
¿Una alquimia podrá en sus retortas convertir en certeza la Esperanza?
¿Hablará tu Voz en el instante? ¡Y no aventuro, tremendo, el toque substancial de Tu Substancia!
Si no alcanzo a despoblar el tabernáculo para ocuparlo el infinito de tu Nada;
si yo no sé escuchar, aboga el Espíritu; a Él apelo en socorro de mis ansias.
Silenciad, canciones mías,
las quiebras de mis desgarros,
desbrozad los sentimientos
aventando los pasados,
y abra la Inteligencia,
postigos, puertas y patios;
enjugue serenamente
las lágrimas de mis párpados
y alumbre mi corazón
ya sin nombre y sin vocablos,
sin el ropaje que visto,
sin albas y sin ocasos.


Celebración


Verterás del profano recipiente
copa tras copa en generoso acto
de homenaje, y el gesto transparente
cumple la promesa: hay un mundo intacto.
Copa tras copa, el corazón honesto,
pletórico de gracias por lo dado,
con ojos nuevos volverá sagrado
la copa, mano, recipiente y gesto.
En copa, en mano, en recipiente, en rito,
el alma se sumerge en la inocencia
de un origen final glorioso y recto.
Pues siendo más que un néctar exquisito
sabemos que columbras en tu esencia
la nobleza de un símbolo perfecto.









En homenaje a Jorge Guillén






Yo sé que amanece




I
Yo sé que amanece.
El Cielo se acerca.
¡Qué blancos, qué puros
los colores llegan!
El recinto aloja
la luz que alborea.
(El mar, ¡qué extensiones
de azules despliega!)
El día me sostiene
un dios que se asienta
en color, en formas,
en mar, en marea
que de afirmaciones
constantes recrea
el mundo en el alma.
El Sol y la Tierra.
Albor: esperanza
de un firme planeta
que al abrir los ojos
tan firme me espera.
Y hay plenitud:
la luz me lo enseña
moldeando un mundo
que siempre se entrega.
Y al mirar: mañana,
absoluta y entera.
Y un ser que mirando…
¡Oh, dicha perfecta!


II
¡Que fuertes los robles!
¡Que vaga su Idea!
Pero, reafirmando
la fuente primera,
está y es más nuestra
resuelta en materia:
ofrece ella sola
rotunda sorpresa.
Asombro de un alma
en un mundo impresa
completo de objetos
que no desintegran
sus formas, sus masas
en un Caos. Certeza
en esa gran música
que adensa materia
que viene a mis ojos
gloriosa y repleta
de ser en su origen;
¡pues es más que ella!


Plenitud,
yo sé de un nombre en un lugar irrepetible,
proclamarse un cuerpo en el lecho suntuoso de la tarde,
de una cierta piel que fue celebración en la gloria de su luz y su penumbra;
sé del abrazo enloquecido, renuncia, afirmación, extrañamiento,
labios que son ojos y ojos que son labios.
Os hablo, estremecido, de una carne en la capilla del exceso,
en los altares que aroman todos los inciensos,
cuyo fasto y esplendor, casi me dijo: Noli me tangere,
que están ya para unirse en esperanza
lo que anuncio en los espejos
y tu deseo.
Plenitud, yo sé de un nombre y un lugar irrepetibles.








Bosque



Verdes son los verdes.
Esencial la vida.
Se adentran las frondas
por el monte arriba.
¡Qué impulso a la cumbre
de olmos, robles, mirtos!
¿Buscarán la brisa
de un vuelo divino?
Rumores anuncian
corrientes y arroyos;
cristalinas aguas
para verdes sotos.
Se esparcen fragancias
por el aire entero
encelando seres
al herirles dentro.
Por entre las ramas
hojas interpuestas
tamizan las luces
en columnas tersas.
Revuelo de pájaros
asaetando curvas:
un misterio vela
en toda criatura.


          Florece en el bosque,
allá, en la espesura,
otros cien colores
en ofrenda pura.
El calor de Junio
es dulce respuesta:
¿acaso los cielos
no saben de ofrendas?
Se adensa la selva
por quiebras y cerros,
alumbrando encubre
más vida en su seno.
El Sol en lo alto
lo apacigua todo:
¡tantos amarillos
derramando en torno!
El alma comprende
que arriba el principio
de todo este bosque
construye su nido.
Y lo más secreto
se cumple en la cima.
Verdes son los verdes.
Esencial la vida.


En la copa te he visto traspasado
por las luces doradas de la tarde,
reposo en equilibrio, rojo alarde,
en el cristal de Sèvres diseñado.
El rincón de la estancia. En ese lado,
hiriendo la penumbra que lo guarde,
sobre el blanco mantel se incendia y arde
de la rosa el color más delicado.
El rayo que del Sol se desgajara,
consagrada liturgia del presente,
se hace dueño de una hora placentera.
Así quisiera yo que traspasara
la más amable luz, más esplendente,
por este corazón que tanto espera.






A Ángel Utrera, por todas las veladas compartidas

A Ángel Utrera, que nos hizo partícipes de sus horas purpúreas

Velada en Loma de San Cristóbal


El tiempo es el dolor. Su fruto amargo,
la áspera corteza de la muerte.
El tiempo es el dolor. Así está escrito,
porque el mundo pasa y el hombre
mora en el olvido.
Así lo escribe con indeleble trazo
el viento en las ruinas de los siglos.
Amigo, esta tarde
será la misma tarde, el vino el mismo vino;
será otra la casa, otra la mesa,
y otros serán los comensales.
Amigo, cuando no estemos...
Cuando no estemos.
Ésa la llaga, ésa la herida
que mana, callada e incesante,
en las venas interiores del espíritu.
El temblor que agita en la sombra nuestros sueños.
Ayer, hoy, mañana o nunca,
morir y ver morir seres queridos,
los paisajes felices de mi infancia,
y, golpe tras golpe, despertar el alma del letargo de la vida,
de esta vida, hermosa y terrible, que teje incansable su decurso,
para encontrar en lo Efímero y la Muerte,
un camino hacia Bien y la Belleza.
Mas abramos, en esta nuestra hora,
un paréntesis cordial a los relojes. Ya está la mesa preparada,
tendidos los manteles, y nos espera
un banquete del cuerpo y del espíritu.
Abre la puerta (las fragantes claridades del jardín
acoja el aposento), acerca tu sillón,
dispón del lugar y la velada,
y sin más dilación que la del gusto
despliega los dones recibidos
y llena las copas.
Llena la copa en abundancia,
hasta anegar el interior más profundo de uno mismo,
allí donde se agota el pensamiento.
Oír palabras decisivas.
Sabría cómo engendrar, en lo Efímero y la Muerte, la Belleza.
Sí, llena las copas,
y dejemos que el ahora nos encuentre
gozando del pródigo jazmín,
del laurel alto,
del frágil, verdecido mandarino,
que tantos sinsabores procura su cuidado.
Regálate en la tarde
apacible y decorosa que nos mueve
en los sones mecidos por los aires (allegro, adagio, allegro)
de un amado concierto de Albinoni.
Llena las copas. Apura,
en íntimo silencio recogido,
el don piadoso que se ofrece
del momento perfecto y fugitivo.
Apuremos sorbo a sorbo,
que aún nos queda luz por unas horas
la fugaz proclamación que de lo eterno
se esparce por doquier,
callada e indiferente.
Amigo, cuando no estemos,
¿seremos el instante vislumbrado?
Ausencias sin sentido,
regiones devastadas, el bosque yermo.
Asolados, vacíos, los retiros
que un día gozoso imaginamos
creyendo levantar un paraíso.
Y otro día,
con voz más recia y vigorosa,
se encargará de recordarnos
que en el tiempo se nos fue,
y en él se irá,
lo que en el tiempo se nos dio.
Sin dolo y sin engaño.
Y en estas alturas de la vida,
cuando vemos desplegarse en lontananza
un ejército de estragos en el cuerpo
e injurias en el alma,
cuando se impone que al doblar cualquier esquina
allí nos dejarán, perplejos, preguntando (¿por qué y para qué?)
ante el enigma final de la existencia;
a estas alturas de la vida
nos urge ahondar el corazón,
aventar las muchas ilusiones,
y recoger sin más, devotamente, el grano madurado cada día.
Hoy: la música, la estancia y el jardín,
la tarde inmensa,
un espíritu gentil en nuestros vasos
y un vestigio de Dios sobre la mesa.
Pues, si supimos leer todos los signos,
¿no contiene el vino
la llave de una puerta, y el instante
la impronta de lo eterno?
Cuando no estemos,
¿valdrá para nosotros la ciega afirmación,
el Sí celeste,
al eterno presente vislumbrado?
Busquemos la respuesta en nuestra copa,
bebamos hasta hendir la incertidumbre
de no ser confundida la esperanza
que en la Pascua inefable de su Gloria,
amigo Ángel,
veremos resurgir nuevas las cosas.





Llevadme,
llevadme a la taberna, amigos míos
que está esperando el vino en las tinajas.
Llevadme, pues quisiera en esta hora
colmar el corazón y se embriague
del dulce y fiel sopor de los sentidos.
Dejadme en mi lugar, junto a la copa,
bebiendo hasta saciar la gran promesa,
el rostro hacia la luz atardecida.
Dejadme en mi lugar, no llegue tarde
y deje de beber al que consuela,
pues ya la negra noche se avecina.
Venid,
Venid, amigos míos, y al unísono
elevemos el vaso de la vida.
Llegad, amigos todos, apresuraos:
el tiempo nos reclama su tributo
y ya la negra noche se aventura.
Bebed,
bebed todos conmigo, no temáis:
aquel que bebe el vino sabiamente
se alumbra con la luz que nos habita.
Bebed conmigo todos, no temáis
el más amargo trago de la noche:
la sangre de la vid será el sustento.
Cuando extienda su manto tenebroso,
augurio de una eterna pesadumbre,
la sangre de la vid será el sustento
y un Cáliz se alzará contra la muerte.


LA NOCHE DEL ORFEBRE


Cada noche me aplico en la tarea
que en un canto inmortal se aplaudiría.
El vaso que me dé sabiduría
fabrico en el silencio de mi aldea.
Es ardua la labor, ardua la hazaña,
que ha puesto en estas manos el destino.
Dios quiera que señale mi camino
la vocación lunar que me acompaña.
En el silencio de la noche espero
seguir la inspiración de los arcanos,
que infundió en los antiguos artesanos
aquella ciencia del saber primero.
Calla la aldea. El mundo calla. Miro
en el libro el modelo. ¡Qué paciencia
de orfebre! ¡Qué delirio en la prudencia
con que fundo la copa en mi retiro!
Los principios del cosmos, o sus rastros,
imito cuando invoco en el modelo
(y es otra la intención de mi desvelo)
la oculta inteligencia de los astros.
A la pálida luz de los velones
no me canso en trazar, pulir medida,
queriendo encerrar toda la vida
en secretas, insignes proporciones.
No elijo la materia porque agrade.
Ni el número lo elijo por acaso.
En número y materia de mi vaso
a sus leyes atiendo y cualidades.
Persigo, pues, el imposible sueño
de un recipiente que refleje el mundo.
Es otra la intención, otro el profundo
fervor con que me gozo en el empeño.
Llevar quiero la copa a la taberna.
Beber con dignidad el dulce vino.
No es otra la intención, el desatino:
sellar un pacto con la esencia eterna.
Este vaso será como aquel otro
que por última vez usó el Maestro;
cumplió una plenitud de los ancestros,
la antigua aspiración que está en nosotros.
Pues solo el corazón le da sentido
a todos los trabajos y pesares.
¿Veré como el primero de los pares
la unidad de la copa y contenido?
Conviene repetir gesto por gesto,
firmar todos los días una alianza:
no sea que la más leve tardanza
me lleve hacia el olvido más funesto.
Haré una taberna de las horas.
Embriagaré con vino mis afanes.
¡Qué exacta complacencia con mis planes,
oh, gozoso fervor que me devoras!
* * * * * *
Cada noche, al llegar la madrugada,
me place en mi jardín abandonarme.
Bajando a mi jardín para embriagarme
termino cada noche mi jornada.
Espero a ver el Sol entre los robles
bajo el sabio rumor de las acacias.
Atiendo el ritmo, las eternas gracias,
la gracia eterna de las cosas nobles.
Embriagado recibo el nuevo día
y puedo acometer cualquier empresa.
No me agobia el cansancio ni me pesa.
¿Habrá causa más alta que la mía?
Adornada la mesa con las flores,
lirio, rosa, jazmín o gladiolo,
aspiro siempre en mi jardín yo sólo
rendir al nuevo mundo los honores.
Se aploma la Creación sin un murmullo.
Apenas levantada es un emblema.
Esta noche en la copa un nuevo lema,
grabaré con paciencia y con orgullo:
El hombre interior construya el mundo
y sea su modelo… la taberna.




Atardeceres




La tarde se aleja.
Colma de reflejos
esos horizontes
más vastos y bellos.
También anochece
el alma en silencio.
Sola entre el pasado
y un futuro incierto.
¿A dónde la tarde
y el día en que me asiento,
las horas ganadas
a un oscuro infierno?
Voy hacia la copa;
que sea mi alimento
el más dulce vino
que donen los Cielos,
que sea mi firmeza,
olvido y recuerdo,
agua, sal y trigo,
mensaje en el Tiempo.
El vino y la copa.
Lo que yo me ofrendo
vaga por los mundos
buscando un secreto.




Será lo más próximo,
lejano y eterno:
siempre se presenta
cuando estoy despierto.
Vino, cáliz, alma,
símbolos y viento.
Alma, cáliz, vino,
celajes perfectos.
En esta gran tarde
espero en silencio
la mano, el amigo,
y un destino cierto
que borre en mis noches
terrores y miedos.
Alzo aquí mi copa,
pues sé lo que bebo.
La tarde ya muerta,
los ojos serenos,
yacen para siempre
todos mis desvelos.
El alma se aquieta
si la llama el Centro,
perderé esta vida,
ganaré…


Nocturno de los dos Eros. Tensiones




Palacios,
sinfonías en carne moduladas
en la alquimia confusa de mis noches,
cuando advienen, ardientes como espadas,
una escala de formas sin reproches
me llevan,
por camino tan denso y tan extraño
a descarnar del todo la belleza,
que a una doble y mayor naturaleza
me obligo al despertar del desengaño.
¿Sentiré,
tras las gracias que invoco y que suscito,
retablos prodigiosos de la mente,
con la esencia que anida en el deseo?
No sé, pues
sin dejar en lo bello el accidente,
demorando la Nada que medito,
en la imagen me plazco y me recreo.



Dum spiro spero


No sé velar, Señor.
Yo me traduzco: esperar.
Término que repito, hasta la saciedad, en mis poemas.
Esperar.
Sin añadir, en éste, nada.
Sin modular ninguna melodía.
Esperar.
Noches.
Silencios.
Soledades.
Apagar luces y voces en la Capilla Sixtina de mi alma.
Y escuchar, en esta noche, a Tomás Luis de Vitoria cuando espero.


Plegaria


Señor: en esta noche, en que abruma el peso de los tiempos.
En esta noche, tan imposible el hablar, tan imposible, Señor, el pensamiento.
En esta noche, que asemeja la noche de los tiempos.
Soñar la Vida, Señor, soñar la Vida.
Pero esta vida, señor, vida y tormento.
Tormento y llanto, Señor, llanto y lamento
que se elevan a Ti, hacia los Cielos.
Señor, cuánto el misterio. Cuánto esperar, Señor, ante los muros
de Tu Silencio.
No Te comprendo.
Y sin embargo, ¡oh, sin embargo!, ¡cuánto esperar en Ti, mi Dios!
¡cuánto el empeño!
Soñar la Vida, Señor; pero el Silencio...
¡Y cuánto anhelar, mi Dios!
Y cuanto el silencio.




Bella como los cimientos vencidos de las flores,
como una sed vastísima purgada en extensísimos desiertos
eres, las rutilantes voces que pueblan las bóvedas combadas del insomnio,
tóxico, ardor, lava y bramido en el cráter del volcán que los vomita.
Y levanto a cada paso, y las devoro,
catedrales de luz y crónicas ardiendo.
Las deseo, sí, y las sueño y las devoro,
y alzo miradas exultantes
a los altos fuegos de mis noches. Imploro.
Imploro un perdón no deseado.
Imploro tus deseos que yo quisiera.
Imploro, sí, la insinuación de una mirada,
o de un gesto hermoso, también, y desolado.
Ando por recodos inquietantes
de ensoñaciones nocturnas mantenidas
en la vigilia alucinante de los locos.
Castigados, sí, concentro estos demonios,
sin querer mantenerlos castigados;
y siempre en tremendos torbellinos,
y siempre en círculos constantes,
vuelven, enloquecen, me enloquecen
en mitos de espirales y retornos.










en círculos concéntricos subiendo por la vida recogiendo las gomas de sus suelas y postrado en arañas tangibles de odio en los caminos en los montes en la escena de la cama está recogido por sueños desprovistos de ventanas sólo con sus marcos parecen ojos de lo consciente de lo polvoriento que es la podredumbre de sí mismos sin comprender a fuerza de pensar está en eso mas como son cabezas de insectos con sus bocas y sus cuerpos están vacíos


 
los sarmientos de la vida asemejan los sarmientos de los dioses sin comprender su calidad de esclavos de lo humano de lo planetario de su existencia de su carácter autóctono me siento sumergido en un mundo de sarmientos estremecidos y lagrimosos sin dioses terrestres cual yo mismo mi dios se encuentra en Mayo sin mí por mí tras mí sólo yo como las pieles de los cántaros sin agua con tormento de ansias escondidas entre los muros de mi choza entreteniendo mis bufones para olvidarme de sí mismo de ti.


En las tardes de calmas y delicias,
cuando quieras dar cima a la jornada
y busques la alegría de la taberna,
el trato cordial de los amigos,
los placeres amables de la vida,
no olvides jamás este consejo,
que, al menos, gratis te lo doy:
no lleves junto a ti y con vosotros
al hombre del rencor y la amargura;
dejará en tu alma el espesor del plomo
y en tu boca, el triste y frío sabor de los metales.
Aléjalo de ti, no des asiento
a quien busca la ocasión de la venganza.
Escupirá sufrimiento en vuestra mesa
y no se oirá más voz que la del cieno.
Desde el mar de su rabia y su tormento
en oleadas de odio incomparables,
no habrá en su palabra nobleza ni descanso,
no habrá sonrisa que no hiera
ni paz en otros ojos que soporte.
Este es su delirio:
exponer su dolor en impúdico desnudo,
exhibir las repugnantes llagas en espectáculo,
como un escarnio para el hombre,
como una infamia a vuestro tiempo;
conmover el mundo
con tanta desolación y desconsuelo,
o incendiarlo con el fuego de su incendio.
Aléjalo de ti; pues ya os fue dicho:
no deis cabida a la serpiente,
guardaos de su veneno,
ni alimentes la hiel con esta esencia
ofrecida para gloria de tus tardes,
como un regalo precioso de los cielos.
Apártalo de ti,
hiel que buscará tu hiel,
cieno que buscará tu cieno
serpiente que buscará en ti a la serpiente
torbellino buscando el torbellino.
Apártalo,
pues hombres como ése
nunca sabrá de vuestro pacto con la copa
ni compartirá nunca con vosotros
la hora dichosa de la embriaguez gratísima.


Divertimento quasi galante


1
Una sed de sentirte,
verte y mirarte;
un torrente sin agua
buscando en balde
calmar su celo
en la fuente escondida
de tus cabellos.
2
¡Qué locura de esperas
en las esquinas;
sorprender tu mirada,
franca o esquiva!
Miro y me arrojo
al abismo infinito
de esos dos ojos.
3
En acero y en plata
das los amores:
cuando hieres adornas
los corazones.
Una sonrisa
de tus labios son rosas
en mis heridas.
4
Líneas tersas, el cuello,
templo de gracia.
¿es materia la carne
transfigurada?
Amo y contemplo.
En el beso, en el tacto,
rozo el misterio.
5
¡Qué oleaje en tu pecho
para mis ansias!
Tempestades, naufragios,
y un mar en calma;
vientos, galernas,
y un refugio sereno
tras la tormenta.
6
Peregrino en tu cuerpo,
alma y paisaje,
demorando remansos
a mis afanes.
Y por tu vientre,
hacia arriba y abajo,
vértigo y fiebre.

7
Si te alejas, ¡qué infierno
hecho de ausencias!
En el aire que habitas,
gozo y presencia.
Sobre los muslos,
poderosos y firmes,
alzas un mundo.
8
Yo me sueño un regazo
ancho y perfecto;
siendo vid en mi otoño,
yo, su sarmiento
siempre enlazado.
Un altar, tus rodillas,
entre mis brazos.
9
En los pies, la pisada
fuerte, segura:
caminando a mi lado
¡cómo retumba
dentro del pecho
un galope furioso
roto y sin freno!
10
En tus manos, mujer;
todo en tus manos.
Mi persona: barro y arcilla.
Arcilla y barro para tus manos.
El crisol de tus manos
y allí fundirme.
Metal grosero, plomo terrestre;
en el crisol de tus manos, oro celeste.
Soy página en blanco donde se escriba
lo que hablan tus manos.
Allí se imprime lo que hablan sus gestos,
lo que me dicen.
Me hago ofrenda.
En su hueco, ovillado, ofrenda tuya.
Yo lo convengo:
en tus manos, a lo alto, hacia los cielos.
Y cuando me tocan...
En tus manos, mujer,
soy mi persona.





Paleografiando el cielo
con de la su boca lágrima,
de la su penumbra alcoba;
y un algo más de luz
en cristalera ardiendo,
en sobremesa, en llama.
¿Hay cuerpo? Todo convoca.





Tauromaquia



Salir el toro con la Suerte uncida,

  tremendo halo de sombra en la cabeza,

y ya el espada en su interior empieza

con el drama ritual de la corrida.

Sobre la mar del toro embravecida

oficiará su gesta de grandeza:

forja un orden de gracia y de belleza

a las fuerzas desatadas de la vida.

Un misterio profundo y azaroso

ahonda los silencios de las gradas:

se lidia con la muerte en el albero.

Cerrando una liturgia por el coso,

¡qué vastas soledades enfrentadas

las del Toro, la Muerte y el Torero!



Para un homenaje

Extraño don y extraño sacramento
el drama sin guion de la existencia.
            Raro el don de escribirse con prudencia,
la suerte firme, el recorrido lento.
Degustador de la hora y del momento,
del saber que se adquiere y se silencia,
imprime en cada hoja su presencia,
hacedor de su propio monumento.
El término será (como un ancestro
ecuánime y sereno, el lance diestro)
recibimiento y nunca despedida.
Cada meta: un disparo de salida.
Marco Rubio de Bustos, un maestro
en el ruedo sagrado de la vida.


Una dedicatoria en un ejemplar



Aquí la voz se remansa

en cierto nombre seguro,

que, alzado trigo maduro,

revela al mundo y amansa

la palabra en que descansa

el corazón en su hombro.

Transparenta si lo nombro

un claro nombre primero:

Dolores Núñez Romero,

continuo darse al asombro.


 
Otra dedicatoria en otro ejemplar



Otórgate un triunfo cotidiano,

la gloria de vencer y, hecha de palma,

una regia corona: sé, de tu alma,

José Soriano López, soberano.

Vivir es competir consigo mismo,

templarse el corazón, hollar la senda

trenzada con los hilos del abismo

como un Héroe que forja su leyenda.

Recoge, siempre alerta, los laureles

del lado del camino, en la carrera

fatal e imprevisible de la vida.

Ominosas, vendrán las horas crueles,

los pasos rotos, y la sombra artera

del muro de la meta aborrecida.




 
I
Alcé los ojos
del libro hacia el reloj.
Abrí la puerta.
Abrí un sendero
que a trechos compartimos
de Primavera.
Habló el destino
o llámalo el azar
si azar existe.
¿Es nuestra voz
o Él mismo, que nos lee
lo que El escribe?
II
Dulces lujurias,
primaverales años
en la inconsciencia:
¿qué incitaciones
ocultas florecieron
a las alturas?
Encrucijadas
el cuerpo, los encuentros,
la biblioteca,
miedos e inicios,
las horas compartidas,
las solitarias.
III
Vinos y rosas.
Tardes, noches, mañanas,
propiciatorias.
Locos y sabios,
crecimos, sin saberlo,
en nuestros vasos.
Calles y plazas,
nubes, soles y lunas
nos cortejaban.
¡Gracia invisible,
potencias tan amables,
dioses gentiles!
IV
Otras las viñas,
las uvas y el lagar.
Otros mis libros.
Llena la copa
de vino y de lecturas,
nos emplazábamos.
Libé mi vino
en copa diferente.
Otras las páginas.
Mas, reservé
lugares y jornadas
para embriagarnos.
V
Mi carne ardiendo
en la visión de la carne
perfecta y joven.
Prende el espíritu.
el fuego y la maraña
de los sentidos.
Ante el Verano,
la ofrenda de una carne,
hermosa y joven,
abro los ojos
al interior del Alma;
y, sin embargo...
VI
Arde una zarza
la noche prodigiosa:
y pernoctamos.
Vuelo de garza
ligera y presurosa:
y la raptamos.
Rincón tardío
de los recuerdos gratos:
calla y medita.
Era el Estío,
las horas de los gatos,
era una Cita.
VII
Laurel, un patio
sobre un cerro, y murallas:
¿no lo he soñado?
Más alto, el cielo.
Rumores de ciudad
a nuestras plantas.
Sí; aún recuerdo
la cuesta fatigosa
hasta el refugio,
lo que sí fue,
lo que mereció ser,
lo que no ha sido.
VIII
Vi el Sol naciente
aquel último día
por las estancias.
El campo, joven.
Un mar recién nacido.
Torres templarias.
Tras de la lluvia:
un prodigio cifrado
como alianza.
Última noche:
la sombra del laurel,
viento, Plegaria.
IX
Por fin, Señor,
los dones del Otoño
por las esquinas.
Tiempo del hombre,
el tiempo de los libros
y la vendimia.
Gracias, Señor,
por cuanto aspiro y siento:
tierra mojada,
primeras brisas,
los frutos de la vid
y los del alma
X
Si recorrimos
una vez, en sazón,
por la ribera...;
si maduramos
en la estación madura:
¿dónde los frutos?
Fue nuestra siega
silente y amistosa;
y fue el camino
noche de Otoño,
oleaje por las frondas
y mar de estrellas
XI
Donde lo bello,
anclé siempre mi patria,
honesto y noble.
Lejos, buscando,
peregrino y ausente,
bebo y sonrío.
Busco una voz
(Su Voz, dije una vez)
bajo mi nombre.
Toda belleza,
todo bien y verdad
hacen camino.
XII
En vanas tierras,
sin aguas y distante,
velo mis horas.
Di, compañero:
¿te ensueñas por la vida?
¿guardas tu herencia?
Calladas guerras
emprendo, vigilante,
aunque a deshoras;
mas, persevero
(la luz siempre encendida)
en mi presencia.
XIII
Contemplo orando
los copos en silencio,
las avenidas.
Desde tu Invierno,
escribe, corazón,
las despedidas
Mi adiós lo rezo
junto al Parque, Alcazaba
y la bahía.
En plomo y bronce
las aguas y los cielos:
melancolía.
XIV
Nuevos lugares
más dignos me verán
cumplir el Año,
sellar las puertas
del Invierno en la copa
definitiva.
El climaterio,
el circulo enroscado
de la serpiente
están cumplidos;
dormir y despertar.
Dadme mi báculo.






Variación sobre un tema de Maribel Cerezuela.



Las sibilas y los temidos brujos

en su profesión aman a los gatos

por ser portadores de su ciencia

de los misterios pasados,

de los futuros inciertos,

que sólo ellos parecen compartir.

Miran, indiferentes y distantes,

con fríos ojos de Esfinge,

el mundo de los hombres.

Solitarios y en silencio

habitan los hogares humanos

y la noche profunda de las calles

donde la Parca los respeta.

Reconozco, asombrado e inquieto,

el noble orgullo, la serenidad,

el desapego divino de la especie;

y los veo caminar, seductores,

firmes en la sabiduría

de un trato familiar

con lo desconocido.




Cerco de luces y de sombras cerco,

ruedo y plaza: de toro o torería,

manda Miguel hacerle una poesía,

terco siempre y, como siempre, terco.

Ruedo y plaza: debí yo a los poetas,

sin otra dilación ni miramiento,

capearles el morlaco con un tiento

y mandarlos después a hacer puñetas.

Me estropicia un Domingo resacoso,

planteando un rapidísimo teorema,

de estilo merdi, toreril, garboso.

¡Oh, Soneto, pecando de obsequioso,

abusé de tu estrofa y de tu esquema:

mi celo te volvió merdipoema.

¡Oh, nuevo estilo,

que me inspiras del hilo

hasta el pabilo!

Desde tu cielo,

me ofrendas un mundo paralelo.

Mi pobre musa

quedará, desde hoy, patidifusa.


Otra noche que vuelvo, y no sé el porqué, en dejos de tristeza.
Cierro la puerta. Y me recluyo. Y la noche levanta sus peldaños.
Cuento las páginas en el cuaderno de los años:
invitación al olvido y la pereza.
Otra vez, Ángel, amigo.
Yo mismo para mí soy fiel testigo
de este sueño de vivir en mi pobreza.
Porque no abarco, Señor, mi torpe vida.
Sentado en el sillón (los desengaños,
en el asfalto y aceras de las calles) ni maldigo
ni acierto a defenderme con la huida.






L O S   P E C A D O S  C A P I T A L E S


Ángel Simón Collado





A D V E R T E N C I A

Verá, lector, cada nombre abominable en mayúsculas: resaltan la Blasfemia.
Dejaron al Creador por la Criatura: fue su Castigo.
Parodian la Creación en lo Creado: la Mentira.
Seductores del hombre con placeres orgánicos, con vanidades mundanas, con los frutos aparentes de lo efímero: nuestra Caída.
Hablamos, sí, de los Pecados Capitales.





P R Ó L O G O

Una serpiente altiva y silenciosa anida en vuestras casas.
Se enrosca, aviesa, insidiosa, en todos vuestros lechos.
Tu casa y lecho en que portas la existencia.
Su lengua bífida, ávida, ligera, acaricia enervando las entrañas.
Y antes de morder, la gota de veneno en los colmillos,
sobre la dilatación espantosa de una boca sin labios,
la mirada demente de la hipnosis fascina el pensamiento.
Súbito: el golpe al corazón del cuerpo y de las almas.
Y ya está inoculado, para siempre, el Veneno Original.
Es la Serpiente Antigua, Señora del Encanto,
Dispensadora de las Delicias Vanas, de los Transportes Falsos.
Su progenie corretea, nerviosa y veloz, rincones y meandros;
puebla con ceño de triunfo cavernas y barrancos, corrientes subterráneas,
horadando los cimientos de tu casa.
¿No sientes su trabajo?
Horadando los cimientos…,
horadando las paredes…,
horadando techos y tejados…
horadando, horadando, horadando...



S O B E R B I A

No burléis de esta especie de rata entronizada,
que monta, el porte altivo, un Pegaso de cartón
y os mira, si es que os mira, engreído y altanero,
en su cielo arrogante de tramoya.
No burléis del pintarrajo, grave y severo,
juglar pagado de sí mismo,
payaso doctorado honoris causa,
león que rebuzna, asno que ruge,
tonto con ínfulas de imbécil;
sino temedlo, temedlo hasta el delirio y la demencia.
Tras la carne fatua de tal espantapájaro,
no ríe su propia calavera:
es la burla del mismo Lucifer que ríe de su discípulo.
Lucifer, el Primogénito, el Ángel del Desprecio,
Príncipe del Hielo y el Despojo en el Mayorazgo de la Serpiente Antigua.
Alejaos de todo él.
Ojos de témpano que sajan, sin sangrar, a los que mira.
El granizo duro de sus palabras duras
que golpeará, con duras previsiones de despacho,
los frutos divinos de la Compasión del Hombre.
La nieve de sus manos helando las raíces,
árbol que agostó en su paraíso, de la Misericordia.
¡El Invierno del Ángel Lucifer en el Invierno de su alma!
Alejaos del soberbio, si queréis vida:
ha encadenado en el Desierto Frío,
sin aires, sin tierras y sin aguas,
del círculo más hondo de su Infierno
el don humano de las piadosas lágrimas.



A V A R I C I A

Monedas los ojos, la boca, el corazón y el sexo,
en su despacho-oratorio de ignominia
(el Dietario ocupando el Evangelio,
el Libro Contable en las Epístolas)
inciensa el Avariento al Beneficio
miserias y exterminios,
el pan de las gentes y la sangre de los pueblos.
Oro fundido latiendo en las arterias,
(el Sagrario: la Caja de Caudales)
pignora como ofrenda, tasador insaciable,
el frío de los padres, el hambre de los hijos,
el harapo y la escrófula del Pobre.
Expulsa con sus títulos, de grutas y covachas
(Orden y Ley de los Estados)
al que no tiene donde recostar la cabeza.
Mammón (¡vaya nombre!) es su Diablo.
Mammón el Despiadado, el Genocida,
Mammón el Propietario.
Meditad Su Número, número de infamia y podredumbre,
cuya suma registra en sus balances
el Político, el Banquero, El Industrial, El Comerciante.
Recluta a la matanza (himnos, desfiles y estandartes)
al héroe, al guerrero, al patriota;
macera vuestra carne en los secaderos del agio;
carne para la venta, carne y alma, huesos y despojos,
en Mercados, Gobiernos y las Bolsas.
¿Qué Espectros de Latón y de Hojalata velarán sus pesadillas?
¿Qué Ángeles de Acero la Hora de su Muerte?
Monedas los ojos, la boca, el corazón y el sexo.



L U J U R I A

Es hermoso bogar en la Belleza,
magnificar el lujo de la carne;
de nobles remontar, rumbo a su origen,
las corrientes que orillan la ribera;
aventurar, como los dioses, tu Isla,
allende de la mar, Desconocida.
Lujuria transponiendo la lujuria,
del amor al Amor de los amores.
Cuidad la nave que os llevará, primero, a Citerea:
lujuria sin belleza es bestialismo;
llamadla secreción, fisiología,
escozor, un picor incitante de los miembros
que renace devorándose a sí mismo.
Y tiene asignado su Demonio;
Demonio del Incendio, el Barro y la Ponzoña,
del Motín, el Tumulto y la Borrasca.
Asmodeo, que embosca sus lemures
en las húmedas, turbias, pegajosas
hoquedades del Cuerpo y de la Mente.
Al grito de Asmodeo, cabalgan feroces, desbocados,
pecho abajo las llanuras palpitantes de los vientres,
galopan furiosos por los muslos,
escalan rabiosos por las ingles...
Asmodeo apremia, Asmodeo llama, Asmodeo convoca.
Un grito bronco retumba estremeciendo las pulsiones
del Instinto en las Vísceras y los Tuétanos:
Asmodeo, Asmodeo, Asmodeo…
Señor, aparta de mí este cáliz
(y el libre de pecado atreva la primera piedra)



I R A

Amon, demonio volteriano,
el de ironía fácil y sarcasmo obvio,
acecha agazapado y zascandil
en las junturas de todos nuestros nervios.
Con plumilla de acero electrizada,
en la ocasión de las contrariedades,
cosquillea, vibrante y febril,
los extremos sensibles de todos los ramales.
Zascandil y volteriano,
Lucifer sonriente a sus espaldas,
con plumilla de acero electrizada,
galvaniza los centros fulminantes
de las justicias prestas
de las venganzas rápidas.
La Ira del violento y del imbécil,
la Ira del tonto, la Ira del soberbio,
la Ira del injusto y la falsa del hipócrita,
del cobarde en la ira de las masas,
la rabia explosiva del medroso, el apocado, el impotente.
¿Qué bálsamo de calma y de paciencia
aliviará en su punto de locura
la Ira santa del airado santo
la rabia interior del indignado,
la cólera del que sufre la injusticia?
Temed sin confundir, aunque nombremos Ira,
la del Justo en el Trono y el Templo de Su Padre.



G U L A

¿Es pecado la gula?
No implica al prójimo, decimos;
asuntillo privado, intemperancia, sí, sin sufrimientos,
inocua e inocente...
Mas, preside tus banquetes - ¿no lo sabías? - un Ángel Caído.
Al primer bocado de delicia, a tu paladar y estómago
convoca Belcebú y acuden presurosas y festivas
la Avaricia, la Envidia, la Lujuria,
la Pereza a tus miembros resabiados.
Fuiste creado, Hombre, aunque lo olvides,
a modo de la Imagen y Semejanza del Creador
y tu cuerpo es Templo Santo.
Y es Belcebú obrador astuto;
con simpáticos placeres,
que solo, en apariencia, deleitan simpáticos sentidos,
enturbia el espejo de toda reflexión: vela Su Imagen;
secuestra voluntades, anuda el albedrío: la Semejanza;
agobia y abotarga en la materia el Templo del Espíritu.
¿Inocua e inocente?
Pecado al parecer amable, glotones;
pero al fin Pecado.



E N V I D I A
(Canto Coral ininterrumpido)

Trabajas con firmeza ¡oh, Leviatán!
el reposo y la paz de nuestras almas.
Malicias con esmero los Infundios
¡oh, Leviatán! los Falsos Testimonios,
mis Odios sin Piedad y mis Perjurios.
Dispones la materia de los sueños,
el extraño metal de las vigilias.
¡El insomnio maldito de los días
y el insomnio implacable de las noches!
Suplico ¡oh, Leviatán! males ajenos
y no logro saciar tu fauna innoble
y no entraré jamás en mi descanso.
¡Ah, el cerebro larvado de termitas
y al filo de los ojos la carcoma!
¡Qué avisperos la boca y la garganta!
¡Qué de hormigas bullendo en las entrañas!
¡Y una punzada a corazón abierto!
Trabajas con firmeza ¡oh, Leviatán!
el reposo y la paz de nuestras almas…



P E R E Z A

Adoro el sabor de la pereza
(su fruto es mi pecado favorito)
En mullidos lechos de su Jardín cerrado
me he permitido, siempre despierto,
el dulce no hacer nada frente al mundo
y visitado, a mi acomodo,
lugares, tiempos y ficciones,
las artes, el ingenio de los hombres,
aventuras del saber y del espíritu.
No hollar sus huertos quien no sepa del Ocio Diligente.
Alerta al morder la fruta apetitosa.
Esconde su pulpa somnolienta
un gusano tenaz y sigiloso:
su nombre es Belfegor el Estéril,
Señor de las Arenas Movedizas,
Alquimista del Sopor sin Sueños.
Suave, disfrazado de indolencia,
desahucia tus estancias
despuebla tus ciudades,
te anega sin descanso, mansamente,
en los pantanos mortales del silencio sin fondo;
un descenso adormecido...
a los silencios sin fondo...
abajo... abajo... más abajo…
adormecido…
La Pereza.





EIDOLA

Entrad, amigos, sin temor:
también mi camerino está lleno de dioses.
Tras la penumbra, por el agua estancada del espejo,
nos recibió un mudo pueblo de rostros impasibles.
Vimos, con estupor sagrado,
dioses inquietantes en su quietud de ciegos.
Abrió con ironía tenues luces en no sé qué rincones…
Máscaras. Máscaras. Máscaras.
Invadiendo, prolíficas, todas las paredes.
¡Ah, las máscaras!
¡Cuencas vacías, horror, en espera de los ojos;
en ansias de robar miradas de los hombres!
Robarlas para el llanto, la súplica, el odio,
amar en la belleza, gozar seres amados.
Ojos para abrir (el Primer Hombre al Primer Día)
para cerrar en el cansancio, el duelo, la tragedia,
y alguien cerrará, piadoso, al trasponer el último momento.
¡Huecos vacíos, horror, con ansias de los labios,
con ansias de robar sonrisas de los hombres!
Labios: nostalgia de los besos (todos los besos)
del canto y la palabra, del grito y la blasfemia;
para cerrar cuando el dolor, cuando el cansancio;
los suspiros en los encuentros de la vida
y el suspiro, sin piedad, del último momento.
Acechan.
¡Mis labios y mis ojos!
Pánico.
¡Mi pánico mortal ante las máscaras!




IN MEMORIAM

(24 de enero del 2.018)

Quiero evocar - segundo día de ausencia -
olvidando lo indigno e inmerecido,
aquella otra mañana, en los inicios
del túnel, del horror de su condena.
La evoco ya de pie, en la despedida.
Y quise yo saber y pregunté,
y hubo una respuesta espeluznante
envuelta en sus palabras discretísimas.
Con ese toque suyo de elegancia
en todo, los andares y los gestos,
erguida, se alejó con su destino;
así, pausada, regia en el decoro,
se nos fue por las calles de Almería.
Y fue la última vez y lo sabía.
Quiero invocar, forzando mi vergüenza
- la estúpida vergüenza de los hombres -
y elevar una súplica pidiendo
a Aquel que triunfó del Sufrimiento,
para ti, que sufriste tu calvario,
Ortega Almansa, Mari Carmen siempre,
en nostalgias de ti, de tu presencia,
que nos mires ahora en Su Descanso.



Una moción al modo de un Arte Poética de Neruda


¡Esta luz ausente, inmersa en el tumulto!
¡Esta sombra muda hablando sin descanso! ¡Esta quietud!
¡Oh, sí, esta quietud incesante deambulando los espacios angostos de mi dormitorio sin límites!
Y este olor nocturno a no sé qué espantos, de un sumidero algo lejano,
como una sentina cegada - ¡oh, sombra de mi luz! - a la cabecera de la cama.
Y al hablar, entonces: un texto borroso hay, y una página en blanco,
un silencio atronador de amontonamiento sin nombres
y una débil convulsión inútil, como temblor desarbolado
de ansias derrocadas y lujurias marchitas.
Sobre mis días, sobre mis horas, una calima densa, extenuante,
el sabor a polvo, monótono y tenaz, de mueble antiguo;
y también, quizás, el aire enmohecido de los salones muertos,
de alcobas ya desalojadas por sus dueños hace ya años
me acompaña, y la tierra áspera que estrujo entre mis manos,
¡oh, tiempo!
en mañanas que no quiero despertarme,
en tardes de relojes somnolientos y estériles
y noches abrumadas sin peso ni medida;
¡oh, sí! como una turbia postración en el centro de mi celda,
mi presidio, mi desierto, abandonado,
cuando ya no hago preguntas
y no espero respuestas.
Pero, de pronto, en verdad: un impulso huracanado, un viento impetuoso
me arrebata, y una brisa cierta y un aire celeste y un vuelo de águila;
un derrumbe hay, un olvido sin término y una entrega confusa.



PLENILUNIO EN CABO DE GATA


La calma inmensa del mundo
en esta noche de luna.
Mis pies hollando la arena;
el corazón, las alturas.
Remotos los pensamientos;
el alma quieta, desnuda,
y el sueño en el que me sueño
cuando sea mi noche última
llevándome de tu mano
por las celestes llanuras
de la playa en que me encuentres
hacia Tu Sol que te alumbra.
Esta luna en esta noche,
para las almas profundas.



AL CORAZÓN, AD PORTAS

Despídete en este hoy
(mientras circula en tu seno
la frágil y torpe savia
que sustenta el pensamiento)
del ayer y del mañana,
de la Tierra y de tu cuerpo;
cárceles en que forjamos
placeres y sufrimientos,
los afanes y utopías
que teje y desteje el tiempo.
Considera en estas horas,
ante las puertas que llego,
la nada de la que salgo
y la Nada en la que entro.
Corazón, ten fortaleza
si no tuviste denuedo.




Entonces comprendí. Comprendí que todos y cada uno de los hilos que tejían mis aventuras se manifestaban como la visualización de un haz de líneas que, desde su origen, se bifurcaban por el Tiempo hasta converger en mi corazón. Allí se dirigían y allí tomaban su sentido. Llegaban desde arriba, juntas atravesaban el caparazón que lo escondía y, cultivándolo, dejaron palpitando la llama demiúrgica de la existencia.

Mi corazón era una fruta de jugosa pulpa en que alguien separaba una a una, con dedos delicados, las capas de la superficie, amargas y excitantes. Era el cogollo que encerraba una sencilla cápsula que, al desvelarla, fue desplegándose desde su centro hacia lo alto para formar con el palacio de su cáliz una fabulosa rosa roja. El intenso púrpura glorificaba al Sol el oro de sus rayos.

Mi corazón era un espejo de rigurosa composición y afiligranada artesanía que la palabra del mundo despojaba poco a poco de toscas veladuras hasta quedar la superficie pulimentada hasta el delirio mirando hacia los cielos. Reflejaba la luz y la expandía por todo el horizonte de la Tierra.

Era mi corazón un recipiente de frágil barro y macizo oro, cuyo interior se iba llenando lentamente de un vino delicioso y difícil: fermento de caldos madurados en la purificación dolorosa de la vida.

Rosa, espejo y recipiente componían a su modo una melodía, cuyos ritmos, (ahora tan audibles que mueven a su paso todas las virtudes de mi alma, la reconcilian con las cosas y propician la unidad), regalaban la promesa de un destino que en esas líneas se me daba por imagen; a cuyo don, a su vez, debía el enfrentarme a una perfectísima adecuación al límite en todas sus dimensiones terribles y magníficas de espacio, tiempo, persona y circunstancia. La música que se me ofrece no tiene más nombre que Amor, y su instrumento, la Inocencia.

Música cuya ejecución supe reservada para una epiclesis decisiva sobre el ara de mi corazón que yo debía sacrificar en esa conjunción de potencias que actuaban en su entorno. Comprendí. Comprendí el Universo entero como un templo y toda mi existencia una liturgia. Y si acierto en la oblación definitiva, al abrirse ante mí las grandes puertas de plata, sabré atravesar los umbrales sin espanto; y entonces, ¡ah, entonces!, me haré de los mil ojos del león, adoptaré su forma, y con el suave manotazo de la poderosa zarpa abatiré todos los muros sin estrépito. Un rugido de triunfo habrá anunciado al mundo mi ventura.


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ÁNGEL SIMÓN COLLADO
DESAFÍO
ÁNGEL SIMÓN COLLADO
LITERARIA



N. 0 ÁNGEL SIMÓN COLLADO
EL TRANCO
N. 1 ÁNGEL SIMÓN COLLADO
EL TRANCO
n.2 .- ÁNGEL SIMÓN COLLADO
EL TRANCO